viernes 8 de mayo de 2009

Madre, la mejor creación

En el génesis de nuestra existencia, Dios, tuvo siete días para crear el cielo, la tierra y el firmamento. Tuvo su día de descanso, y en ese dormitar de su agotamiento ante tanta obra maravillosa, se echó a dormir en silencio. Sus ojos se fueron cerrando y su respiración se hizo mas pausada, un agradable adormecimiento le vino al subconsciente y sin darse cuenta se había dejado llevar por el amodorramiento del cuerpo, para solo darle cabida a un sueño sublime y encantado.

En su sueño, veía su creación portentosa y recreaba la inmensidad de los mares y la grandeza de las montañas, con la gracia de los animales y la belleza de las flores. Había un vacío entre tanta hermosura que solo podía llenarlo con algo que personifique su imagen y semejanza. Cuando despertó, tomó el polvo de la tierra y en un soplo mágico y portentoso, le dio vida al hombre, que fue perfecto desde que abrió los ojos, con fortaleza y virtudes de un ángel, para dominar su creación y para ser quien la habite y la haga fructífera. Pero lo vio tan solo que decidió dormirlo en un letargo fugaz y de una de sus costillas, hizo la creación perfecta de su compañera y le dio el nombre de mujer. Había nacido la pareja, el hombre y su fuerza protectora y la mujer con su belleza y la nobleza de sus virtudes más admirables.

Pero el hombre y la mujer, no pudieron resistirse al pecado y aquella vivencia primorosa en el edén, duró tanto como unas cuantas puestas de sol. El ángel del mal, se interpuso ante tanta perfección junta y todo el sueño del Todopoderoso, se hizo una alucinación infausta, que desfogó con tanta furia contra el hombre, como el mismo amor con que fue creado. El hombre y la mujer fueron echados a la tierra solitaria. Él se tendría que ganar el pan, con el sudor de su frente y ella sufriría para parir a sus hijos.

Pero Dios, tiene demasiado amor y bondad en sus sentimientos y a pesar que el hombre siempre lo abandona y se acuerda de él, solo cuando lo necesita, él siempre lo recibe en su regazo, lo abraza y lo consuela cuando se siente solo, lo mima con cariño y lo perdona, en cada vez que arrepentido o no, el hombre acude ante su presencia. Dios es justo de actitud y honesto de pensamiento, se dio cuenta que el hombre que había creado, no había sabido utilizar la fortaleza de la que estaba dotado, lo había sentido débil muchas veces y endeble para el sacrificio. Entonces le dio un soplo bendecido a la mujer y la hizo MADRE.

Desde entonces, ella ha asumido aquella fuerza que le sale de las entrañas y aquella forma sacrificada de darse entera por sus hijos. Aquella sapiencia para asumir, muchas aptitudes al mismo tiempo y esa entereza para superar los más penosos de los problemas. Ella ha sabido armonizar en su espíritu, la bondad y el amor, con esa fortaleza que la hace fuerte ante el sufrimiento y la hace inmune ante la adversidad. Tiene tatuada en el alma la insignia del valor y corren por sus venas ríos de sangre caliente que alimentan y engrandecen su corazón.

Esta mujer, no ha perdido su encanto y su belleza entera, para darse íntegra por sus ideales, para duplicar sus esfuerzos, cada noche, cuando nuestro sueño se interrumpe y en cada abrazo consolador que nos apacigua nuestras angustias. Esta mujer, como MADRE, ha cumplido el mandato divino de su creador de hacerse grande en las dificultades, de hacerse sabia en las decisiones y ser la eterna compañera para este hombre, que ante su presencia, se hace débil y se siente desorientado. Esta mujer, que alguna vez decidió dar parte de su vida misma, para darnos a nosotros los hombres, la dicha eterna de convertirnos en padres y la satisfacción de ver crecer a nuestros hijos.

Esta MADRE que un día sometió todos sus dolores y sufrimientos, para refrendarnos en el pecho que, para que nuestros hijos hoy estén vivos, ellas tuvieron que morir un poco y para cumplir con su papel fueron mucho más fuertes y valientes que cualquier pretencioso varón que se crea valeroso por el simple hecho de haber nacido hombre.

Dios, tuvo un día de descanso, por tanta maravilla de la tierra, el mar y las estrellas, pero el día que despertó seguro que lo hizo inspirado, porque hizo al hombre y también a la mujer, pero de seguro, que el día que creo a la MADRE, fue el día mas iluminado de su vida y es lo mejor que haya brindado a la creación del propio universo.

Por eso un día al año es insignificante para demostrarles nuestro eterno respeto y consideración, pues cada día que amanece estaremos agradecidos a nuestro supremo creador, por estar vivos y de haber nacido gracias a una MADRE. Esa viejita, que con su años en la espalda y sus pesares en el alma, aún aguarda por nosotros, hombres al fin, que caminamos con nuestro rumbos trazados, pero que cada vez que la volvemos a ver, sentimos nuevamente el calor de su regazo, la bondad de sus caricias y la paz que nos brinda su beso en la frente cuando toca aquella despedida, que no sabemos si sea la última, pero que nos deja siempre una espina en el corazón, cuando la vemos alejarse. Quizás algunas estén con nosotros o quizás algunas hayan partido al seno del señor, pero en nuestras vidas, este día se hace tan especial, aunque sea tan bizantino, para enaltecer tamaña grandeza.

martes 5 de mayo de 2009

Cristina la de los dieciseis

En el salón de clases, todos esperábamos terminar el examen de matemáticas, porque después nos tocaba Educación Física y queríamos ir apurados al estadio. Aunque era el examen de gimnasia, yo estaba entusiasmado, porque estaban probando a los posibles jugadores que integrarían la selección de fútbol del colegio. En la carpeta, Juan Carlos -mi amigo mas cercano- tenía una cara de fastidio. Se acercaba su cumpleaños y no había recibido aún, el disco que su tío Manuel, le había prometido enviarle desde EEUU.

Juan Carlos antes de cumplir los 15 años, ya tocaba la guitarra y era un fanático del Rock, pasión que heredó de su tío Manuel, un músico que se fue a seguir su carrera en Norteamérica y continuamente le enviada discos, que nosotros recién conocíamos después de meses o años inclusive. Tenía en su casa un equipo moderno y no faltaba la música de The Beatles, The Doors, Led Zeppeling, Slade, Deep Purple, Rolling Stones y especialmente de KISS, una banda de personajes pintarrajeados, que él había hecho su preferido. Era mi mejor amigo. Él amaba el rock, yo amaba el fútbol. Él andaba perdido en el limbo musical y yo era feliz convirtiendo un gol. Él caminaba con sus discos bajo el brazo y yo con mi balón gastado. Siempre visitaba su casa, pero recién pude hacerme amigo de sus padres, el día que cumplió 15 años su hermana Cristina, a quien él cuidaba con recelo.

Aquel sábado, era su cumpleaños y temprano, decidí ayudarlo a colocar las luces (una fiesta sin luces, no era fiesta), su hermana me abrió la puerta y Juan Carlos, muy apurado me jaloneo a un costado.

-Quiero que escuches algo- me dijo entusiasmado, enseñándome la tapa del disco ALIVE de KISS, que contenía temas en vivo de anteriores álbumes.

El sonido agudo y punzante de sus guitarras, junto al eco intenso de su batería, se apropió de mis sentidos musicales, él disfrutaba cada tema, asemejando que tenía una guitarra en sus manos y yo, estaba trepado en una escalera, amarrando las luces, con la música de fondo. De pronto sonó el “Rock'n Roll all nite” que me gustaba mucho, era una versión en vivo, que me cautivó enseguida. Estaba haciendo una pirueta de adolescente ganso, cuando pude divisar a su hermana Cristina, que seguía el ritmo con suaves movimientos y se alejó sin dejar de moverse armónicamente. Yo baje la escalera apurado, golpeándome torpemente los tobillos.

Nunca había reparado en lo linda que era Cristina, hasta que la vi en la fiesta. Esa noche, tenía puesto un polo blanco con ribetes fosforescentes y las luces de neon, resaltaban sus preciosos ojos verdes. A lo lejos, la vi bailar por primera vez. Se veía diferente, tan dulce y salvaje a la vez, moviendo su cabello ensortijado de manera irreverente. Estaba con sus amigas del colegio y entre tanto adolescente con las hormonas encendidas, casi ni pude hablar y menos bailar con ella. Con las justas pude despedirme. Aquella noche, yo conocí a una chica, de ojos grandes y piel blanca, que me impactó demasiado, era linda, muy linda, pero no tanto como Cristina.

Una tarde, Juan Carlos y yo estábamos sentados en la puerta de su casa, escuchando el disco de KISS. El trataba de encender un cigarrillo, yo tenía la tapa del disco en mis manos. Casi de noche, llegó Cristina con sus padres del cine. La vi mas linda que nunca. Tomó la tapa del disco y se sentó junto a nosotros. Cada vez que sonaba una nueva canción, ella, seguía el ritmo, moviendo su cabello y rozando adrede mi pierna. Yo, un jovenzuelo timorato e inexperto, me sentía seguro en una cancha de fútbol, pero al lado de ella, me sentía turbado, excitado y solo atinaba a sonreír nervioso.

De tanto escucharlo, me había hecho parte del ejercito imaginario de KISS. Mi ropa dejó de ser deportiva y cambió por una de color oscuro y desgastado. Mis amigos del fútbol, quedaron rezagados y mi cabello se hizo mas largo. Entre discos de rock y sobre todo de KISS, fuimos conociendo su historia, su música y éramos sus fieles seguidores. Yo visitaba a Juan Carlos, para escuchar a KISS, pero también, para ver a Cristina. Cada vez que la veía, un extraño cosquilleo me inquietaba las entrañas y si algún amigo se acercaba a ella, profesaba en mi, un rencor insensato, que me hacía conocer lo que eran los celos. Me sentía atraído por ella, pero tenía miedo de que su hermano se enojara conmigo, pues sabía que era demasiado celoso con su “hermanita”, como él la llamaba.

Pasamos un día de playa en La Herradura con los amigos. Por la noche estaríamos en el cumpleaños de Marcela, una amiga de Cristina, de la cual Juan Carlos se sentía muy atraído, pero al igual que yo, no se atrevía a decírselo. El me pidió que lo ayudara

-Tu escribes bonitos poemas- me dijo, -hazme uno bien bacán para regalárselo.

Yo, lo escribí pensando en Cristina y tanto le gustó a Marcela, que Juan Carlos y ella, terminaron esa noche siendo enamorados.. Esa noche pude bailar con Cristina y cuando regresamos a casa, Juan Carlos me encargó acompañar a su hermana. Cuando me despedí de ella, le tomé su mano y acaricié su mejilla, dejó que le diera un beso en los labios y solo atinó a sonreír nerviosa, cerró su puerta y alcancé a verla, cuando me miraba sonriente por su ventana. Lo que quedó de la noche, no pude dejar de pensar en ella.

Los días de colegio ya habían pasado. KISS había sacado el álbum DESTROYER y ROCK’N ROLL OVER, Cristina y yo nos veíamos a escondidas y entre rock y fútbol, éramos dos tímidos adolescentes, que compartíamos un sentimiento tierno, aún desconocido como inusitado. Luego vino el álbum llamado LOVE GUN, en él estaba incluido el tema “Christine Sixteen”. Desde que lo escuchamos por primera vez, sentimos que fue una hermosa coincidencia y se convirtió en un cántico efervescente para los dos, era la canción que mas nos gustaba y disfrutábamos con nuestro grupo, que se hizo numeroso. Éramos unos jovenzuelos locos, que solo hablábamos de rock y de fútbol.

Fue una fiesta de Hallowen, la primera vez que nos pintamos como los personajes de KISS. Juan Carlos fue el Starman y acudió a la fiesta incluso con su guitarra decorada, Víctor, su primo, fue el gato y Cristina hizo de la estrella. Yo era el Demonio. Aquella fiesta fue inolvidable, con la música de KISS, acompañaba a Juan Carlos con una escoba y me alucinaba que era el mismísimo bajo de Gene Simmons. Nos volvimos a pintar otras veces, para participar de actividades organizadas por colegios o el cumpleaños de algún amigo. Fue en una de esas veces que Juan Carlos, descubrió que su hermana y yo éramos enamorados. Su sonrisa sincera, echó abajo todos nuestros temores.

La última vez que vi a Cristina, ya habían pasado muchos años, ella estaba embarazada de su segundo hijo y yo aún no definía mi futuro sentimental. Juan Carlos se había marchado unos años antes a vivir a EEUU junto a su tío Manuel y pronto Cristina y su nueva familia les darían el alcance. El destino nos marcó distintos caminos y señaló nuestras disparejas realidades, Aquella vez nuestras miradas fueron distintas, quizás con algún rasgo de melancolía, pero concientes que el tiempo se había llevado nuestros años y con ellos se fueron nuestras vivencias adolescentes, tan inolvidables y tan lejanas del pensamiento, pero que podíamos recordarlas con una sonrisa limpia y desprendida.

Hoy, estoy con la cara pintada de Gene Simmons, parado al pie del escenario donde acaba de terminar el concierto de KISS, mirando los fuegos artificiales que explotan en el cielo, como un tributo a mi inmensa alegría. Aún me cuesta creer que todo esto haya sido tan real. Tuvieron que pasar más de 30 años para poder verlos en vivo, en mi casa, en mi país. En cada canción he recordado mis vivencias juveniles, cuando jugábamos a ser como ellos, aquellas veces que nos metimos al cine a ver su película solo por escuchar su música y salir tan complacidos de ser sus fans privilegiados. Aquellos tiempos, cuando aprendimos a sentir una pasión especial por el Rock and Roll y aquellos momentos, cuando con Cristina, compartimos juntos, el “Christine Sixteen” que tanto nos gustaba.

En algún momento del concierto alguna lágrima traviesa, humedeció mis ojos, porque sentí un estremecimiento en el alma, cuando el papel picado volaba por los aires, en ese “Rock’n Roll all nite” que remeció mis sentidos y golpeó tan fuerte a este ya cansado corazón, que se sintió feliz de volver a ser joven otra vez, aunque sea por unas horas, aunque sea por unos minutos. Total, de aquí a la eternidad, será imposible que vuelva a tener 16 años, pero que placentero, resulta volver a vivirlos tan intensamente.

viernes 17 de abril de 2009

KISS La noche mas caliente del planeta

Hay ocasiones en que los recuerdos, se vuelven al presente de una manera tan real, que pareciera insignificante el tiempo que haya transcurrido, las huellas que se han dejado atrás y a veces hasta la misma realidad que uno pueda estar viviendo. Hay ocasiones en que uno solo atina a cerrar los ojos y dejar que el volumen suba al máximo, para dejarse envolver por ese sonido que viene desde el infinito y logra estremecer el alma y acelerar el corazón a la velocidad máxima.

Cuantos años, días y horas esperamos esta noche. Cuantas noches tuvieron que pasar para esperar que llegara la que era especial, la que recordaríamos siempre, la que nos deje un recuerdo imborrable y se quede tatuado para siempre en nuestros corazones. Desde que el sol rayaba en la mañana, había una extraña sensación, como si presintiéramos que algo bueno ocurriría. Cuando llegó la hora, dejamos atrás nuestras obligaciones, nuestras preocupaciones y marchamos en busca de la euforia y el embeleso. Era la hora de darle encuentro a los buenos amigos, aquellos de nuestro mismo lazo sanguíneo, esos locos divertidos que sienten corriendo por sus venas rios interminables de sangre pintada de rock and roll. Era la hora de ponernos el maquillaje y darle encuentro a esos amigos entrañables, que cada día se inventan una buena excusa para ser cada vez mas felices.


Que importa si existen otros gustos musicales o exista algún tipo de comparación. Que importa si somos jóvenes o viejos, o talvéz queramos asemejarnos con algún personaje en extinción. Que importa si ayer fue Maiden, Gabriel o Waters, o si mañana es B52's, AC/DC o Rooling Stones y tampoco me importa si estaré con vida. Esta era la noche de KISS, nuestra noche, la que esperábamos con ansias locas que ese bendito telón negro se viniera abajo y dejara ver a Gene Simmons y su hacha diabólica, transformada en bajo armónico, emergiendo de las tinieblas para blandear su lengua como serpiente letal, arrojar fuego como dragón tenebroso y salivar sangre como vampiro endemoniado. Brindarnos un comienzo de un Deuce que se sintió mas bello e impactante que nunca y hacernos saltar hasta el cielo con el Rock’n roll all nite. Dejar que el glamur y la voz, aunque cansada, aún vigente, de Paul Stanley, nos conquiste los sentidos, para hacernos vibrar y sucumbir al frenético Lick It Up y fulminarnos con ese Detroit Rock City final. Abrir los oídos al máximo para sentir retumbar los tímpanos con esos redobles de la maravillosa batería de Eric Singer y dejarnos envolver por esos acordes inmortales del sonido estremecedor, interplanetario y mágico de Tommy Thayer que nos rasgaba las entrañas.

Aun me resulta imposible, dejar de agitarme, al recordar los momentos vividos, en una noche ardiente, aún hoy la brasa sigue ardiendo, el fuego no se consume, sigue encendida la pasión y en cada foto, en cada video que repaso, la nostalgia aún no se hace espacio, porque aún no se hace recuerdo lo vivido, aún está vivo y queda tiempo para seguir recordando este maravilloso concierto.

Cuantas noches tuvieron que pasar, para que llegara esta noche inolvidable. Cuantos años dejamos en el camino de nuestras vidas y cuantas horas esperamos para disfrutar una noche hasta el éxtasis. Cuanto tiempo pasó y cuanto tiempo pasará, para que podamos volver a tener una nueva oportunidad de compartir con los buenos amigos, de una noche como esta. La noche mas caliente del planeta.

(Este es un video que pude filmar en esa noche inolvidable)


miércoles 3 de diciembre de 2008

Diario de una ausencia

El ómnibus está a punto de partir y por la ventana, mi hijo Franco me alza la mano. Respondo su saludo, encubriendo una rara punzada que me oprime el pecho. Me siento extraño en este terminal de buses, con olor a despedida, con gente de rostro noble, que apura sus equipajes para subirse a sus despreocupados destinos. La tarde gris de este domingo se va desvaneciendo en este adiós inesperado, que representa, el punto de quiebre entre el sentimiento y la tolerancia a los avatares de la vida misma.

Huancavelica, una ciudad con olor a mineral y el cielo gris matizado de su gente afable, tiene aún marcado en su suelo, el sello de la pobreza extrema. El colegio de mis hijos, realiza un intercambio de estudios en ese lugar. Allí, en un seminario religioso, un grupo de alumnos, convive por espacio de un mes con chicos de su edad, comparten sus estudios, sus vivencias y también sus carencias. Es allí, lejos de casa, donde se intenta cortar ese cordón umbilical, que nos cuesta tanto a los padres y que sin darnos cuenta, suele perjudicar la formación de su personalidad.

A sus 12 años, Franco va a vivir su primera experiencia valiosa. En ese lugar, estará supervisado, pero tendrá que aprender a valerse por si mismo, atrás ha dejado la comodidad de su cuarto, la TV a su antojo, sus amigos del colegio, el cuidado extremo de su madre y la seguridad de sentirse protegido. Ahora, deberá capear las dificultades que ocasionan el frió, la altura y la nostalgia. Asumirá responsabilidades mayores, sin más ayuda que sus propias habilidades, un tanto opacadas quizás, por nuestra cercanía y se espera logre valorar, todo lo que tiene en casa.

El ómnibus ha encendido el motor y va a emprender la marcha, subo una escalera para verlo partir y abajo se queda su madre que me mira con ternura, no está triste, pero siento que su angustia ya ha empezado a hacerse un sitio en su corazón. Yo, respiro tranquilo, abrazo a mi hijo menor Sergio, pero al sentir que sus bracitos se aferran más de la cuenta, trago saliva, acaricio sus cabellos y beso su frente. Sus abuelos y sus primas se despiden y el bus empieza a partir. Franco nos dice adiós y aunque mis ojos aún pueden verlo, ya lo he comenzado a extrañar.

Hoy amaneció diferente, no dormimos bien y mi esposa está llamando a Franco sin encontrar respuesta. Antes de irnos para el trabajo necesitamos saber que ha llegado bien. Es lunes, primer día de la semana y es el comienzo de su ausencia.

-Aló hijo ¿llegaron bien?- Dice mi esposa con la ansiedad reflejada en el rostro
-Si mamá ya estamos en el seminario, está haciendo mucho frió- Responde apurado
-Gracias a Dios, cuidate mucho hijo, te quiero mi vida, no olvides las recomendaciones, abrígate, toma tus vitaminas- dice ella abriéndome sus ojos negros.
-Ya mamá, ya sé- Responde incomodado Franco.
-Hijo tranquilo, te queremos y confiamos en ti- Le digo yo, para darle seguridad, pero tengo un nudo en la garganta, que trato de disimular aflojándome la corbata y esbozando una sonrisa endeble.

Hoy es el segundo día y Franco ha empezado a sentir los 3,800 mts. de altura de esa ciudad que nosotros visitamos este mismo año y conocimos el Seminario. Si bien es cierto, hay la comodidad necesaria, ese extraño temor a lo desconocido, nos acompaña y solo estamos confiados a que los chicos puedan adaptarse pronto.

Hoy es el tercer día, nos enteramos que todos han empezado a echar de menos a su familia. La rutina que tienen, los obliga a entrar a misa después de cada comida, luego hay un momento de reflexión. Es en este momento, que abrazados, han llorado arrepentidos por alguna mala conducta en casa. Han hecho un “pacto de honor” de no contarle a nadie de este episodio, quizás, cuidando su orgullo adolescente, pero en el fondo han empezado a aceptar, que aunque la distancia es una simple forma de estar lejos, se siente fuerte, cuando de a pocos, se van extrañando las cosas valiosas.

Hoy amaneció lloviendo, en esta Lima del clima impredecible. Hace cuatro noches que Franco no ha dormido en casa y su cuarto ha estado cerrado. Al entrar, he sentido muy marcada la añoranza. Cada mañana recibía su abrazo sosegado, a veces expresivo, esta vez, ese especial ruido que produce el silencio, lo he sentido en el corazón. Miré por la ventana a una paloma que se posó en la cornisa y me miraba como queriéndome preguntar su ausencia.
Sergio como cada mañana vino a saludarnos y lo noté melancólico. Extraña a su hermano, con quien solía compartir sus juegos, el colegio y hasta sus discrepancias infantiles.

-Papá, ¿algo raro pasa no?-
-Porque hijo, extrañas a tu hermano seguro ¿no?-
-Si, porque a esta hora estabas gritando: “Apura Franco, apura Sergio”, para ir al colegio- Me sonríe
-Si pues hijo hasta esas cosas se extrañan, pero esto nos va hacer bien a todos- le respondo abrazándolo fuerte.

La noche ha llegado junto a mi cansancio y ya es viernes, los días transcurren lentos y nos preocupa que Franco haya salido a una procesión junto a sus amigos al centro de la ciudad. Una ciudad que él no conoce. En la distancia esperamos que regrese pronto al Seminario. No logramos comunicarnos y los pensamientos revolotean perturbados. Cerca de la medianoche logramos hacer contacto y sabemos que está bien. Podemos dormir tranquilos.

El fin de semana nos encuentra en la mesa, con el desayuno del domingo. Siempre es él quien hace la oración a Dios, esta vez su hermano ocupa su lugar. Una lágrima traviesa, juguetea con mis pupilas, quizás solo sea el desfogue a varios días de inquietudes.

Por la tarde pudimos comunicarnos por el messenger.

Le escribo: Fiera, ¿tienes cámara ahí, para vernos?
Me responde: See (sic)
Le escribo ansioso: Entonces acepta la invitación para verte.
Me responde: no funKa no tien Kreo (sic).
(Me divierte como escribe, utilizando ese idioma extraño que usan los chicos modernos).
Le escribo: Ya bueno y ¿como has pasado esta semana?
Me escribe: el agua s heldasa (sic)
Me vuelve a escribir: Vi una granizada fue Brvzo XD (sic)
Me pregunta: kmo tna toos x aya (sic)
Le escribo: Bien hijo extrañándote mucho.
Le pregunto: ¿Nos puedes ver en la cámara?
Me responde: See XD (sic)
(Me parece raro que corte el enlace, después de varios intentos)
Le vuelvo a preguntar intrigado: ¿Por que no pones tu cámara para vernos?
(Hace un silencio y no contesta, inquieto, espero su respuesta)
Le pregunto: ¿Que pasó?
Me responde: s q me da pena (sic)

Asumo que el haber visto virtualmente a su madre, a su hermano y hasta a la “gusha” como llama a Reynita -nuestra chihuahua- le tocó las fibras de su aún endeble carácter, aunque no lo aceptó, estoy seguro que se le cayeron algunas lágrimas, igual que a mí, cuando nos despedimos.

Hoy es la segunda semana y ha salido un sol tibio, que se ha prolongado hasta la tarde. Franco acaba de terminar de jugar básquet, algo inusual en él, no muy apegado a los deportes, imagino que lo hace para aplacar el frío de Huancavelica, que cala los huesos y atormenta los oídos, también quizás para alejarse un poco de la realidad y calmar su intranquilidad.

Es Jueves y hemos salido a cenar, mientras mi esposa intenta hablar con él, la contemplo, le sonrío complaciente para calmarla. Ella se desespera al no entrar la llamada. Ha dejado de comer y su semblante es diferente. Franco está con tos y tiene heridas en los pies, eso la angustia. Trato de apaciguar su ánimo excitado, hablo con él y me dice que no sabe que tomar, le digo que le pida ayuda al Padre si se siente mal. Me dice que ya es tarde y que lo hará mañana, que está bien. Ella me mira suplicante y me dice que hay que hacer algo. Le digo que se calme, que es complicado desde tan lejos. Esa noche ella no ha comido nada y no ha conciliado el sueño. A su lado he fingido dormir, mas, mi pensamiento ha viajado muy lejos y la mañana me ha devuelto –nuevamente- unas ojeras muy pronunciadas.

Casi sin darnos cuenta ya han pasado casi veinte días. Ayer, cuando algunos de sus amigos del colegio me preguntaron por él, y me pidieron que lo salude y que le diga que lo extrañan, me dio una sensación de reconfortante orgullo, pero al mismo tiempo me hizo extrañarlo, mas de la cuenta.

Hoy sábado pudimos “chatear” con Franco y esta vez si pudimos vernos por la cámara.

Le escribo: Estamos muy orgullosos de ti hijo, eres muy valiente, te queremos
Me escribe: yo tb los Kiero (sic)
(Lo notamos diferente, con mejor ánimo, sonríe y bromea con sus amigos en la cabina de Internet, ya no tiene tos, pero anda resfriado y ha podido curar las heridas de sus pies)
Le escribo: Ya falta poco hijo, mucha fuerza y ánimo mi campeón!!!
(Otra vez hace un silencio y deja de escribir, también apagó la cámara)
Le escribo: ¿Que pasó fiera?-
Me responde: naa tdo bien (sic)
(Vuelve a conectar la cámara y responde nuestro saludo. Esta vez no nos quedamos tristes, pero si ansiosos, quizás porque en la distancia, hemos logrado resignar la realidad, pero aún cuesta tranquilizar al corazón)

Es domingo, una semana antes del retorno de Franco. Hoy es la actividad de talentos del colegio, que incluye a padres e hijos. Yo voy a participar pero sin mi hijo. En los días de ensayo, los rostros de los chicos me han hecho sentir su ausencia, porque me hubiera gustado tanto hacerlo junto a él. He participado con satisfacción, pero ausente, he tratado de hacer mi mayor esfuerzo pensando en que cuando regrese, el se sintiera orgulloso de mi actuación.

Esta semana está pasando más lenta que de costumbre Otra vez ha llovido en Lima. Hoy hemos ido a visitar a sus abuelos que hablan de prepararle un gran recibimiento. Mi esposa muestra su impaciencia por que los días se pasen más rápido. Yo trato de convencerla que no exagere, aparentando una despreocupación, pero que en el fondo, lo que intenta es no alimentar tanto, esas ansias de estar tan pendientes del calendario.

Hoy debe retornar Franco y estamos en la puerta del colegio esperando su llegada. Los rostros de los padres es una mezcla de regocijo e intranquilidad. Mi esposa mira el reloj y la hora parece haberse detenido. La camioneta ha hecho su aparición y los chicos descienden apurados. Se abrazan emocionados con sus padres. Mi esposa abraza a mi hijo y he sentido una sensación de tranquilidad en el alma. Cuando saludo a Franco, lo siento un poco vacilante. Quiero entender que está cansado por el viaje.

Aquella noche en casa, cuando pudimos hablar tranquilos y él nos contaba su experiencia, lo he visto llorar recordando sus momentos de nostalgia y decir que ahora valora todo lo que tiene y que ha echado de menos muchas cosas, pero lo mas importante, es que ha sentido en la lejanía, la real valía que tiene su familia. Aquella noche hemos llorado juntos, él desfogando quizás tantas horas de estar alejado, tantos días sin vernos, tanto tiempo sin poder darnos un abrazo, nosotros de alegría, por tenerlo de vuelta, para decirle lo mucho que nos hizo falta.

Aquella madrugada, me he levantado para ir al cuarto de mis hijos y verlos dormir tranquilos. Hoy he podido dejar de fingir que duermo y refugiarme en el descanso, mañana empieza un nuevo día y esta ausencia solo será una valiosa experiencia vivida, pero que de seguro, ya ha dejado una huella imborrable en nuestras vidas.


lunes 22 de septiembre de 2008

El semáforo de la indulgencia

El semáforo pinta la luz roja y todos los autos detienen su marcha. En la pista contraria, un grupo de chicos se han puesto a realizar piruetas y acrobacias, propio de un número circense. Delante de mí, un muchacho desgarbado está haciendo malabares con unos bastones y luego aparece un compañero que trae otros palos, pero estos tienen fuego en sus crestas, la habilidad que hacen gala sorprende a mas de uno. Por lo peligroso que resulta, no quiero imaginar si uno de esos bastones sale volando entre tantos autos y combustible cercano. Ellos indiferentes se entregan a su acto de una manera lacónica como prodigiosa. Al costado del auto un pequeñuelo sin siquiera pedir permiso, trepa tratando de limpiar el parabrisas. Una niña pequeña y una mujer embarazada pasan vendiendo golosinas. Varios hombres curtidos, pasan ofreciendo videos y libros de dudosa procedencia, garantizando su originalidad y funcionamiento con pasmoso descaro. Algunos van acompañados de sus propios hijos que ayudan en la tarea.
José tiene 8 años, es el mas pequeño del grupo, sus ojos negros y pequeños se pierden cuando sonríe, su carita sucia y sudorosa, irradia picardía. En sus manos aprisiona unas gastadas pelotas de tenis, se da cuenta de mi ávido interés, se pone a dominarlas, me asombra y me subyuga su destreza. Culmina su acto de malabarismo y me mira con marcada penitencia, estira su manito sucia para pedir un apoyo voluntario, sonríe complacido y termina por convencerme, de ser uno mas, de los cientos de automovilistas que le dona una moneda, quizás sensibilizado por el acto, talvez cautivado por la cara de este bribonzuelo, que a su corta edad es un eximio burlador de los autos, quizás también, porque me parece –en ese instante- una justa retribución al prodigioso arte de estos pequeños artistas callejeros.

Cuando la luz verde, da el aviso, un pensamiento compasivo me revuelve la conciencia, repasaba en cuan significativa o nociva ha sido aquella moneda entregada. Acaso y haya contribuido a que José ese día pueda cenar decentemente o sin darme cuenta –como le pasa a muchas personas- he favorecido ingenuamente a ladinos explotadores de la necesidad y la caridad consentida de las personas, que utilizan a estos niños de la calle, para enseñarles las piruetas y malabares, para después sacar provecho de sus desventuras. Acaso mi conciencia se quedó tranquila en ese momento, pero conforme me alejaba, me preguntaba, donde estarán los padres de José, que será de sus hermanos, de sus amigos, quizás estén haciendo lo mismo en otro semáforo de la calle, o quien sabe se encuentren en verdad, trabajando de esta manera para unir esfuerzos y ayudar a sus hogares, o simplemente ya no se encuentren en este mundo.

El semáforo, con su luz roja, enciende sus angustias y miserias, ellos por unos segundos, disfrazan de alegría sus propios miedos y temores, llaman la atención con sus brincos y malabares, buscando una recompensa que alivie su necesidad inmediata. Cuando la luz verde deja que los autos emprendan la partida, bajan el telón de su escenario imaginario y nuevamente se refugian en su mundillo de conformismo barato y conveniente. Se quedan allí agazapados, a la espera que la luz ámbar les vuelva a dar el aviso, para seguir en esta rutina de supervivencia dura y lastimera, que quizás para ellos sea su única forma de subsistencia.

Como José, cientos de niños y jóvenes se han hecho amigos del semáforo, que controla sus vidas. Han encontrado la forma de hacerse fuertes en la miseria, con poca ropa vencen a este frío invernal que nos cala los huesos y con poca comida en el estómago resisten temerariamente los peligros de contraer alguna enfermedad. Algunos son obligados, otros remiendan sus penurias y algunas niñas incluso forman parte del alarmante índice de prostitución infantil. Muchos de ellos no asisten al colegio, pues han encontrado la rutina fácil y complaciente, de tener en los bolsillos unas monedas, a veces a costa de su incierto porvenir, de su bienestar y hasta de sus propias vidas.

Cada día la mendicidad en los semáforos, gana más terreno, se hace mas latente y real como nuestra misma rutina de vivencias. Talvez sin darnos cuenta, cada uno de nosotros, esté alimentando esta situación, en cada moneda que tiramos al aire, cada vez que nos cruzamos con sus desventuras, quizás también resulte siendo una de las causas principales, nuestra aceptación de esta situación y haberla insertado como parte integrante de nuestra triste realidad social. Aquella, a la que solo atinamos a mirarla desde lejos, con una actitud de indiferencia, pero también de una marcada y cómplice indulgencia.

miércoles 16 de julio de 2008

La bonita vecindad del Chavo

Era una noche fría de invierno, en los finales de los 70’, cuando llegué a casa cansado de una tarde de mucho fútbol con los amigos del club. Mi madre –amorosa ella- me recibió con una sopa caliente que, luego de darme un duchazo, devoré con afán desmedido. En la sala de mi casa me esperaba, el recio y consentido televisor marca PHILCO de 25’ en blanco y negro, que era mi engreído. Hacía un par de años que mi padre se lo había comprado a plazos, al Sr. Cueva, un hombre de cabello escaso y físico esmirriado, de sonrisa hipócrita y que vendía de todo y nada. Era el típico usurero que se hacía amigo de todos y de nadie. El que nunca era bienvenido y el que siempre estaba merodeando las puertas de los vecinos, con su libreta de apuntes y su maletín gastado, donde tenía los recibos, que mi madre guardaba con excesivo celo. Los padres de mis amigos –todos sin excepción- tenían que ver con el Sr. Cueva, unos le debían una plancha, otros una cama y algunos pagaban por un dinero prestado.

Aquella noche, mis ganas de refundir mi cansancio tirado en el sofá mirando la TV, se vieron interrumpidos por una visita inesperada. La familia de mi padre, entre primas y sobrinos, que habían llegado de Piura, cayeron por la casa de visita y no tuvieron mejor decisión que sentarse a ver un programa noticioso en el bendito aparato. Así que entre saludos y una cena apurada, estaba toda la familia reunida y yo, con mi revoltosa adolescencia a cuestas, estaba aplastado en un rincón, compartiendo con todos, un programa que no elegí, pero que acepté de mala gana. No me quedaba otra, era el único televisor de la casa.

-Después del noticiero dan la película- decía una de mis tías afanosas, mientras en la tele estaba el gran Pepe Ludmir anunciando un nuevo programa y entrevistaba a un grupo de actores mexicanos.

El que hablaba, era uno de rostro carismático y bonachón, estaba vestido de niño y auguraba mucha diversión para grandes y chicos. Los gestos y ademanes de aquel menudo actor, captaron mi atención de inmediato. Empezó a presentar a los otros personajes que interpretarían las ocurrencias de una vecindad y él asumía ser el creador del programa denominado “El Chavo del ocho”. Ese señor, no era otro que Roberto Gómez Bolaños, mas conocido como “Chespirito”, seudónimo asumido –según contaba- por el diminutivo de Shakespeare.

Desde aquel día, El Chavo del ocho fue el programa que acompañó nuestras noches familiares frente al televisor, gozando con las ocurrencias del Chavo, Aquel niño pobre que usaba gorra a cuadros, con orejas y pantalón con tirantes: Que decía vivir en el número 8 pero solo lo veíamos entrar y salir de un barril. Que siempre presentaba el programa a tropezones, con una pelota o latas, jugando con la pecosa Chilindrina y haciendo víctima de sus travesuras a su papá, Don Ramón, quienes se mudaron al departamento de enfrente ante la llegada de Doña Florinda, la histérica mujer que siempre andaba con ruleros y su engreído Quico, el de los cachetes inflados, un niño sobreprotegido, que siempre vestía de marinerito y que continuamente disolvía la pintura de las paredes con su singular llanto. Fueron apareciendo el profesor Jirafales, perpetuo pretendiente de Doña Florinda y siempre esforzado por ilustrar a todos sus alumnos, aún a costa de quedar en ridículo; la bruja del 71, como la eterna enamorada del padre de la chilindrina quien la miraba llegar como si fuera algún zombie de película o que provocaba al Chavo sus recordadas garroteras; el señor Barriga pasando apuros para intentar cobrarle la renta a Don Ramón y por supuesto Ñoño, su hijo y vivo reflejo.

Y me fui haciendo adulto, carcajeando con cada capítulo, con cada disparate y con cada locución que mis hermanos y yo adoptamos como rutina, acogiendo los modismos y las frases del Chavo; Eso, eso, eso; Es que no me tienen paciencia; ¡Se me chispoteó!; Zas, zas, zas!; o ¡ora si te tocó el ocho! Cuando se iniciaba la persecución a Quico con la Chilindrina y terminaban con un testarazo al señor Barriga. Cuan inolvidable resulta hoy, aquella frase “vuelve el perro arrepentido con la cola entre las piernas y el hocico partido” que muchas veces escuche decir sonriendo a mi madre, cuando mi padre llegaba tarde a casa y traía algún regalo entre las manos. Mi prima Gladys, que vivía con nosotros, se quedó para siempre con el apodo de “La Chili”, solo porque un día, apareció con un par de coletas iguales a la Chilindrina. Como olvidar, al Sr. Cueva, quien cada vez que tocaba la puerta de mi casa, mis hermanos y yo le bromeábamos a mi padre vociferando:

-“Don Ramón”, ahí está el señor “sin barriga”, que viene a cobrarle la “cuenta”- echándonos todos a reír a carcajadas, broma que el Sr. Cueva, aceptaba con una sonrisa cohibida.

El encanto se fue desvaneciendo y el destino –mensajero cruel- nos trajo noticias que el Chavo se estaba quedando sin vecindad. Quico se había ido para no volver a llorar frente a la pared y Don Ramón abandonó a la Chilindrina, para irse al cielo sin pagarle la renta al señor Barriga. Doña Florinda no se quedó con el profesor Jirafales, pero sí con “Chespirito”. Mi viejo televisor PHILCO se fue muriendo junto a sus tubos y dejó su lugar a uno moderno de colores. Los capítulos del sensacional Chavo del ocho, fueron cada vez más escasos. Mis hermanos y yo, seguimos rumbos distintos y mi prima Gladys hasta el día de hoy, vive orgullosa de su apodo. Mi padre le canceló íntegramente la cuenta al Sr. Cueva y hubo un día en que el señor “sin barriga”, ya no tocó la puerta de la casa para siempre. Mi padre se quedó un tiempo con nosotros, pero hoy conversa con él y seguro que recordando las bromas que le hacíamos, se ríen juntos en silencio.

Los que crecimos y nos hicimos adultos con el Chavo del ocho, fuimos cautivos de ese barrio de caricatura, regocijados en sus diálogos que nos provocaban una sonrisa y que siempre venían acompañados de una reflexión, que mas de una vez nos arrancó alguna lágrima traviesa. Fuimos cómplices de aquella ironía y sarcasmo que nos contagiaba y esa ingenuidad que arrullaba el sentimiento. Y es que de alguna manera, asemejamos los personajes a nuestra vida diaria. Quien lo hubiera pensado, pero los mismos capítulos, han sido vistos por nuestros hijos y hasta los nietos por casi un cuarto de siglo, que a veces, pareciera ser una sana costumbre de vida eterna.

Hoy, “Chespirito”, está entre nosotros, mostrando que los años ya le hicieron mella, pero con la misma chispa y el encanto que nos cautivó con sus personajes, los que ya forman parte del inconsciente colectivo de toda una generación. El genial comediante, recibe hoy muchos homenajes y condecoraciones en nuestro país. Quien sabe sea la última visita que nos haga en vida. Por eso, al verlo ensayar la mueca del “no contaban con mi astucia” que hizo conocido el “Chapulín Colorado” –otro entrañable personaje- me resultó tan enternecedor y nostálgico, que casi sin querer queriendo, me fue imposible, dejar de recordar esta bonita vecindad, esta vecindad del Chavo, que no vale ni un centavo. Pero es linda, muy linda de verdad.

sábado 14 de junio de 2008

Los padres ausentes

Es sábado por la mañana y el sol se ha posado de manera coqueta en la ventana de mi cuarto, en la TV está hablando un psicólogo sobre una noticia que me llama la atención. Edson Arantes do Nacimiento o “Pelé” –dice el doctor con un gesto de experto conocedor del tema- con toda la popularidad que le dió el fútbol, tuvo que ponerse frente a la prensa mundial, para aceptar que su hijo Edinho, su engreído, debía purgar condena en la cárcel por trafico de drogas -un video con fotos acompaña sus palabras- el Rey del fútbol –pone énfasis- se vio obligado a confesar, que en su vida obtuvo la fama y el dinero que quiso, tiene los amigos mas influyentes y viajó por el mundo entero, pero lo único que nunca tuvo, fue TIEMPO –vuelve a resaltar- para brindarle a su hijo.

Refugio mis ojos en la mirada apesadumbrada del ex futbolista, pienso por un instante como a veces ni el dinero puede solucionar temas que aparentan no tener importancia, pero que marcan para siempre nuestras vidas de padres.

Me levanto despacio y voy en busca de Franco, mi hijo mayor.

-Hola fiera, ¿cómo dormiste?-
-Bien papá- me responde con sus ojitos aún adormitados
-Levántate, acompáñame a trotar un rato al parque, compramos de pasada el pancito para el desayuno- le digo destapándolo un poco.
-No papá, anda tu solo- me suelta su frase con desgano
-Vamos hijo, no seas flojo, hace un rico sol- lo apuro para sacarle una sonrisa
-No papá, mas tarde, tengo sueño- me dice fastidiado y tapándose la cara abrumado.

Me retiro un poco incómodo, Sergio, mi hijo menor, está durmiendo profundamente, decido no despertarlo. Cuando voy por el parque, algunos padres juegan con sus hijos -ninguno pasa de los 6 años- y recuerdo cuando los míos tenían esas mismas edades y les satisfacía caminar de mi mano. Pienso en el tiempo que se fue pasando tan rápido, hoy Franco ya tiene 12 años y ha comenzado a independizarse en sus ideas y su comportamiento, talvez no de la manera como hubiera querido, pero trato de entender que es parte de la edad y los tiempos modernos que vivimos.

Sentado en una banca está Pepe, él es médico y tiene un hijo de la misma edad del mío, Pepe es pediatra y hoy tiene una niña hermosa de tres años, ha salido al parque temprano y descansando su alegría, se divierte mirando correr a su pequeña, me invita a sentarme a su lado.

-Hermano, los chicos de hoy ya no son los de antes- me dice, cuando le comento algunas cosas de mis hijos que resultan comunes entre nosotros.

–Antes nuestro hábitat estaba en la calle, allí nos ensuciábamos la ropa y aprendimos a cuidarnos solos, hoy el ambiente de ellos está cercado entre cuatro paredes, sus mejores amigos son la computadora, la TV y el Play Station, son otros los tiempos y me preocupa que sin damos cuenta, estamos criando niños sedentarios y futuros adultos con problemas de salud-

Comentamos que los padres requieren de tiempo disponible y también demasiada paciencia para sobrellevar el crecimiento de los hijos. Su hermano Alberto, que es psicólogo, alguna vez nos dijo, que los padres de hoy se separan en dos sectores: Los que creen ser buenos padres y los que pretenden ser comprometidos, mientras que el primero predica la orden como evangelio y hace sentir su autoridad, el otro asume la flexibilidad como argumento, delega responsabilidad y se hace amigo de su hijo. Pero en ese intento, a ambos les falta tiempo y no se percatan en que momento, se genera una distancia con ellos.

Cuando conocí a Henry, un amigo entrañable, ya tenía a Gabriel, su engreído, que hoy anda por los 17 años. Siempre admiré lo dedicado y amoroso que era con su familia, pero los azares del destino les golpearon sus vidas y hoy se encuentra divorciado Su hijo Gabriel vive en España con su madre y la última vez que pudo verlo, ha sido hace 4 años cuando viajó a visitarlo por navidad. Hoy el vínculo mayor que Henry puede transmitirle a su hijo es a través del Internet, casi todas las noches se conectan virtualmente por el Messenger en una rutina que logra disipar las preocupaciones, pero que no consiguen llenar el vació espiritual y físico que le queda en el cuerpo, cada vez que apaga el computador.

-Anoche lo llamé por su cumple y le dije cuanto lo quiero, cuanto lo extraño, pero él, lejos de hacerme sentir contento, solo estaba preocupado por terminar de charlar rápido conmigo, para irse a una fiesta con sus amigos-
-Es que Gabriel ya es un jovencito, casi un hombre- le digo calmando su insatisfacción
-Si, quizás antes era diferente, pero te confieso que eso me afectó mucho-
-Lo entiendo, debe ser complicado ver como tu hijo crece lejos de ti-
-Al menos tu tienes a tus hijos cerca, a mí me duele mucho no estar a su lado, justo ahora cuando se va haciendo hombre-

Hace cinco días que mi hijo Franco no ha dormido en casa, ha tenido que ir a un convivio del colegio y es el tiempo más largo que ha pasado lejos de nosotros, su madre ha disimulado su arrebato cobijando sus afectos desmedidos con Sergio, nuestro hijo menor, así han sobrellevado la ausencia con tranquilidad. Es viernes y he salido del trabajo para encontrarlo en casa de regreso, antes lo llamo por teléfono para saludarlo, pero sus respuestas son escuetas e inmutables. Cuando llegamos a casa, lo encontramos cansado, su abrazo resulta abreviado y lo poco que nos habla, lo hace más para complacernos, porque ya no desea mas interrogatorios. A la mañana siguiente, se despierta de mejor ánimo, nos cuenta con detalles como la pasó fuera de casa y compartimos una charla familiar muy amena.

-Hijo, quiero que sepas, que tu madre, tu hermano y hasta Reynita –nuestra mascota- te hemos extrañado mucho, pero esto es el inicio de algunas cosas que son parte de tu crecimiento-
-Si papá lo entiendo- responde lacónicamente
-De verdad que te echamos mucho de menos- le digo mirándolo a los ojos
-Yo también los extrañé, porque aunque estuve con mis amigos, ustedes son mi familia- me responde

Me quedo pensando que debo acostumbrarme a sus cambios de estado de ánimo, tan recurrentes y perturbadores. Creo que de alguna manera estamos preparando el camino, para cuando nuestras ausencias se hagan mas largas y la distancia, se convierta en esa barrera imaginaria que se oponga a nuestros deseos de querer estar cerca y compartir nuestras vivencias.

Hoy encontré a Miguel, un amigo de la infancia, me hablaba de sus hijos adolescentes. Miguel labora para una empresa transnacional de renombre y aún cuando hoy tiene una buena remuneración, siente que el dinero y la buena posición, no le han podido devolver el tiempo que perdió, cuando por lograr un ascenso, se pasó muchas horas dedicadas al estudio y el trabajo.

-Siempre llegaba a casa tarde y los encontraba durmiendo, cuando quería aprovechar un fin de semana tenía clases y se pasaban muy rápido- me dice él, reflejando en sus ojos una nostalgia que me llama la atención.
-Bueno la vida de hoy exige eso y a veces se deben hacer muchos sacrificios-
-Si pero yo me pregunto: Quien te devuelve ese tiempo que no compartiste con tus hijos?-
-Creo que los padres hacemos todo lo posible por darles bienestar-
-Seguro, pero estos tiempos que vivimos, son diferentes a nuestra época hermano, ahora mi hijo solo sabe pedirme cosas y al igual que mi hija ya andan con enamorados, el trabajo no me da tiempo para estar mas cerca de ellos y casi no obedecen a su madre-
-Siempre el tiempo es el factor primordial- le digo notando preocupación en sus ojos
-Así es hermano, ellos tienen todo, pero te confieso que a veces, me siento tan ausente de sus vidas-

Es muy serio el papel que nos toca a los padres hoy en día. Como hijos que fuimos quizás añoremos aquellos días en que nuestra infancia y luego nuestra adolescencia fue románticamente compartida, cuando mirábamos la novela o el fútbol en el único televisor de la casa o cuando salíamos a jugar en la calle y regresábamos para la hora del almuerzo con el sudor y la ropa impregnada de esa satisfacción de sentirnos libres y felices. Hoy soplan otros vientos, nuestros hijos viven una época distinta, con medios tecnológicos propios de la modernidad, que los alejan del valor sentimental de las cosas, coexisten saturados de mensajes alienantes que tienden a tornarlos algo indiferentes para con el sentimiento. Quizás allí radique nuestra lucha diaria como padres y se requiera darles todo el afecto posible, para que se sientan queridos y respetados, pues debemos aceptar que durarán cada vez, menos tiempo a nuestro lado.

Por más cerca o lejos que estemos de sus vidas, existirá un momento en que nos sentiremos alejados de su presencia, ellos como hijos intentando mostrarnos su independencia y nosotros como padres, queriendo revertir las circunstancias, quizás cuando decidamos hacerlo, ellos hayan crecido demasiado rápido y se habrán marchado lejos. Quizás la distancia puede ser física, pero ese tiempo que siempre nos falta, sin quererlo siquiera, podría convertirnos en padres ausentes, aun teniendo a nuestros hijos cerca.