viernes, 7 de marzo de 2008

La mujer perfecta

Es octubre y han pasado tres días de mi cumpleaños. Juan Carlos, un íntimo amigo de infancia, que se hizo policía, me acompaña a la casa de Manuel, promoción del colegio, que ese día celebra sus 24 años. La fiesta está en su esplendor, la música espectacular y nosotros con otros amigos, estamos en un rincón, hablando de fútbol, pero sobre todo de mujeres. Cada chica que miramos o sacamos a bailar, es el punto de referencia para el comentario posterior. Es una conversación típica de jóvenes inexpertos que se quieren dar de sabelotodos y rompecorazones. Algunos con relatos verdaderos y otros, no pasan de traviesos embusteros.

-Para ustedes, ¿cuál es la mujer perfecta?- pregunta Manuel, un tipo divertido, seductor por excelencia y muy pegado a las relaciones pasajeras.

Juan Carlos y yo nos miramos medio extrañados y sin ninguno de los dos tener una respuesta adecuada.

-No sé si en verdad la encuentre- respondí apresurado- quizás, pueda que exista alguna que te pueda llenar los ojos, pero ¿perfecta?... no sé
-No existe “brother”, todas tienen muchas virtudes, pero también muchos mas defectos- dijo contundentemente Juan Carlos, abrazando mi hombro.
- ¿Están seguros que no existe?- dijo Manuel sonriendo maliciosamente
-Bueno eso creo, depende a que le llames perfecta ¿no?- acoté
-Amigos míos, la mujer perfecta si existe y les voy a dar el mejor ejemplo- dijo él, dirigiéndose a la puerta, por donde ingresaba una rubia espectacular, de pechos prominentes, un cuerpo de diosa y cara angelical. Manuel fue a su encuentro.

-Amigos, les presento a mi enamorada Steffany, la chica 10 puntos, la mujer perfecta-

Juan Carlos y yo la saludamos. Ela ruborizada y todo, se veía mucho más linda. Solo atinaba a sonreír. De todo lo que compartimos esa noche, dudamos la forma en que Manuel la pudo conquistar. Juan Carlos no dejó de mirarle los pechos y yo me subyugué ante su blonda cabellera y su cara de muñeca. En realidad era la chica soñada, la que solo se veía en la TV.
Después de casi un año de aquella noche, Manuel y Steffany, se casaron. A todos nos pareció raro, porque en nuestras conversaciones, el tema del matrimonio, era un pecado mortal. Pero era el sueño cumplido de nuestro amigo Manuel. Un tipo que siempre había caído rendido ante la belleza física de una mujer. Esta vez se había casado –según él- con la mujer perfecta.

Es el mes de Marzo y en la casa de Juan Carlos celebran su cumpleaños. Ha pasado mucho tiempo, mis amigos y yo enrumbamos por distintos caminos, distintos destinos. Esta vez cada uno asiste acompañado de sus esposas o sus parejas actuales. La reunión es distinta, la conversación también. Las mujeres se han juntado en un rincón y empieza la clásica tertulia del chismorreo respectivo. Los hombres, apartados de ellas, empezamos a charlar de fútbol, de política, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de aquellos grandes recuerdos que nos quedaron de los tiempos idos.
Manuel ha llegado a la fiesta, con su esposa, que recién conozco esa noche y que no es Steffany (Su matrimonio con ella duró pocos meses y no tuvieron hijos). Juan Carlos los recibe y cuando ella se aleja para juntarse con las mujeres, me susurra al oído. “Esta si es la mujer perfecta”. Alcanzo a mirarla y distingo su rostro cándido, pero no tiene la belleza cautivante de Steffany. Le pregunto a Juan Carlos la razón de su afirmación. Él solo sonríe y me señala con la nariz a Manuel, quien se da cuenta que es aludido y se acerca con ese aire victorioso de siempre, tan suyo y propio de su personalidad. No dice nada, solo sonríe.

-Por si acaso ya está cerca el día de la mujer- ha dicho Mariana, la esposa de Juan Carlos, soltando una risotada y agregando bromas adicionales que todos celebran con beneplácito.

-Muchachos habrá que llevarlas algún sitio ¿no?- dice Juan Carlos, riendo y brindando con su copa en la mano.
-Salud por el día de la mujer entonces, la “mujer perfecta”- dijo Manuel mirando a su esposa, que lo observaba a lo lejos.
-Yo sigo convencido que no existe hermano, la “mujer perfecta” solo está en los sueños de cada hombre- afirma Juan Carlos
-Yo creo que una mujer debe ser, bella por fuera, pero mas importante es como es ella por dentro, lo de afuera se acaba, se esfuma, lo de adentro perdura toda la vida- se explayó Manuel.
Al tocar su vaso con el mío, no dejo de mirarlo a los ojos, como queriendo encontrar una aclaración a sus palabras. Él solo sonríe

Pepe, nuestro amigo al que siempre lo consideramos el mejor de la clase y hoy un padre ejemplar, hace mención que, al margen de la belleza física, en una mujer vale lo espiritual. Él y su familia son muy religiosos y cree más en la sinceridad de las personas, que en la propia hermosura física.

-Todo va de la mano, creo que todo entra por los ojos y también debe tener su dosis de carácter, ¿no dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer?... para eso, debe tener algo de perfección ¿no?- opina Joaquín, un gordo bonachón y belicoso como él solo.

-La mujer perfecta, solo la podría comparar con mi madre, a ella la pongo en un pedestal- dice Pablo, un amigo que conocimos ese día y que entró a la conversación.

Henry, un amigo entrañable, divorciado él, interviene diciendo -No existe la mujer perfecta. Y a Dios gracias que no exista, sino el conquistar y amar a una mujer no sería algo tan adorable.
Es una fantasía que se contrapone a la naturaleza misma del ser humano “imperfecto”. Quizás lo mas cercano a la realidad sea una “mujer ideal”. Buscar alguna que lo entienda y eso sea tan difícil que no valga la pena intentarlo y sea mejor limitarse a quererla o dejarse querer.

-Hermano, es aquella que está cuando la necesitas, la que se va cuando quieres estar solo y la que en vez de pedirte plata, te da tu “regalito”, esa es la mujer 10 puntos, la perfecta- interrumpe Fernando, un amigo de Juan Carlos, también divorciado. Todos nos echamos a reír a carcajadas

-La mujer perfecta no existe hermano, todas tienen sus defectos y virtudes, pero una mujer ha nacido para joder, si no jode es hombre- finaliza Juan Carlos y todos volvemos a soltar risotadas que nuestras parejas advierten y solo atinan a comentar bajito. No se percatan que los hombres discuten por encontrar la definición exacta, a la “mujer perfecta”.

Por un instante, me quedo en el limbo. Me acuerdo de mi madre. Con sus ojitos llenos de bondad y su sonrisa de ternura infinita. Sus cabellos blancos, llenos de experiencia y sabiduría. Su rostro cansado por lo años, que dejan notar surcos que las vivencias le dejaron huella. Demasiada tristeza que nunca quiso compartir. Jamás tuvo algún reproche, ni rencor, para con alguien, ni para con la vida misma. Ni siquiera a mi propio padre, cuando alguna vez, decidió abandonar el nido. Ella sobreprotegió desmesuradamente a sus “Joyas mimadas” como nos llama hasta hoy. Su caridad sin límites, un legado que marcó mi existencia. Siempre eligió quedarse sin nada y ofrecerla a quien lo necesita. Cada vez que la escasez afloraba, era ella con su sonrisa de ángel, quien nos apaciguaba con su “ya Dios proveerá”.
Cuando pasaba su mano por mi cabeza y sosegaba mis emociones. Su serenidad a la más absurda de mis travesuras. Cuando ya rebelde adolescente, me corregía con rigor, veía que con cada chicotazo, le brotaban lágrimas, que de seguro le dolían en el alma, “Es por tu bien” me repetía. En ese momento, solo sentía ira. Pero fueron los años -sabios consejeros- los que me hicieron recapacitar de muchas cosas, algunas irreversibles. Su vigor impresionante. Su amor perdurable en el tiempo, que ha logrado que la adore sin medidas y cada vez que la veo, agradezca a Dios, por permitir que aún pueda abrazarla y sentirme orgulloso de admirarla como una mujer casi perfecta. Quien sabe, el único defecto que tiene, es ser, demasiado bondadosa y buena.

Volteo la mirada y me encuentro con el rostro de mi esposa, que me mira complaciente. Sus dedos juguetean con su cabello ensortijado, que siempre me encantó de ella. Sus ojos vivos y encendidos, dejan expresar su amor desprendido, que me hacen sentir demasiado privilegiado. Quizás porque a veces pienso que no soy yo, quien ella se merezca. Creo que la necesito para sentirme bien, aunque me sienta agobiado, cuando su amor, se hace una ola gigante de vacilación y nos afloren devaneos insensatos, que resquebrajan los sentidos. Me hace feliz, cuando está contenta, serena y entusiasmada. Cuando se siente segura de si misma y se hace tan fácil amarla. Admiro su inteligencia y ese orden para tener todo en su sitio, con ese aire autosuficiente que la hace relevante. Ella es dulce en los tiempos de calma, pero es un huracán titánico, cuando el enojo mancha su mirada y sus pensamientos se alejan de la razón. Es de aquellas mujeres que se entregan a lo que quieren y que no descansan en el intento de lograr lo que se proponen.

Me encanta cuando me repite las cosas que me decía cuando empezamos a querernos. Cuando me replica que el amor está en las cosas pequeñas de todos los días y como me subyugo ante su ímpetu, que complementa mis dudas y que nos han hecho fuertes en el tiempo.
La miro con ojos de melancolía, evocando que el azar entrecruzó nuestros destinos y que fue el tiempo y nuestras vivencias, lo que nos hizo amarnos y aceptarnos tal y como somos. Admiro su fortaleza, aquella que me demostró cuando para darles la vida a nuestros dos hijos, ella se tuvo que morir un poco. Aquellos momentos trascendentales que me marcaron, que me hicieron quererla demasiado y admirarla con devoción. Aquellos momentos en que me sentí tan insignificante, tan simple y el mas débiles de los mortales. Mi amor y admiración por ella fue tan grande, como la misma perfección divina, que significó el nacimiento de mis amados hijos.

Miro a mis amigos y pienso que la búsqueda de la mujer perfecta siempre será una utopía, un paradigma para todos los hombres, porque todos de una u otra manera siempre estamos buscando la perfección. Que involuntariamente, a veces buscamos a una mujer que se parezca a nuestra madre. Para reflejar en ella la exquisitez de sus virtudes. Pero que en el fondo buscamos alguien que nos haga sentir que no solo existimos, sino que vivimos intensamente.

-Y ¿tu?, te quedaste callado, ¿que opinas?- me lanza la pregunta a boca de jarro Juan Carlos, sacándome de mi letargo.

Yo los miro a todos, distraigo la mirada y solo atino a decir:

- Lo que existe es la perfección y es imposible lograrla, pero la “mujer perfecta”, la ideal para un hombre, sin darnos cuenta, puede ser que esté muy cerca nuestro, mirándonos, amándonos en silencio o abrigando nuestras desventuras, quien sabe hasta duerma con nosotros. De pronto nos esté faltando a los hombres, el coraje de empezar, a tratarlas como tal.

-Salud por el día de la mujer- digo elevando mi vaso y mirando donde están ellas

-Por la “mujer perfecta”- responden todos.

3 comentarios:

Luis Armando Zevallos dijo...

Buena Librano, un verdadero y sincero homenaje a la mujer. Muy cierto la mujr perfecta es la obsesión y una fantasía constante, a veces solo nos fijamos en lo físico y no en lo espiritual. pero es que en realidad el cerebro de un hombre está formado por una pequeña parte de sentido comun y una gran parte de lujuria.

Me agradó la historia, cada vez mejor y siga adelante maestro

Un abrazo y saludo fraterno

Sebástian dijo...

Excelente post y mejor homenaje a la mujer, ella es nuestro motor para seguir vivos y enteros. hay que tener buenos cojoncitos para asumir que sin ellas no somos nada y sobre todo decir que hay que tratarla como si fueran la pefeccion en carne y hueso o al menos las debemos tratar asi. es verdad
buen posteo señor y vale por ellas

divorcio dijo...

Excelente el post!
es un honor leerlo para nosotras las mujeres
un placer haber pasado por tu espacio
(escribes muy lindo por cierto)
saludos