jueves, 24 de mayo de 2012

Réquiem por la música

Quien no se tiró a la pista de baile más de una vez, para danzar frenéticamente al ritmo de un tema lleno de glamur y luces sicodélicas en aquellos gloriosos y espectaculares finales de los 70’s e inicios de los 80’s, época en la que nuestra alma de bailarín empedernido y amante de la buena música, disfrutaba al máximo de esos tiempos en que las luces multicolores y el poliéster inundaban las discotecas.

Quien no conoció algún amor furtivo y se enamoró compartiendo los acordes de “On the Radio” o alguna vez, cuando fulguraban las chicas de tacones ligeros, recreaban por su cabeza las imágenes del video del inolvidable “Bad Girls”. Aquel memorable “Last Dance” que disfrutamos con la película “Thank God It"s Friday” o acaso, el inolvidable “I feel love”, temas que uno se quedaba tarareando el compás, porque iba asociado a un motivo de vivencia, a una forma libertina de sentirse felices en una pista de baile y aun estilo de vida.

Remembranzas que hoy le hacen una mueca a la nostalgia, por los tiempos idos, que se han cruzado en la evocación, cuando la noticia, habla de que el cáncer escondido, cruel y verdugo despiadado, se ha llevado, en su último baile a la reina de la música disco: Donna Summer.


Y se ha ido también Robin, a encontrarse con su alma gemela Maurice, buscando la sonrisa de niño travieso de Andy. Su ha ido un hermano mas y han dejado solo a Barry, con ese sabor amargo en la boca, que deja la desgracia y con el dolor intenso que produce en el alma, la ausencia inesperada. Se ha ido un ícono más de la música y con él vuelven a aflorar los recuerdos, se vuelve a pintar la nostalgia de un color intenso, que hace brillar los ojos de melancolía. Y es que la música, de una u otra manera, siempre está ligada a nuestras vidas y más temprano que tarde, algún hecho trascendente nos involucra, nos hace mirar atrás y sentir que fuimos parte del mismo.

BEE GEES, un grupo de talentosos hermanos que en la época juvenil de nuestros años desbocados, fueron parte importante de nuestra azarosa vida. Con su música pude entender, cuan profundo es el amor y como se puede remendar un corazón roto, pero también en una Fiebre de Sábado por la Noche, me mostraron como se enciende la emoción al máximo, cuando el corazón explotaba de alegría en una pista de baile. Grandes momentos, grandes recuerdos que uno hoy, añora y recuerda con cariño.

Gracias BEE GEES, gracias Barry, Robin (+) y Maurice(+) y también Andy(+), por tanta música y por tantas cosas vividas que solo lo pueden entender los que estuvieron allí, sintiendo y viviendo esos tiempos, cuando los años coexistían y se sentían intensamente

Nos dejaron un legado musical inolvidable, que hoy quizás nos deja Sobreviviendo ante la Tragedia, que nos hace mirar y orar por este Demasiado cielo, donde cantarán con los ángeles los que han partido, pero que nosotros, los que vibramos con su legado musical, buscaremos sobreponer en cualquier noche de fiebre, intentando recordar que siempre Deberíamos estar bailando.


sábado, 18 de junio de 2011

Padre sin tiempo, hijo sin padre


Hector maneja apurado su moderno automóvil. En la radio suena “En la ciudad de la furia” de Soda Stereo y su sonido parece perderse entre el bullicio del tráfico limeño y las siluetas de gente que corre apurada y busca un atajo para aligerar las urgencias del reloj. Es una mañana gris y fría, típica de invierno. Lleva demasiados sentimientos encontrados que apuran el latir de su corazón, conforme acelera el auto que no avanza entre este río tumultuoso de carrocerías que parece no tener principio ni final. La voz de Gustavo Cerati lo mantiene ensimismado y la luz del semáforo, ha logrado detener su apresurado pensamiento, para fijar la mirada en una pareja de jovenzuelos enamorados que tomados de la mano, intentan cruzar la calzada. Un extraño ardor le recorre el cuerpo, cuando el joven pasa a su lado y se da cuenta que físicamente, se parece demasiado a su hijo Gabriel.

Hector es un hombre exitoso, ha sabido hacerse desde abajo. La empresa que maneja hoy, ha crecido tanto como su patrimonio. El dinero que ha podido generar le ha brindado una vida cómoda, placentera y ha hecho amigos por el mundo. Ser empresario desde muy joven le dio la experiencia para acrecentar su arraigo y es muy considerado en el mundo empresarial. Su fama ha llegado a ser portada de diarios y es voz autorizada en la TV. Su capacidad ha sido resaltada y hasta ha tenido coqueteos con la política. Gabriel es su único hijo hombre y quien desde muy pequeño lo hizo sentir como lo más importante que le pasó en la vida. Cuando nació, él estaba dando sus primeros pasos empresariales y era la razón principal que le faltaba a su matrimonio. Daniela, su esposa, era una mujer encantadora, de hermosos ojos verdes, carácter jovial y con mucho apego a su familia. Gabriel llenó de alguna manera, un vacio de afecto que no había tenido cuando niño. Su padre fue un militar que se separó de su madre cuando él recién frisaba los 10 años. Su infancia, nunca le trajo buenos recuerdos.

El moderno auto se estaciona frente a la clínica. Hector baja apresurado. En la puerta está Daniela, con el rostro desencajado. Su hermana, Fresia, la coge del hombro y la acompaña en sus pasos cansinos. Hector las saluda y sigue de frente. Ellas lo siguen por el pasadizo que lleva al ascensor. Intercambian miradas, pero ninguno atina a decir una palabra. En el piso cinco, se abre la puerta y se encuentran con Carlos, el médico que es amigo de la infancia y que hoy tiene en el rostro un signo de interrogación.

-¿Y como está Gabriel?- Pregunta Hector, con una mueca de impaciencia
-Ha tenido un derrame cerebral y se encuentra en coma. Llegó con un cuadro de intoxicación severo, me duele tanto como a ustedes, pero la verdad es que no tenemos muchas esperanzas, lo siento
-Pero como ha pasado, ¿No se va recuperar?
-Creo que se te olvida que Gabriel hace tiempo fue declarado drogadicto y esto no es más que la consecuencia fatal de su adicción
-Pero tiene que haber alguna forma de curarlo, dime cuánto cuesta yo estoy dispuesto a pagarlo-
-Creo que no es cuestión de dinero Hector
-Todo tiene un precio Carlos- Interrumpe con energía Hector, volteando la mirada y golpeando su puño en la pared
-Algo se puede hacer Carlos, no me digas que no- Intenta suplicar Daniela, mientras su hermana la abraza e intenta calmarla. El doctor, solo atina a mirarlas con tristeza, cierra y abre los ojos sin decir nada.

La sala de espera del piso donde se encuentra Gabriel, acoge a muchos familiares que se van consolando, unos lloran y se abrazan, otros solo atinan a quedarse quietos en un lamento individual. Las horas transcurren y Hector en un rincón, aprieta los dientes y conforme va mirando a los presentes, acoge recuerdos, que le vienen a la memoria como imágenes paganas de lo que ha sido su vida hasta hoy.

Miraba a Daniela y recordaba los primeros años de Gabriel. Aquellos días cuando los tres se tomaban de la mano y caminaban por ese parque que le traía siempre repasos agradables. Los continuos viajes de negocios que repercutieron en el bienestar del negocio, pero también fueron una razón de distanciamiento con su familia. Recordó que le fue infiel a Daniela y tuvo una hija con una joven empresaria, consecuencia que causó su separación. Miraba a su madre y recordaba que su hijo Gabriel, vivió su adolescencia, con muchas cosas materiales que él le brindaba, pero que era la abuela quien le otorgaba el cariño que el joven reclamaba. Los ojos de Fresia, su cuñada, se posaron en los suyos y asumió el reproche. Daniela, se hizo adicta a los tranquilizantes, luego que su matrimonio se fue al abismo. Fue ella la que se encargaba de llevar a Gabriel al colegio y quien de alguna manera trataba de suplir el papel de su hermana. Con resignación, miraba los rostros de todos los que habían tratado de hacer su rol de padre. Cuando su hijo necesitó de él, estaba ocupado, cerrando un negocio o volando a alguna playa caribeña, con una de sus conquistas. Para Hector, la solución a los problemas estaba en tomar su lapicero y firmar un cheque. En ello incluía el tema de la familia como parte del negocio.

El padre de Hector se abrazaba con su madre. En su ancianidad, ellos sufrían más de la cuenta. Fueron los que vieron como crecía el imperio económico y como se destruía la vida de su nieto. Las malas amistades, el libertinaje y la ausencia de la figura paterna, fueron creando un chico rebelde e insolente, un joven insensible que sentía arcadas, cada vez que miraba como su madre arruinaba su vida, víctima de la depresión. El tiempo y la dedicación que necesitó, lo encontró en las drogas y nadie pudo hacer nada por impedirlo.

La imagen de aquel joven que Hector vio temprano, tan lleno de vida y que se parecía tanto a su hijo lo hizo quebrarse. Por un momento, se acordó de Gustavo Cerati y aquella vez que fueron juntos al concierto en San Marcos. La nostalgia, le fue haciendo un hoyo en el pecho y alcanzó a brotar un sollozo que desbordó su fortaleza. Dejó caer su humanidad y recostó su cabeza. Su celular vibraba y no atinaba a contestar. Cerraba los ojos con fuerza y los abría mirando el techo con rabia e impotencia. Sintió una mano que tomó su cabeza y la levantaba del letargo. Era Carlos, su amigo eterno, el doctor que no podía hacer nada por devolverle a su hijo.

-¿Que pasó hermano? ¿Qué hice mal?- Atinó a preguntarle Hector con resignación en sus ojos
-Dímelo tú amigo, de pronto la pregunta sea, qué no hiciste bien
-Yo le di todo lo que necesitaba, lo puse en buen colegio, lo cuidaba, confiaba en él
-La primera vez que vino aquí, te dije que si no hacías algo, tu hijo podría empeorar
-Pero tú sabes, los negocios, no me dejaban tiempo, soy un hombre demasiado ocupado, cumplí con darle un psicólogo, lo estaba ayudando
-Creo que tu hijo, necesitaba un padre y no una chequera Hector, piensa y razona, de todas las cosas que le diste que crees que le hizo falta, analiza.

Hector se quedó en silencio unos segundos. Carlos lo tomó del hombro y le dijo, que no le responda, que él solo encontraría la respuesta y se fue de su lado. Hector miró a su alrededor, con incapacidad de reacción sentía que ni con todo el dinero que tenía, podía revertir una situación por demás complicada y dolorosa. En silencio comprendió que lo que nunca tuvo para su hijo fue tiempo. Aquel que no tiene precio y que no puede comprarlo ni con la fortuna más grande del mundo y menos aún lograr que retrocediera para corregir sus errores.

El tiempo, es lo que hoy más nos hace falta a los padres. Vivimos postergando las cosas e intentando cubrir esa carencia en nuestros hijos, complaciendo sus requerimientos mínimos, a veces sin merecerlo. Nos cuesta aceptar, que podemos estar siendo demasiado permisivos o sencillamente trabajamos tanto, que no nos queda tiempo para reparar siquiera, que es una mera forma de limpiar nuestras conciencias. Quien sabe y nuestra mayor preocupación sea uno mismo y ese tiempo que nos hace falta, lo utilizamos para remendar nuestras propias vidas.

El mundo globalizado que nos gobierna, ha logrado que la tecnología nos quite el papel de formadores de nuestros hijos. Ellos ya lo saben todo y lo que no, simplemente lo buscan en internet. De alguna manera, a nosotros los padres, nos cuesta hacer conocer a nuestros hijos las carencias, por ello se acostumbran a la cultura del desperdicio. Tienen todo a la mano sin que les cueste esfuerzo y sin darnos cuenta, los vamos convirtiendo en habitantes de una pensión, con sirviente incluido, que después intentamos que funcione como hogar. Y si los padres hacen falta en casa, ese vacío, muchas veces se ha llenado con cosas materiales y no con lo más valioso que requieren los hijos: El tiempo. Por ello, hoy más que nunca, como padres tenemos la obligación de darles tiempo, no el cualitativo, sino el cuantitativo, que es el más valioso y necesario. Porque los padres sin tiempo, originan hijos sin padres.











martes, 8 de marzo de 2011

Un rock de pura sangre

Siempre sentí la música, como un bálsamo que alivia el espíritu y apacigua el alma. No tiene tiempo, edad, nombre propio, ni lugar de residencia. Vive prendida en uno mismo y porque una melodía, resultó muchas veces, un cántico de complacencia para nuestro ya cansado corazón. Pero al rock, lo sentí como un arrebato a la cadencia propia de sentir la música. Quizás, porque sea una forma de expresión diferente y apasionada o porque en sus distintos matices, es como un rio de excitación, que corre por las propias venas y subyuga nuestra serenidad, haciéndola vibrar desenfadadamente, en un ritmo de frenesí, que perdura para siempre en cada una de nuestras emociones.

Mi oído es amigo de cualquier tonada y nunca le importó si esta era añeja o contemporánea. Tampoco, si tenía un tinte romántico o frenético. Digamos que, mi oído musical es concubino de todo tipo de melodías y aunque aprendió con el tiempo a ser selectivo, nunca dejó de ser un compinche del rock clásico. Cuando uno es joven, elige y acoge su gusto musical, pero cuando se es padre, ese gusto se comparte, se dispersa y se hace compatible con la paciencia. Al principio, somos dueños de nuestro gusto, lo hacemos prevalecer, pero con el tiempo, conforme nuestros hijos crecen, uno se ve obligado a tener que acompañarlos, aunque ello signifique que sus gustos, a pesar de no ser compatibles con nuestros oídos, deben serlo con nuestro raciocinio.

Nunca pude ocultar mi gusto musical con mis hijos, ni hacerme el desentendido. Mientras yo buscaba escuchar a KISS, AC/DC, Rolling Stones o Queen, ellos vapuleaban mi deleite impugnando mi desactualizado repertorio. En el auto había una lucha desigual. Por un lado estaba yo, intentando escuchar mi rock y ellos queriendo imponer su devoción coaccionada por el “Regaetton”, que era una forma de estar más en sintonía con sus amigos del colegio, que algún gusto o afinidad musical. Siempre terminaban ganando ellos y yo, me fui haciendo cómplice de ese frenesí, más por verlos felices que por vocación propia. Ellos fueron descubriendo los temas y las bandas rockeras de mi predilección y yo, terminé tarareando más de una vez, algún pegajoso tema “Regaettonero”.

El cambio surgió cuando mis hijos conocieron la música de GREEN DAY. Fue una forma de despercudir ese alineamiento amical, propio de su edad. Descubrieron nuevos ritmos y sonidos, otros grupos de rock, otras coincidencias, que fueron cambiando su gusto musical. En casa empezaba a existir alguna sintonía de aficiones y de beneficio mutuo. Ellos interesándose por la música y yo tratando de sacarlos un poco del vicio del Messenger y Play Statión. El primer reto llegó cuando traje una guitarra a casa y les dije que les compraría una eléctrica, si aprendían a tocarla. Lo que creí sería un hobbie pasajero, se hizo una obsesión. Franco –mi hijo mayor- aprendió a tocarla muy rápido, tan solo mirando Youtube. Sergio, el menor, solo seguía el ritmo sin animarse a ser constante. El punto de quiebre fue aquella inolvidable noche en que los tres asistimos al concierto de GREEN DAY. Desde aquel día, ambos fueron puliendo su gusto, de una manera obsesiva y perfeccionista, al punto que cuando la guitarra eléctrica llegó a sus manos, Franco ya sacaba tonadas y hasta se animaba a cantarlas. Ello era una satisfacción para mí, pero una tortura para su madre -también los vecinos- al no soportar los ruidos que hacía a toda hora.

Estas vacaciones, mis hijos, llevaron un taller de rock en MUSIKAP, una empresa que apuesta por un nuevo concepto para aprender música, haciendo música, pero dentro de un estudio de grabación. Una forma de exploración musical, tocando algún instrumento y despertando ese talento escondido. Allí encontraron a Francisco y Mauro, dos talentosos chicos, que ya tocaban la guitarra y el piano respectivamente. Franco, tocaba bien la guitarra, pero Sergio, que aún no se definía, se vio obligado hacer un poco de percusión. Debían ensayar cinco temas de su predilección para exponerlos al final del taller. Fueron 8 viernes de sesiones en las cuales ellos, casi sin quererlo -ni saberlo siquiera- estaban frente a su primera banda de rock. El último ensayo, quedé sorprendido, al ver lo afinados que sonaban, el buen oído musical que tienen y los buenos músicos que proyectan ser en el futuro. Aquella tarde, quedé gratamente impresionado, pero también muy feliz, porque descubrí que mi Sergio, tenía guardado dentro de sí mismo, que lo suyo era la batería.

El día de la presentación fue este sábado 5 de marzo en el JazzZone. Estuvimos los que teníamos que estar y fue inolvidable. Los chicos demostraron su talento y en cada tema, nosotros sentimos que nuestra turbación, era tan grande como nuestro orgullo. Los chicos se entregaron totalmente y los padres, dispersaron sus emociones. El mayor mérito es que ellos solos, desarrollaron los acordes y arreglos de los temas elegidos y que practicaron con mucha dedicación. Sergio, muy serio, fue el alma de la banda y su madre no cabía en su complacencia, al igual que Francisco y Mauro, que estuvieron estupendos. Todos son bisoños aún, pero tienen madera para llegar lejos. Cuando Franco, interpretó el “Wake me Up When September Ends” (Green Day) con una dedicatoria especial, hizo que mi emoción se quebrara y algunas lágrimas recorrieran mi rostro sudoroso de nerviosismo. Al final el “Smells Like Teen Spirit” (Nirvana), en la interpretación de Francisco, cerró con broche de oro una mañana musical, llena de rock y sensaciones dispersas, pero tan intensas, como el amor por nuestros hijos.

Resulta placentero escuchar una melodía que llena nuestra inquietud y nos anima a soltar esa voz imaginaria que acompaña aquella tonada rockera, que nos trae un recuerdo o esa canción romántica que se llevó una hoja del calendario. Pero que diferente y gratificante resulta, cuando quien logra ejecutarla es un ser que lleva tu propia sangre. Es algo indescriptible, una emoción tan intensa como extraña, que te perfora los sentidos y te hace preso de una emoción, por demás incontrolable.

Yo no sé mañana, pero hoy día tengo el orgullo que me hierve y me corre por las venas. Mis hijos nos han regalado su talento y su madre y yo sentimos que los amamos más que a nada en el mundo. Gracias Dios, por tanta dicha y emoción juntas, por la música, por estos momentos que jamás olvidaremos y por este rock, que llevo en la piel y que mis fieras -como yo les digo- me han hecho sentir, de pura sangre.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Los mejores deseos 2011

En el epílogo de este 2010, fluyen con naturalidad los deseos de prosperidad por doquier y se van haciendo cuantitativos en el balance de nuestros afectos, pero también se vuelven predecibles como equivalentes y sin querer, terminan saturando lo que queda de nuestra rutina laboral o se añade a la cansada agenda de saludos y despedidas propias de fin de año.

Quizás, sea la hora de recostar la cabeza en la nostalgia, cerrar los ojos un instante y recorrer imaginariamente los momentos vividos en este año que ya nos deja. En esas imágenes, surgirán los rostros de quienes más amamos, de quienes más recordamos y de quienes más extrañamos. Hay una mezcla de sentimientos encontrados, en esos rostros de sonrisa alegre, bonachona y de satisfacción, pero también en aquellos de tristeza, de melancolía y tribulación. Transcurrirán imágenes de momentos vividos a plenitud, de complacencias encontradas y de sinsabores inoportunos. De gratos momentos y felices desenlaces, pero también de amargas circunstancias q nos han dejado alguna que otra contradicción. Todo se va haciendo una película vivencial y en ella el corazón, se mece con atrevido desdén entre el regocijo indulgente y la intranquilidad desmedida.

Y es que la vida, está hecha de momentos y la felicidad total no existe. Solo existen momentos felices y de los otros. Será por ello que sea tan importante vivir intensamente, para que cuando hagamos el recuento final, en la balanza de nuestra existencia, siempre existan más momentos placenteros, que aquellos que sean de ingrata recordación.

En estas horas que le quedan a este año, hay un cachito de tiempo, para mirar al cielo y agradecerle al barbas, por todos esos momentos que nos ha permitido vivir. De los buenos, esos que nos han llenado de gozo y bienestar, pero también de aquellos ingratos, que nos ha mellado el alma, pero nos han servido de lección. Agradecer por nuestra familia, nuestros amigos y compañeros con quienes compartimos tantas cosas juntas y también por toda esa gente de corazón triste, al que un año es igual que otro y que cada día aprende a sobrevivir de diferente manera.

Mis mejores deseos, no tienen que ver solo con el 2011, sino para toda la vida.

La AMISTAD, es como una plantita a la que se debe regar cada día con alegría, abonar con sinceridad y jamás dejarla a su suerte en el desierto del olvido.
El TRABAJO, es una bendición y significa la armonía y el equilibrio de la vida, pero no olvidar que, hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar, pues la gente que trabaja demasiado, no tiene tiempo para ganar dinero.
El ÉXITO, no es el dinero, ni la fama, sino hacer bien lo que nos gusta y sentirnos bien con nosotros mismos, porque el éxito es fácil de obtener, pero muy difícil de merecerlo.

Que Dios bendiga sus hogares y alimente sus corazones de esperanza para que logren la prosperidad. En el año venidero y por toda la vida, tratemos de ser, un poco más felices cada día, viviendo cada instante a plenitud.

FELIZ AÑO 2011!!!!

miércoles, 27 de octubre de 2010

Una noche verde inolvidable

Esta noche en el concierto de GREEN DAY, he descubierto que cuando se tiene la música pegada a la piel y por las venas corre esa sangre de color púrpura que alimenta al artista, el género que escuchas, el de tu predilección o la banda que te hace perder los sentidos, solo es una cuestión de gustos y colores, porque quien manda verdaderamente en tus sentimientos es tu propia pasión por la música. Pero el rock es distinto, como dice Calamaro, es un género abierto, es libertad, es curiosidad, hace 50 años se nutre de muchas influencias y cualquiera que le busque alguna definición exacta, terminaría convirtiéndose en una especie de payaso. Y es que el rock en todos sus matices tiene exponentes, cada cual para cada complacencia o apasionamiento, pero la única manera de sentir a un artista, no es a través de un disco o un video, sino en un escenario, allí al lado de un parlante que acelere tus sentidos y haga explotar tu corazón.

Cuanto hubiera dado yo, porque a los 12 o 14 años, hubiera tenido la fortuna de asistir a un concierto de mi banda favorita y en unas horas de éxtasis extremo, poder desatar todas esas fantasías juveniles encubiertas y adormitadas, desfogando la adrenalina a puro pulmón, desgañitando la garganta y sintiendo en un mar de gente la efervescencia que produce el sonido de las guitarras y esa sensación extrema, cuando hierve tu sangre al escuchar tu tema preferido. Ese es un privilegio que nunca tuve y ha tenido que ser Dios bendito, quien me ha regalado la dicha de ver y sentir a mi propia sangre, disfrutando deslumbrados de algo que esperaron con impaciencia, pero que al final ha sido tan gratificante para ellos y muy especial para mí.

Esta noche, he descubierto que amo a mis hijos -mis fieras como les digo- más que a nada en el mundo y este sueño suyo de ver a su banda preferida, más que un gasto superfluo, ha sido una inversión con creces. Sus rostros de ansiedad por estar lo más cerca de Billie Joe, la inmensa felicidad en el pecho, cuando su paciencia se agotaba y los acordes del “21st Century Breakdown los hizo revolotear de alegría. Sentir el palpitar del corazón de mi fiera menor que estaba embelesado y le parecía increíble estar tan cerca de sus ídolos, los instantes en que mi fiera mayor estaba abrazado y saltando con chicos y chicas, que ni conocía, el verlos saltar y corear las canciones hasta quedar afónicos, el aguante por las casi tres horas que ha durado el concieto, de verdad no tienen precio. Es lo más gratificante que he vivido hasta hoy, a ellos no les gusta el fútbol, pero me he sentido como estar en la final de un mundial, en primera fila y sintiendo la pasión a flor de piel.

Tantos momentos vividos, van a ser inolvidables, pero se me quedara en la retina el instante cumbre, cuando Billie Joe interpretó a pulso el “Wake Me Up When September Ends” con su guitarra acústica y vi llorar emocionado a mi fiera mayor. Me quebré un instante. Porque es el tema que él ha aprendido a tocar los acordes con su guitarra, porque es el tema que cantamos los tres en el auto y también porque era el epílogo a una noche inolvidable. No pude contenerme y solté alguna lágrima traviesa, de alegría por estar juntos, por estar felices y por sentir la música, con esa misma pasión con que los amo con devoción. Aquel abrazo de los tres al final del concierto, frente al escenario, fue intenso y auténtico como nuestra propia existencia.

El camino a casa fue pesado, el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos, las horas y la caminata al estadio nos han dejado extenuados y la madrugada nos ha visto arropar nuestro agotamiento. Antes de dormir les di un beso y ellos me dieron las gracias por haberlos llevado al concierto. Yo solo les dije en silencio, gracias a ustedes mis fieras, por existir y hacerme tan feliz de tenerlos cerca y compartir estos momentos que los vamos a recordar para toda la vida.

sábado, 19 de junio de 2010

En el nombre del Padre

Anoche antes de acostarme, alguna fuerza extraña me hizo levantar y caminar al cuarto de mis fieras. Primero fui al de Franco. Después de sortear los pares de zapatillas regados por el suelo, recorrí con la mirada su cuerpo cuan largo él, tendido en la cama y su rostro juvenil que le dan sus primorosos 14 años. Me acordaba cuando era pequeño y me gustaba verlo dormir, escuchar cuando respiraba y las veces que se quedó en mi pecho, adormitados los dos y respirando el mismo aliento. Me quedé mirándolo y me vino un suspiro largo. Como se ha pasado el tiempo. Hoy ya hablamos de temas de enamoramiento juvenil y problemas de adolescentes y los años que se me han venido encima, han alimentado su personalidad y su forma de ir haciéndose hombre. Como ha crecido mi muchacho, ya ha dejado de ser el pequeño que podías corregirlo y lograr que te haga caso y hoy, debo tener una lucha diaria y constante para “negociar” sus arrebatos y sobrellevar esa forma loca que tienen los jóvenes de hoy, para buscar resolver sus problemas a su manera. Le di un beso en la frente que él ni siquiera se dio cuenta -Que duermas bien mi fiera- atiné a decirle bajito para no despertarlo de su sueño profundo, -chau papá me respondió- medio aletargado. Solo sonreí y salí de su cuarto en silencio.

Me acerqué a la habitación de Sergio, mi hijo menor. Dormía plácidamente y me senté a su lado para verle esa carita de niño travieso, que aún no termina de abandonar. A sus 12 años está pasando sus tiempos de rebeldía y esos actos irreverentes propios de los segundos hijos, aquellos que no tuvieron la dedicación extrema de los primeros y los que andan buscando imitar al hermano mayor y en ello uno como padre, tiene otro tipo de lucha constante. Me quedé mirándolo y recordaba esos tiempos lejanos cuando le gustaba jugar fútbol conmigo, quizás porque era más pequeño, o quien sabe porque no tenía esa loca idea que hoy lo acompaña, de ser un cantante famoso, tener su grupo de rock y vivir en California. Lo abracé despacio y le di un beso en su mejilla, que él respondió con una sonrisa adormitada. Salí despacio respirando hondo y complacido.

Me arrodillé al pié de mi cama y le di gracias a Dios. Por haberme bendecido con esa dicha tan hermosa de ser padre. Por darme el aliento de vida y esta complacencia de tener a mis fieras, creciendo cada día más apresurado que ayer, pero orgulloso de sentir que puedo acompañarlos en esta divina responsabilidad que me ha encomendado y que trato de aprender, cada día con todas sus noches.

Y hoy temprano quise hablar con Dios. Porque es un día muy especial. Recordaba, ese día en que bajó su mano del cielo para llevarse a mi viejo, quien tomó la valija de sus vivencias y se marchó a la eternidad, sin avisarme siquiera. Ya se han pasado cuatro años, desde aquel infausto domingo -Día del Padre- en que mientras muchos celebraban y compartían con sus hijos, yo estaba en el camposanto, abrazado a su féretro y brindándole su último adiós. Le pedí a Dios que cuidara de mi viejo, porque no alcancé a decirle lo mucho que lo extrañaría, porque fue una partida a un viaje, solo con boleto de ida. Porque fue un adiós, sin ninguna despedida.

El tiempo, viejo sabio de nuestras vivencias, ha ido apaciguando a la nostalgia y hoy me encuentra en un nuevo Día del Padre, con más años y vivencias distintas, quizás con menos paciencia, pero con mucha más experiencia.

Este domingo, me acordaré de mi viejo y viviré con mis hijos un momento especial, y en silencio voy a pedirle a Dios, que bendiga a mi familia, pero también voy a pedirle por mis buenos amigos, aquellos que comparten esta bendición divina y la dicha tan especial, de ser Padres.

Deseo que tengan un día muy especial, en el nombre del PADRE.






viernes, 18 de junio de 2010

El sueño mas grande de Papá

El hombre dejó caer su cuerpo sobre el sofá verde olivo de su sala. Su rostro tenía un semblante de impotencia y frustración. Recostó su cabeza y se quedó confuso, desamparado de ánimo y con la mirada perdida en el techo. Tomó de la mesa, el retrato de su hijo Edwin, donde aparecía cuando recién había cumplido tres años y estaba pisando un balón de fútbol. Era la imagen que acompañaba sus tardes de fútbol por la TV y que solía contemplar con ternura y devoción, compartiendo con su esposa y reparando en lo demasiado rápido que se había pasado el tiempo y hoy, aquel chiquilín, ya se estaba haciendo hombre. Abrazó el retrato contra su pecho y al contemplarlo fijamente, le pasaron por su memoria muchos recuerdos, vivencias compartidas que lo hicieron estremecer. No se dio cuenta, que el vidrio se había empezado a empañar con sus lágrimas.

-Papá, ya no quiero ir a entrenar, no quiero seguir en el fútbol-
-Pero hijo, piénsalo, es por tu bien. Tú tienes condiciones, no desperdicies la oportunidad que tienes-
-Entiende Papá, ya no quiero seguir en eso, ya estoy aburrido-
-¿Qué prefieres? ¿Estar con tus amigos y tu enamorada?.. ¿Es eso lo que quieres Edwin?
-Tú no entiendes papá, no preguntes tanto, déjame hacer mi vida-
-Pero hijo, no me rompas la ilusión, todo nuestro esfuerzo se va al agua, tu puedes ser un buen futbolista, ese es mi gran sueño-
-Ese debe ser el tuyo pues Papá, pero no el mío-

Aquel portazo que dio al salir, sonó a un signo de interrogación. Aquellas palabras fueron como cuchillos que le cortaron el corazón en pedacitos y le golpeaban en la cabeza como un tambor. Se puso de pié y miró por la ventana. Afuera estaba Edwin, que departía plácidamente con sus amigos. Lo veía bromear y parecía indiferente, pero no dejaba de echar un vistazo a la casa. Se encontró con su mirada y se sintió descubierto. Al verlo retozar, se reconocía a sí mismo. Recordaba cuando joven, se amanecía con sus amigos jugando en la calle y la pelota era su compañera inseparable. Quería llegar a ser un futbolista famoso y aquello se le había hecho una obsesión desde pequeño. Conforme fue creciendo, prosperó también su ilusión y cuando ya era jovenzuelo, su sueño más grande tenía forma de balón. Su padre le cortó las alas, al obligarlo a trabajar tempranamente, pensando que era mejor, que el muchacho, busque su futuro, en otra cosa más oficiosa. El destino le pintó la cara un día de abril, cuando Susana -la que hoy es su esposa- le dijo que estaba embarazada y decidieron tener a su primer hijo. Eran demasiado jóvenes aún, pero optaron por darle la mano a la responsabilidad y abrazar la decisión de hacer una nueva vida juntos. Esta vez el fútbol ya no tenía sitio para soñar y solo se convertía en una parte complementaria de sus vidas.

El padre, le puso su mismo nombre a su hijo, como una cándida forma de verse reflejado en él. En el fondo, sentía que era la otra oportunidad que le daba la vida, para sacarse el clavo, para cerrar la brecha que el destino le abrió un día, cuando su sueño estaba vivo y se desvaneció, sin dejarle ninguna respuesta. El pequeño Edwin, conoció las academias de fútbol desde los 5 años. El padre dejo de lado las cosas significativas y apartó las fechas importantes, invirtiendo todo lo que tenía, en tiempo, dinero y paciencia, para que su niño, aprendiera los fundamentos básicos.
Ello tomó fuerza un día, que el mismo Percy Rojas, le dio su recomendación. –Cuida a tu zurdito- le dijo el “Trucha” convencido y le auguró que tenía las condiciones para darle muchas satisfacciones en el futuro. Ello hizo que su orgullo de padre, le inflara el pecho y creciera su obstinación por apurar el tiempo.
Aun cuando las carencias económicas que tenían en casa, lo obligaron a cambiar de escenario, a uno que se ajustara a sus posibilidades, la rutina no decayó y cada día, el pequeño Edwin fue creciendo, aprendiendo y haciendo feliz a su padre, quien se sentía reconfortado con esta realidad, que de alguna manera, apaciguaba, esa sed de revancha que llevaba dentro.

-Hermano, me siento mal, estoy destrozado… Edwin ha dejado el fútbol. He llorado mucho y con su mamá no sabemos qué hacer para hacerlo reflexionar.
-Tranquilo fiera –le respondí confiado- me parece que lo estás presionando demasiado, le estás trasladando tus temores y tu obsesión. Recuerda que no siempre, los sueños de los padres, tienen que ser iguales a los de los hijos-
-Sí, pero tú sabes cuanta dedicación le he puesto y ahora veo que todo se me va al tacho, no entiende que está desperdiciando su oportunidad.
-Los chicos pasan etapas hermano, tranquilo, mírame a mí, también quise ser futbolista, pero el destino puso otras cosas en el camino y eso no quiere decir que tengo que “obligar” a mis hijos a que cumplan ese anhelo truncado.
-Pero me duele y mucho. Sus profes dicen que tiene condiciones, estaba yendo bien, pero ya no quiere seguir, prefiere los amigos, más tiempo con su enamorada, estamos distanciados y… me siento tan triste y desmoralizado…
-Tranquilo hermano, no olvides que tu y yo también tuvimos 16 años, deja que se tome su tiempo, que respire un poco, deja de hacerlo sentir que lo tuyo es tan importante.
-Se me hace tan difícil hermano, pero por favor, tú que has pasado por eso y tienes experiencia, quisiera que hables con él.
-Quizás lo que te aqueja, es que él no pueda cumplir tu sueño, que de pronto no le pertenezca, eso te está creando ansiedad, ten paciencia y descuida, hablaré con él, no te preocupes.

El Padre, buscaba apoyo en su entorno y la recomendación era la misma. Su depresión lo hacía sentirse dentro de una pesadilla, un mal sueño del cual quería despertar pronto. Empezó por hacer que la convivencia sea natural. Edwin en sus cosas, con los amigos y descubriendo las cosas triviales del amor adolescente y él, tratando de hacer cosas deferentes, para evitar presionarlo. Susana, su esposa, trataba de tranquilizarlo. –Hazle caso a tus amigos, deja de estar tenso, seguro que se le va a pasar la calentura- le decía, tratando de mermar esa carga emocional que le estaba haciendo daño. Había un trato amable entre ellos, pero no lograba encender la vela de la confianza. Algo se había soltado, habían cabos sueltos y debía ser él mismo, quien busque un acercamiento para dejar de hacerlo sentir culpable.

-Susy, ya regresooooo.. Me voy al estadioooo- Alzaba la voz a propósito, Edwin, el padre.
-Pero Papá, porqué te vas solo, el sábado también te fuiste a pescar y no me llevaste como lo hacíamos antes
-Tú mismo me dijiste que ya no te importaba el fútbol, que tienes otras “ocupaciones”. No te sientas mal hijo, pero creo que exageré demasiado con eso y te pido perdón por presionarte. Me he dado cuenta que si no es lo tuyo, no te puedo obligar, he sido muy egoísta, me duele mucho, pero ya eres grande y respeto tu decisión. Por favor, temprano en la casa y un ojo a tus hermanas.
-Pero papá, a mi si me gusta el fútbol… solo que…
-Tranquilo hijo, las cosas que hacíamos antes, seguro que ya pasaron, ahora para ti, son más importantes tus amigos, tu enamorada, tus estudios. Es tu momento, has crecido demasiado rápido y no me daba cuenta. Perdóname hijo.
-No es eso Papá, solo que no sé como explicártelo-
-Tranquilo, no me expliques nada, solo dame un abrazo.

La relación entre padre e hijo, se hizo más cordial y hasta más cercana. Edwin era más cariñoso con su madre y sus hermanas, pero siempre había un motivo en ellos, para buscar alguna forma de motivación. Cada día que pasaba, el padre alimentaba con ansias a su voluntad. Compraba revistas y se sentaba a mirar el fútbol en la TV junto a él y no podía dejar de soñar despierto. En cada jugada y en cada celebración de un gol, veía a los jugadores reflejando el rostro de su hijo, pero masticaba su ansiedad y callaba, sin decirle nada. Darle tiempo al tiempo y dejar que todo caiga por su propio peso, era el consejo de los amigos, pero, aunque trataba, sentía que ese tiempo, se pasaba demasiado aprisa y por momentos, se sentía egoísta, porque pensaba que la oportunidad, se le estaba escapando de las manos, mas era consciente, que le afectaba más a él mismo, que a su propio hijo.

-Hermano tengo que darte una buena noticia… Edwin ha vuelto al fútbol. ¡Estoy feliz!
-Que bueno, era cuestión de tiempo ¿viste?
-Salió de él solo, me dijo un día, quiero regresar y ahora está como loquito dándole y dándole, lo mejor de todo es que ha regresado con seriedad y eso nos ha llenado de felicidad a todos en la casa.
-Es que está creciendo hermano, tranquilo, oriéntalo y hazle entender que el fútbol es corto y que puede ser fácil llegar, lo difícil es mantenerse, que no descuide los estudios y lo demás cae de maduro, ten fe y mucha paciencia-
-Gracias hermano, tú me ayudaste mucho, eres un buen amigo de verdad
-No fiera, yo no hice nada, solo le conté mi experiencia cuando tenía su edad y nada más, lo otro ha llegado solo, porque tu chico sabe escuchar, pero es joven y atolondrado como los chicos de hoy.
-Estoy muy feliz hermano, es como si Edwin se hubiera ido lejos y ahora ha regresado como el hijo pródigo.

Mi amigo -el padre- está feliz. Su esposa le dice que sus ojos, han vuelto a tener ese brillo de siempre y que se perdieron un día. Aunque, acepta que ahora le presta más atención a Edwin, cuando le cuenta lo que pasó en los entrenamientos, que a ella, cuando le cuenta lo que sucedió en casa. El quiere ser menos espontáneo, pero la alegría se le sale por los poros. Recién ha comprendido, que su sueño, se había hecho una alucinación, que estaba marcando una obstinada obligación para con su hijo. Ahora que el chico tiene su propio sueño, le ha llegado la oportunidad de apoyarlo, pero sabe que solo el tiempo, será el juez supremo que dictará sentencia, para hacerlo real, pero por cuenta propia.

Dicen que los grandes logros, nacen de un gran sueño y que solo necesitan esfuerzo para hacerlos realidad. Pero a veces los sueños que tenemos los padres, para con nuestros hijos, no son otra cosa que la revancha que nos brinda la vida, para remendar nuestro propio pasado inconcluso. Y en ese afán, a veces nos dejamos llevar por el torbellino del orgullo ilusorio, volviéndonos padres soñadores y guardianes de su futuro, queriendo siempre, decidir por ellos y ocupándonos más en reforzar sus debilidades, que en fortalecer sus talentos. Nos volvemos en padres sobre protectores, que nos dedicamos a curarles las heridas y no a enseñarles como saltar los obstáculos. Pero, también es cierto, que por más imposible que parezca, vale la pena tener un sueño y luchar porque se haga realidad, aunque al final, sean nuestros hijos quienes lo alcancen por nosotros.

Quizás mi amigo nunca se entere, que cuando hable con su hijo, al abrazarlo, lo sentí como si fuera el mío propio y solo le dije que ahora haga lo que el corazón le diga, pero que no desaproveche una oportunidad, que se pueda arrepentir toda una vida.
Nunca le dije, que su padre me confesó, que su sueño más grande, es verlo con la camiseta de la selección peruana, celebrando después de un gol “PARA TI MI VIEJO” y que si el destino marcara que ya no esté en la tierra, quisiera que levante su mirada y sus manos al cielo para gritarlo con todas sus fuerzas. De seguro que ese día, su padre, haría llover de tanto llorar de felicidad, porque desde donde se encuentre, por fin, habrá visto realizado su más grande sueño.