viernes, 17 de abril de 2009

KISS La noche mas caliente del planeta

Hay ocasiones en que los recuerdos, se vuelven al presente de una manera tan real, que pareciera insignificante el tiempo que haya transcurrido, las huellas que se han dejado atrás y a veces hasta la misma realidad que uno pueda estar viviendo. Hay ocasiones en que uno solo atina a cerrar los ojos y dejar que el volumen suba al máximo, para dejarse envolver por ese sonido que viene desde el infinito y logra estremecer el alma y acelerar el corazón a la velocidad máxima.

Cuantos años, días y horas esperamos esta noche. Cuantas noches tuvieron que pasar para esperar que llegara la que era especial, la que recordaríamos siempre, la que nos deje un recuerdo imborrable y se quede tatuado para siempre en nuestros corazones. Desde que el sol rayaba en la mañana, había una extraña sensación, como si presintiéramos que algo bueno ocurriría. Cuando llegó la hora, dejamos atrás nuestras obligaciones, nuestras preocupaciones y marchamos en busca de la euforia y el embeleso. Era la hora de darle encuentro a los buenos amigos, aquellos de nuestro mismo lazo sanguíneo, esos locos divertidos que sienten corriendo por sus venas rios interminables de sangre pintada de rock and roll. Era la hora de ponernos el maquillaje y darle encuentro a esos amigos entrañables, que cada día se inventan una buena excusa para ser cada vez mas felices.


Que importa si existen otros gustos musicales o exista algún tipo de comparación. Que importa si somos jóvenes o viejos, o talvéz queramos asemejarnos con algún personaje en extinción. Que importa si ayer fue Maiden, Gabriel o Waters, o si mañana es B52's, AC/DC o Rooling Stones y tampoco me importa si estaré con vida. Esta era la noche de KISS, nuestra noche, la que esperábamos con ansias locas que ese bendito telón negro se viniera abajo y dejara ver a Gene Simmons y su hacha diabólica, transformada en bajo armónico, emergiendo de las tinieblas para blandear su lengua como serpiente letal, arrojar fuego como dragón tenebroso y salivar sangre como vampiro endemoniado. Brindarnos un comienzo de un Deuce que se sintió mas bello e impactante que nunca y hacernos saltar hasta el cielo con el Rock’n roll all nite. Dejar que el glamur y la voz, aunque cansada, aún vigente, de Paul Stanley, nos conquiste los sentidos, para hacernos vibrar y sucumbir al frenético Lick It Up y fulminarnos con ese Detroit Rock City final. Abrir los oídos al máximo para sentir retumbar los tímpanos con esos redobles de la maravillosa batería de Eric Singer y dejarnos envolver por esos acordes inmortales del sonido estremecedor, interplanetario y mágico de Tommy Thayer que nos rasgaba las entrañas.

Aun me resulta imposible, dejar de agitarme, al recordar los momentos vividos, en una noche ardiente, aún hoy la brasa sigue ardiendo, el fuego no se consume, sigue encendida la pasión y en cada foto, en cada video que repaso, la nostalgia aún no se hace espacio, porque aún no se hace recuerdo lo vivido, aún está vivo y queda tiempo para seguir recordando este maravilloso concierto.

Cuantas noches tuvieron que pasar, para que llegara esta noche inolvidable. Cuantos años dejamos en el camino de nuestras vidas y cuantas horas esperamos para disfrutar una noche hasta el éxtasis. Cuanto tiempo pasó y cuanto tiempo pasará, para que podamos volver a tener una nueva oportunidad de compartir con los buenos amigos, de una noche como esta. La noche mas caliente del planeta.

(Este es un video que pude filmar en esa noche inolvidable)


miércoles, 3 de diciembre de 2008

Diario de una ausencia

El ómnibus está a punto de partir y por la ventana, mi hijo Franco me alza la mano. Respondo su saludo, encubriendo una rara punzada que me oprime el pecho. Me siento extraño en este terminal de buses, con olor a despedida, con gente de rostro noble, que apura sus equipajes para subirse a sus despreocupados destinos. La tarde gris de este domingo se va desvaneciendo en este adiós inesperado, que representa, el punto de quiebre entre el sentimiento y la tolerancia a los avatares de la vida misma.

Huancavelica, una ciudad con olor a mineral y el cielo gris matizado de su gente afable, tiene aún marcado en su suelo, el sello de la pobreza extrema. El colegio de mis hijos, realiza un intercambio de estudios en ese lugar. Allí, en un seminario religioso, un grupo de alumnos, convive por espacio de un mes con chicos de su edad, comparten sus estudios, sus vivencias y también sus carencias. Es allí, lejos de casa, donde se intenta cortar ese cordón umbilical, que nos cuesta tanto a los padres y que sin darnos cuenta, suele perjudicar la formación de su personalidad.

A sus 12 años, Franco va a vivir su primera experiencia valiosa. En ese lugar, estará supervisado, pero tendrá que aprender a valerse por si mismo, atrás ha dejado la comodidad de su cuarto, la TV a su antojo, sus amigos del colegio, el cuidado extremo de su madre y la seguridad de sentirse protegido. Ahora, deberá capear las dificultades que ocasionan el frió, la altura y la nostalgia. Asumirá responsabilidades mayores, sin más ayuda que sus propias habilidades, un tanto opacadas quizás, por nuestra cercanía y se espera logre valorar, todo lo que tiene en casa.

El ómnibus ha encendido el motor y va a emprender la marcha, subo una escalera para verlo partir y abajo se queda su madre que me mira con ternura, no está triste, pero siento que su angustia ya ha empezado a hacerse un sitio en su corazón. Yo, respiro tranquilo, abrazo a mi hijo menor Sergio, pero al sentir que sus bracitos se aferran más de la cuenta, trago saliva, acaricio sus cabellos y beso su frente. Sus abuelos y sus primas se despiden y el bus empieza a partir. Franco nos dice adiós y aunque mis ojos aún pueden verlo, ya lo he comenzado a extrañar.

Hoy amaneció diferente, no dormimos bien y mi esposa está llamando a Franco sin encontrar respuesta. Antes de irnos para el trabajo necesitamos saber que ha llegado bien. Es lunes, primer día de la semana y es el comienzo de su ausencia.

-Aló hijo ¿llegaron bien?- Dice mi esposa con la ansiedad reflejada en el rostro
-Si mamá ya estamos en el seminario, está haciendo mucho frió- Responde apurado
-Gracias a Dios, cuidate mucho hijo, te quiero mi vida, no olvides las recomendaciones, abrígate, toma tus vitaminas- dice ella abriéndome sus ojos negros.
-Ya mamá, ya sé- Responde incomodado Franco.
-Hijo tranquilo, te queremos y confiamos en ti- Le digo yo, para darle seguridad, pero tengo un nudo en la garganta, que trato de disimular aflojándome la corbata y esbozando una sonrisa endeble.

Hoy es el segundo día y Franco ha empezado a sentir los 3,800 mts. de altura de esa ciudad que nosotros visitamos este mismo año y conocimos el Seminario. Si bien es cierto, hay la comodidad necesaria, ese extraño temor a lo desconocido, nos acompaña y solo estamos confiados a que los chicos puedan adaptarse pronto.

Hoy es el tercer día, nos enteramos que todos han empezado a echar de menos a su familia. La rutina que tienen, los obliga a entrar a misa después de cada comida, luego hay un momento de reflexión. Es en este momento, que abrazados, han llorado arrepentidos por alguna mala conducta en casa. Han hecho un “pacto de honor” de no contarle a nadie de este episodio, quizás, cuidando su orgullo adolescente, pero en el fondo han empezado a aceptar, que aunque la distancia es una simple forma de estar lejos, se siente fuerte, cuando de a pocos, se van extrañando las cosas valiosas.

Hoy amaneció lloviendo, en esta Lima del clima impredecible. Hace cuatro noches que Franco no ha dormido en casa y su cuarto ha estado cerrado. Al entrar, he sentido muy marcada la añoranza. Cada mañana recibía su abrazo sosegado, a veces expresivo, esta vez, ese especial ruido que produce el silencio, lo he sentido en el corazón. Miré por la ventana a una paloma que se posó en la cornisa y me miraba como queriéndome preguntar su ausencia.
Sergio como cada mañana vino a saludarnos y lo noté melancólico. Extraña a su hermano, con quien solía compartir sus juegos, el colegio y hasta sus discrepancias infantiles.

-Papá, ¿algo raro pasa no?-
-Porque hijo, extrañas a tu hermano seguro ¿no?-
-Si, porque a esta hora estabas gritando: “Apura Franco, apura Sergio”, para ir al colegio- Me sonríe
-Si pues hijo hasta esas cosas se extrañan, pero esto nos va hacer bien a todos- le respondo abrazándolo fuerte.

La noche ha llegado junto a mi cansancio y ya es viernes, los días transcurren lentos y nos preocupa que Franco haya salido a una procesión junto a sus amigos al centro de la ciudad. Una ciudad que él no conoce. En la distancia esperamos que regrese pronto al Seminario. No logramos comunicarnos y los pensamientos revolotean perturbados. Cerca de la medianoche logramos hacer contacto y sabemos que está bien. Podemos dormir tranquilos.

El fin de semana nos encuentra en la mesa, con el desayuno del domingo. Siempre es él quien hace la oración a Dios, esta vez su hermano ocupa su lugar. Una lágrima traviesa, juguetea con mis pupilas, quizás solo sea el desfogue a varios días de inquietudes.

Por la tarde pudimos comunicarnos por el messenger.

Le escribo: Fiera, ¿tienes cámara ahí, para vernos?
Me responde: See (sic)
Le escribo ansioso: Entonces acepta la invitación para verte.
Me responde: no funKa no tien Kreo (sic).
(Me divierte como escribe, utilizando ese idioma extraño que usan los chicos modernos).
Le escribo: Ya bueno y ¿como has pasado esta semana?
Me escribe: el agua s heldasa (sic)
Me vuelve a escribir: Vi una granizada fue Brvzo XD (sic)
Me pregunta: kmo tna toos x aya (sic)
Le escribo: Bien hijo extrañándote mucho.
Le pregunto: ¿Nos puedes ver en la cámara?
Me responde: See XD (sic)
(Me parece raro que corte el enlace, después de varios intentos)
Le vuelvo a preguntar intrigado: ¿Por que no pones tu cámara para vernos?
(Hace un silencio y no contesta, inquieto, espero su respuesta)
Le pregunto: ¿Que pasó?
Me responde: s q me da pena (sic)

Asumo que el haber visto virtualmente a su madre, a su hermano y hasta a la “gusha” como llama a Reynita -nuestra chihuahua- le tocó las fibras de su aún endeble carácter, aunque no lo aceptó, estoy seguro que se le cayeron algunas lágrimas, igual que a mí, cuando nos despedimos.

Hoy es la segunda semana y ha salido un sol tibio, que se ha prolongado hasta la tarde. Franco acaba de terminar de jugar básquet, algo inusual en él, no muy apegado a los deportes, imagino que lo hace para aplacar el frío de Huancavelica, que cala los huesos y atormenta los oídos, también quizás para alejarse un poco de la realidad y calmar su intranquilidad.

Es Jueves y hemos salido a cenar, mientras mi esposa intenta hablar con él, la contemplo, le sonrío complaciente para calmarla. Ella se desespera al no entrar la llamada. Ha dejado de comer y su semblante es diferente. Franco está con tos y tiene heridas en los pies, eso la angustia. Trato de apaciguar su ánimo excitado, hablo con él y me dice que no sabe que tomar, le digo que le pida ayuda al Padre si se siente mal. Me dice que ya es tarde y que lo hará mañana, que está bien. Ella me mira suplicante y me dice que hay que hacer algo. Le digo que se calme, que es complicado desde tan lejos. Esa noche ella no ha comido nada y no ha conciliado el sueño. A su lado he fingido dormir, mas, mi pensamiento ha viajado muy lejos y la mañana me ha devuelto –nuevamente- unas ojeras muy pronunciadas.

Casi sin darnos cuenta ya han pasado casi veinte días. Ayer, cuando algunos de sus amigos del colegio me preguntaron por él, y me pidieron que lo salude y que le diga que lo extrañan, me dio una sensación de reconfortante orgullo, pero al mismo tiempo me hizo extrañarlo, mas de la cuenta.

Hoy sábado pudimos “chatear” con Franco y esta vez si pudimos vernos por la cámara.

Le escribo: Estamos muy orgullosos de ti hijo, eres muy valiente, te queremos
Me escribe: yo tb los Kiero (sic)
(Lo notamos diferente, con mejor ánimo, sonríe y bromea con sus amigos en la cabina de Internet, ya no tiene tos, pero anda resfriado y ha podido curar las heridas de sus pies)
Le escribo: Ya falta poco hijo, mucha fuerza y ánimo mi campeón!!!
(Otra vez hace un silencio y deja de escribir, también apagó la cámara)
Le escribo: ¿Que pasó fiera?-
Me responde: naa tdo bien (sic)
(Vuelve a conectar la cámara y responde nuestro saludo. Esta vez no nos quedamos tristes, pero si ansiosos, quizás porque en la distancia, hemos logrado resignar la realidad, pero aún cuesta tranquilizar al corazón)

Es domingo, una semana antes del retorno de Franco. Hoy es la actividad de talentos del colegio, que incluye a padres e hijos. Yo voy a participar pero sin mi hijo. En los días de ensayo, los rostros de los chicos me han hecho sentir su ausencia, porque me hubiera gustado tanto hacerlo junto a él. He participado con satisfacción, pero ausente, he tratado de hacer mi mayor esfuerzo pensando en que cuando regrese, el se sintiera orgulloso de mi actuación.

Esta semana está pasando más lenta que de costumbre Otra vez ha llovido en Lima. Hoy hemos ido a visitar a sus abuelos que hablan de prepararle un gran recibimiento. Mi esposa muestra su impaciencia por que los días se pasen más rápido. Yo trato de convencerla que no exagere, aparentando una despreocupación, pero que en el fondo, lo que intenta es no alimentar tanto, esas ansias de estar tan pendientes del calendario.

Hoy debe retornar Franco y estamos en la puerta del colegio esperando su llegada. Los rostros de los padres es una mezcla de regocijo e intranquilidad. Mi esposa mira el reloj y la hora parece haberse detenido. La camioneta ha hecho su aparición y los chicos descienden apurados. Se abrazan emocionados con sus padres. Mi esposa abraza a mi hijo y he sentido una sensación de tranquilidad en el alma. Cuando saludo a Franco, lo siento un poco vacilante. Quiero entender que está cansado por el viaje.

Aquella noche en casa, cuando pudimos hablar tranquilos y él nos contaba su experiencia, lo he visto llorar recordando sus momentos de nostalgia y decir que ahora valora todo lo que tiene y que ha echado de menos muchas cosas, pero lo mas importante, es que ha sentido en la lejanía, la real valía que tiene su familia. Aquella noche hemos llorado juntos, él desfogando quizás tantas horas de estar alejado, tantos días sin vernos, tanto tiempo sin poder darnos un abrazo, nosotros de alegría, por tenerlo de vuelta, para decirle lo mucho que nos hizo falta.

Aquella madrugada, me he levantado para ir al cuarto de mis hijos y verlos dormir tranquilos. Hoy he podido dejar de fingir que duermo y refugiarme en el descanso, mañana empieza un nuevo día y esta ausencia solo será una valiosa experiencia vivida, pero que de seguro, ya ha dejado una huella imborrable en nuestras vidas.


lunes, 22 de septiembre de 2008

El semáforo de la indulgencia

El semáforo pinta la luz roja y todos los autos detienen su marcha. En la pista contraria, un grupo de chicos se han puesto a realizar piruetas y acrobacias, propio de un número circense. Delante de mí, un muchacho desgarbado está haciendo malabares con unos bastones y luego aparece un compañero que trae otros palos, pero estos tienen fuego en sus crestas, la habilidad que hacen gala sorprende a mas de uno. Por lo peligroso que resulta, no quiero imaginar si uno de esos bastones sale volando entre tantos autos y combustible cercano. Ellos indiferentes se entregan a su acto de una manera lacónica como prodigiosa. Al costado del auto un pequeñuelo sin siquiera pedir permiso, trepa tratando de limpiar el parabrisas. Una niña pequeña y una mujer embarazada pasan vendiendo golosinas. Varios hombres curtidos, pasan ofreciendo videos y libros de dudosa procedencia, garantizando su originalidad y funcionamiento con pasmoso descaro. Algunos van acompañados de sus propios hijos que ayudan en la tarea.
José tiene 8 años, es el mas pequeño del grupo, sus ojos negros y pequeños se pierden cuando sonríe, su carita sucia y sudorosa, irradia picardía. En sus manos aprisiona unas gastadas pelotas de tenis, se da cuenta de mi ávido interés, se pone a dominarlas, me asombra y me subyuga su destreza. Culmina su acto de malabarismo y me mira con marcada penitencia, estira su manito sucia para pedir un apoyo voluntario, sonríe complacido y termina por convencerme, de ser uno mas, de los cientos de automovilistas que le dona una moneda, quizás sensibilizado por el acto, talvez cautivado por la cara de este bribonzuelo, que a su corta edad es un eximio burlador de los autos, quizás también, porque me parece –en ese instante- una justa retribución al prodigioso arte de estos pequeños artistas callejeros.

Cuando la luz verde, da el aviso, un pensamiento compasivo me revuelve la conciencia, repasaba en cuan significativa o nociva ha sido aquella moneda entregada. Acaso y haya contribuido a que José ese día pueda cenar decentemente o sin darme cuenta –como le pasa a muchas personas- he favorecido ingenuamente a ladinos explotadores de la necesidad y la caridad consentida de las personas, que utilizan a estos niños de la calle, para enseñarles las piruetas y malabares, para después sacar provecho de sus desventuras. Acaso mi conciencia se quedó tranquila en ese momento, pero conforme me alejaba, me preguntaba, donde estarán los padres de José, que será de sus hermanos, de sus amigos, quizás estén haciendo lo mismo en otro semáforo de la calle, o quien sabe se encuentren en verdad, trabajando de esta manera para unir esfuerzos y ayudar a sus hogares, o simplemente ya no se encuentren en este mundo.

El semáforo, con su luz roja, enciende sus angustias y miserias, ellos por unos segundos, disfrazan de alegría sus propios miedos y temores, llaman la atención con sus brincos y malabares, buscando una recompensa que alivie su necesidad inmediata. Cuando la luz verde deja que los autos emprendan la partida, bajan el telón de su escenario imaginario y nuevamente se refugian en su mundillo de conformismo barato y conveniente. Se quedan allí agazapados, a la espera que la luz ámbar les vuelva a dar el aviso, para seguir en esta rutina de supervivencia dura y lastimera, que quizás para ellos sea su única forma de subsistencia.

Como José, cientos de niños y jóvenes se han hecho amigos del semáforo, que controla sus vidas. Han encontrado la forma de hacerse fuertes en la miseria, con poca ropa vencen a este frío invernal que nos cala los huesos y con poca comida en el estómago resisten temerariamente los peligros de contraer alguna enfermedad. Algunos son obligados, otros remiendan sus penurias y algunas niñas incluso forman parte del alarmante índice de prostitución infantil. Muchos de ellos no asisten al colegio, pues han encontrado la rutina fácil y complaciente, de tener en los bolsillos unas monedas, a veces a costa de su incierto porvenir, de su bienestar y hasta de sus propias vidas.

Cada día la mendicidad en los semáforos, gana más terreno, se hace mas latente y real como nuestra misma rutina de vivencias. Talvez sin darnos cuenta, cada uno de nosotros, esté alimentando esta situación, en cada moneda que tiramos al aire, cada vez que nos cruzamos con sus desventuras, quizás también resulte siendo una de las causas principales, nuestra aceptación de esta situación y haberla insertado como parte integrante de nuestra triste realidad social. Aquella, a la que solo atinamos a mirarla desde lejos, con una actitud de indiferencia, pero también de una marcada y cómplice indulgencia.

miércoles, 16 de julio de 2008

La bonita vecindad del Chavo

Era una noche fría de invierno, en los finales de los 70’, cuando llegué a casa cansado de una tarde de mucho fútbol con los amigos del club. Mi madre –amorosa ella- me recibió con una sopa caliente que, luego de darme un duchazo, devoré con afán desmedido. En la sala de mi casa me esperaba, el recio y consentido televisor marca PHILCO de 25’ en blanco y negro, que era mi engreído. Hacía un par de años que mi padre se lo había comprado a plazos, al Sr. Cueva, un hombre de cabello escaso y físico esmirriado, de sonrisa hipócrita y que vendía de todo y nada. Era el típico usurero que se hacía amigo de todos y de nadie. El que nunca era bienvenido y el que siempre estaba merodeando las puertas de los vecinos, con su libreta de apuntes y su maletín gastado, donde tenía los recibos, que mi madre guardaba con excesivo celo. Los padres de mis amigos –todos sin excepción- tenían que ver con el Sr. Cueva, unos le debían una plancha, otros una cama y algunos pagaban por un dinero prestado.

Aquella noche, mis ganas de refundir mi cansancio tirado en el sofá mirando la TV, se vieron interrumpidos por una visita inesperada. La familia de mi padre, entre primas y sobrinos, que habían llegado de Piura, cayeron por la casa de visita y no tuvieron mejor decisión que sentarse a ver un programa noticioso en el bendito aparato. Así que entre saludos y una cena apurada, estaba toda la familia reunida y yo, con mi revoltosa adolescencia a cuestas, estaba aplastado en un rincón, compartiendo con todos, un programa que no elegí, pero que acepté de mala gana. No me quedaba otra, era el único televisor de la casa.

-Después del noticiero dan la película- decía una de mis tías afanosas, mientras en la tele estaba el gran Pepe Ludmir anunciando un nuevo programa y entrevistaba a un grupo de actores mexicanos.

El que hablaba, era uno de rostro carismático y bonachón, estaba vestido de niño y auguraba mucha diversión para grandes y chicos. Los gestos y ademanes de aquel menudo actor, captaron mi atención de inmediato. Empezó a presentar a los otros personajes que interpretarían las ocurrencias de una vecindad y él asumía ser el creador del programa denominado “El Chavo del ocho”. Ese señor, no era otro que Roberto Gómez Bolaños, mas conocido como “Chespirito”, seudónimo asumido –según contaba- por el diminutivo de Shakespeare.

Desde aquel día, El Chavo del ocho fue el programa que acompañó nuestras noches familiares frente al televisor, gozando con las ocurrencias del Chavo, Aquel niño pobre que usaba gorra a cuadros, con orejas y pantalón con tirantes: Que decía vivir en el número 8 pero solo lo veíamos entrar y salir de un barril. Que siempre presentaba el programa a tropezones, con una pelota o latas, jugando con la pecosa Chilindrina y haciendo víctima de sus travesuras a su papá, Don Ramón, quienes se mudaron al departamento de enfrente ante la llegada de Doña Florinda, la histérica mujer que siempre andaba con ruleros y su engreído Quico, el de los cachetes inflados, un niño sobreprotegido, que siempre vestía de marinerito y que continuamente disolvía la pintura de las paredes con su singular llanto. Fueron apareciendo el profesor Jirafales, perpetuo pretendiente de Doña Florinda y siempre esforzado por ilustrar a todos sus alumnos, aún a costa de quedar en ridículo; la bruja del 71, como la eterna enamorada del padre de la chilindrina quien la miraba llegar como si fuera algún zombie de película o que provocaba al Chavo sus recordadas garroteras; el señor Barriga pasando apuros para intentar cobrarle la renta a Don Ramón y por supuesto Ñoño, su hijo y vivo reflejo.

Y me fui haciendo adulto, carcajeando con cada capítulo, con cada disparate y con cada locución que mis hermanos y yo adoptamos como rutina, acogiendo los modismos y las frases del Chavo; Eso, eso, eso; Es que no me tienen paciencia; ¡Se me chispoteó!; Zas, zas, zas!; o ¡ora si te tocó el ocho! Cuando se iniciaba la persecución a Quico con la Chilindrina y terminaban con un testarazo al señor Barriga. Cuan inolvidable resulta hoy, aquella frase “vuelve el perro arrepentido con la cola entre las piernas y el hocico partido” que muchas veces escuche decir sonriendo a mi madre, cuando mi padre llegaba tarde a casa y traía algún regalo entre las manos. Mi prima Gladys, que vivía con nosotros, se quedó para siempre con el apodo de “La Chili”, solo porque un día, apareció con un par de coletas iguales a la Chilindrina. Como olvidar, al Sr. Cueva, quien cada vez que tocaba la puerta de mi casa, mis hermanos y yo le bromeábamos a mi padre vociferando:

-“Don Ramón”, ahí está el señor “sin barriga”, que viene a cobrarle la “cuenta”- echándonos todos a reír a carcajadas, broma que el Sr. Cueva, aceptaba con una sonrisa cohibida.

El encanto se fue desvaneciendo y el destino –mensajero cruel- nos trajo noticias que el Chavo se estaba quedando sin vecindad. Quico se había ido para no volver a llorar frente a la pared y Don Ramón abandonó a la Chilindrina, para irse al cielo sin pagarle la renta al señor Barriga. Doña Florinda no se quedó con el profesor Jirafales, pero sí con “Chespirito”. Mi viejo televisor PHILCO se fue muriendo junto a sus tubos y dejó su lugar a uno moderno de colores. Los capítulos del sensacional Chavo del ocho, fueron cada vez más escasos. Mis hermanos y yo, seguimos rumbos distintos y mi prima Gladys hasta el día de hoy, vive orgullosa de su apodo. Mi padre le canceló íntegramente la cuenta al Sr. Cueva y hubo un día en que el señor “sin barriga”, ya no tocó la puerta de la casa para siempre. Mi padre se quedó un tiempo con nosotros, pero hoy conversa con él y seguro que recordando las bromas que le hacíamos, se ríen juntos en silencio.

Los que crecimos y nos hicimos adultos con el Chavo del ocho, fuimos cautivos de ese barrio de caricatura, regocijados en sus diálogos que nos provocaban una sonrisa y que siempre venían acompañados de una reflexión, que mas de una vez nos arrancó alguna lágrima traviesa. Fuimos cómplices de aquella ironía y sarcasmo que nos contagiaba y esa ingenuidad que arrullaba el sentimiento. Y es que de alguna manera, asemejamos los personajes a nuestra vida diaria. Quien lo hubiera pensado, pero los mismos capítulos, han sido vistos por nuestros hijos y hasta los nietos por casi un cuarto de siglo, que a veces, pareciera ser una sana costumbre de vida eterna.

Hoy, “Chespirito”, está entre nosotros, mostrando que los años ya le hicieron mella, pero con la misma chispa y el encanto que nos cautivó con sus personajes, los que ya forman parte del inconsciente colectivo de toda una generación. El genial comediante, recibe hoy muchos homenajes y condecoraciones en nuestro país. Quien sabe sea la última visita que nos haga en vida. Por eso, al verlo ensayar la mueca del “no contaban con mi astucia” que hizo conocido el “Chapulín Colorado” –otro entrañable personaje- me resultó tan enternecedor y nostálgico, que casi sin querer queriendo, me fue imposible, dejar de recordar esta bonita vecindad, esta vecindad del Chavo, que no vale ni un centavo. Pero es linda, muy linda de verdad.

sábado, 14 de junio de 2008

Los padres ausentes

Es sábado por la mañana y el sol se ha posado de manera coqueta en la ventana de mi cuarto, en la TV está hablando un psicólogo sobre una noticia que me llama la atención. Edson Arantes do Nacimiento o “Pelé” –dice el doctor con un gesto de experto conocedor del tema- con toda la popularidad que le dió el fútbol, tuvo que ponerse frente a la prensa mundial, para aceptar que su hijo Edinho, su engreído, debía purgar condena en la cárcel por trafico de drogas -un video con fotos acompaña sus palabras- el Rey del fútbol –pone énfasis- se vio obligado a confesar, que en su vida obtuvo la fama y el dinero que quiso, tiene los amigos mas influyentes y viajó por el mundo entero, pero lo único que nunca tuvo, fue TIEMPO –vuelve a resaltar- para brindarle a su hijo.

Refugio mis ojos en la mirada apesadumbrada del ex futbolista, pienso por un instante como a veces ni el dinero puede solucionar temas que aparentan no tener importancia, pero que marcan para siempre nuestras vidas de padres.

Me levanto despacio y voy en busca de Franco, mi hijo mayor.

-Hola fiera, ¿cómo dormiste?-
-Bien papá- me responde con sus ojitos aún adormitados
-Levántate, acompáñame a trotar un rato al parque, compramos de pasada el pancito para el desayuno- le digo destapándolo un poco.
-No papá, anda tu solo- me suelta su frase con desgano
-Vamos hijo, no seas flojo, hace un rico sol- lo apuro para sacarle una sonrisa
-No papá, mas tarde, tengo sueño- me dice fastidiado y tapándose la cara abrumado.

Me retiro un poco incómodo, Sergio, mi hijo menor, está durmiendo profundamente, decido no despertarlo. Cuando voy por el parque, algunos padres juegan con sus hijos -ninguno pasa de los 6 años- y recuerdo cuando los míos tenían esas mismas edades y les satisfacía caminar de mi mano. Pienso en el tiempo que se fue pasando tan rápido, hoy Franco ya tiene 12 años y ha comenzado a independizarse en sus ideas y su comportamiento, talvez no de la manera como hubiera querido, pero trato de entender que es parte de la edad y los tiempos modernos que vivimos.

Sentado en una banca está Pepe, él es médico y tiene un hijo de la misma edad del mío, Pepe es pediatra y hoy tiene una niña hermosa de tres años, ha salido al parque temprano y descansando su alegría, se divierte mirando correr a su pequeña, me invita a sentarme a su lado.

-Hermano, los chicos de hoy ya no son los de antes- me dice, cuando le comento algunas cosas de mis hijos que resultan comunes entre nosotros.

–Antes nuestro hábitat estaba en la calle, allí nos ensuciábamos la ropa y aprendimos a cuidarnos solos, hoy el ambiente de ellos está cercado entre cuatro paredes, sus mejores amigos son la computadora, la TV y el Play Station, son otros los tiempos y me preocupa que sin damos cuenta, estamos criando niños sedentarios y futuros adultos con problemas de salud-

Comentamos que los padres requieren de tiempo disponible y también demasiada paciencia para sobrellevar el crecimiento de los hijos. Su hermano Alberto, que es psicólogo, alguna vez nos dijo, que los padres de hoy se separan en dos sectores: Los que creen ser buenos padres y los que pretenden ser comprometidos, mientras que el primero predica la orden como evangelio y hace sentir su autoridad, el otro asume la flexibilidad como argumento, delega responsabilidad y se hace amigo de su hijo. Pero en ese intento, a ambos les falta tiempo y no se percatan en que momento, se genera una distancia con ellos.

Cuando conocí a Henry, un amigo entrañable, ya tenía a Gabriel, su engreído, que hoy anda por los 17 años. Siempre admiré lo dedicado y amoroso que era con su familia, pero los azares del destino les golpearon sus vidas y hoy se encuentra divorciado Su hijo Gabriel vive en España con su madre y la última vez que pudo verlo, ha sido hace 4 años cuando viajó a visitarlo por navidad. Hoy el vínculo mayor que Henry puede transmitirle a su hijo es a través del Internet, casi todas las noches se conectan virtualmente por el Messenger en una rutina que logra disipar las preocupaciones, pero que no consiguen llenar el vació espiritual y físico que le queda en el cuerpo, cada vez que apaga el computador.

-Anoche lo llamé por su cumple y le dije cuanto lo quiero, cuanto lo extraño, pero él, lejos de hacerme sentir contento, solo estaba preocupado por terminar de charlar rápido conmigo, para irse a una fiesta con sus amigos-
-Es que Gabriel ya es un jovencito, casi un hombre- le digo calmando su insatisfacción
-Si, quizás antes era diferente, pero te confieso que eso me afectó mucho-
-Lo entiendo, debe ser complicado ver como tu hijo crece lejos de ti-
-Al menos tu tienes a tus hijos cerca, a mí me duele mucho no estar a su lado, justo ahora cuando se va haciendo hombre-

Hace cinco días que mi hijo Franco no ha dormido en casa, ha tenido que ir a un convivio del colegio y es el tiempo más largo que ha pasado lejos de nosotros, su madre ha disimulado su arrebato cobijando sus afectos desmedidos con Sergio, nuestro hijo menor, así han sobrellevado la ausencia con tranquilidad. Es viernes y he salido del trabajo para encontrarlo en casa de regreso, antes lo llamo por teléfono para saludarlo, pero sus respuestas son escuetas e inmutables. Cuando llegamos a casa, lo encontramos cansado, su abrazo resulta abreviado y lo poco que nos habla, lo hace más para complacernos, porque ya no desea mas interrogatorios. A la mañana siguiente, se despierta de mejor ánimo, nos cuenta con detalles como la pasó fuera de casa y compartimos una charla familiar muy amena.

-Hijo, quiero que sepas, que tu madre, tu hermano y hasta Reynita –nuestra mascota- te hemos extrañado mucho, pero esto es el inicio de algunas cosas que son parte de tu crecimiento-
-Si papá lo entiendo- responde lacónicamente
-De verdad que te echamos mucho de menos- le digo mirándolo a los ojos
-Yo también los extrañé, porque aunque estuve con mis amigos, ustedes son mi familia- me responde

Me quedo pensando que debo acostumbrarme a sus cambios de estado de ánimo, tan recurrentes y perturbadores. Creo que de alguna manera estamos preparando el camino, para cuando nuestras ausencias se hagan mas largas y la distancia, se convierta en esa barrera imaginaria que se oponga a nuestros deseos de querer estar cerca y compartir nuestras vivencias.

Hoy encontré a Miguel, un amigo de la infancia, me hablaba de sus hijos adolescentes. Miguel labora para una empresa transnacional de renombre y aún cuando hoy tiene una buena remuneración, siente que el dinero y la buena posición, no le han podido devolver el tiempo que perdió, cuando por lograr un ascenso, se pasó muchas horas dedicadas al estudio y el trabajo.

-Siempre llegaba a casa tarde y los encontraba durmiendo, cuando quería aprovechar un fin de semana tenía clases y se pasaban muy rápido- me dice él, reflejando en sus ojos una nostalgia que me llama la atención.
-Bueno la vida de hoy exige eso y a veces se deben hacer muchos sacrificios-
-Si pero yo me pregunto: Quien te devuelve ese tiempo que no compartiste con tus hijos?-
-Creo que los padres hacemos todo lo posible por darles bienestar-
-Seguro, pero estos tiempos que vivimos, son diferentes a nuestra época hermano, ahora mi hijo solo sabe pedirme cosas y al igual que mi hija ya andan con enamorados, el trabajo no me da tiempo para estar mas cerca de ellos y casi no obedecen a su madre-
-Siempre el tiempo es el factor primordial- le digo notando preocupación en sus ojos
-Así es hermano, ellos tienen todo, pero te confieso que a veces, me siento tan ausente de sus vidas-

Es muy serio el papel que nos toca a los padres hoy en día. Como hijos que fuimos quizás añoremos aquellos días en que nuestra infancia y luego nuestra adolescencia fue románticamente compartida, cuando mirábamos la novela o el fútbol en el único televisor de la casa o cuando salíamos a jugar en la calle y regresábamos para la hora del almuerzo con el sudor y la ropa impregnada de esa satisfacción de sentirnos libres y felices. Hoy soplan otros vientos, nuestros hijos viven una época distinta, con medios tecnológicos propios de la modernidad, que los alejan del valor sentimental de las cosas, coexisten saturados de mensajes alienantes que tienden a tornarlos algo indiferentes para con el sentimiento. Quizás allí radique nuestra lucha diaria como padres y se requiera darles todo el afecto posible, para que se sientan queridos y respetados, pues debemos aceptar que durarán cada vez, menos tiempo a nuestro lado.

Por más cerca o lejos que estemos de sus vidas, existirá un momento en que nos sentiremos alejados de su presencia, ellos como hijos intentando mostrarnos su independencia y nosotros como padres, queriendo revertir las circunstancias, quizás cuando decidamos hacerlo, ellos hayan crecido demasiado rápido y se habrán marchado lejos. Quizás la distancia puede ser física, pero ese tiempo que siempre nos falta, sin quererlo siquiera, podría convertirnos en padres ausentes, aun teniendo a nuestros hijos cerca.

sábado, 10 de mayo de 2008

Mi joya mas valiosa

La mujer embarazada, esperaba su primer hijo, sus horas habían transcurrido de manera tranquila, ya estaba en los últimos meses y su ilusión crecía tanto como su barriga. Ella, había hecho muchas oraciones para que la bendición de Dios ilumine su precario hogar que recién se estaba formando a punta de esteras y adobe. El esposo acomedido acariciaba el vientre de su mujer con devoción, mientras apuraba sus fuerzas para plantar la última estaca que daría forma a la puerta de su casa. Así se fueron transcurriendo los días, entre la alegría que encontraban cuando el sol calentaba sus cabezas y la tranquilidad que descubrían cuando abrazados, esperaban que la noche los cubra, a la luz de una vela que alumbraba su esperanza.

Eran los días en que la mujer embarazada, se esforzaba por ayudar a su esposo, a costa de que cada vez tenía menos fuerzas, para caminar, incluso para respirar. Fue el destino o la fatalidad vestida de infortunio, que un día de esos que no se quieren recordar, cuando la mujer embarazada, quiso perseguir a un pollito escurridizo, trepó a la parte alta del techo y este no resistió el peso, viniéndose con ella al piso. Fue un milagro el que no le costara la vida de ella y de su hijo que llevaba en el vientre. Después del susto, ella siguió sus días de dulce espera, un par de meses después alumbró un hermoso varoncito, al que llamaron Eduardo, quien desde que nació presentó algunos problemas de salud, producto de aquella caída que no lo dejaron vivir mucho tiempo. Un día de otoño gris, en los brazos de su madre, cerró sus ojitos para siempre, dejando a la pareja y sobre todo a la madre, sumida en la tristeza y el desconsuelo.

Yo no conocí a mi hermano Eduardo, su corta vida me la contó mi madre, que nuevamente salió embarazada y me trajo al mundo una noche de octubre, cuando los dolores del parto casi le arrancaban la vida. No alcanzó llegar al hospital y fue la cama donde había dejado su corta vida mi hermanito, donde quiso Dios que ella vuelva a sonreír y sentirse bendecida con la llegada del hijo añorado, el que calmaría su tristeza. Desde el primer minuto de existencia, ella me brindó los cuidados más extremos que se pudieran concebir, su instinto sobre protector, fue mas allá de su propio amor maternal. El temor de volver a perder otro hijo, la hizo sentirse demasiado vulnerable y veía en mi, su esperanza de volver a sentirse viva, pero al mismo tiempo la asaltaban muchos miedos escondidos y aplicaba afiebrados conceptos del cuidado excedido para un niño normal.

Desde muy pequeño, sentía que la devoción que mi madre me brindaba era exagerada, incluso cuando llegaron mis dos hermanos Miguel y David, con todos fue igual, pero de manera mucho mas marcada lo sentía para conmigo, más aún cuando mi padre, un día se dejó envolver por devaneos insensatos y se marchó de la casa. Mi madre desde ese instante refugió en sus hijos, toda su atormentada soledad. Cuando la adolescencia tocaba las puertas de mi autonomía perturbada y el fútbol ocupaba todos mis pensamientos o el rock caliente del grupo Kiss, me envolvía con frenesí, mi desenfrenada vivencia juvenil, mi madre siempre sacudía mis pensamientos.

-Hijo ¡ya basta de fútbol!... todo el día estas en la calle tras una pelota-
-Ya mamá no te preocupes tanto-
-Es que hijo sino estas en la pelota estas con tus amigos roqueros- me increpaba fastidiada
-Pero mamá es lo que me gusta, no te preocupes-
-Es que en la calle te puede pasar algo hijo, no quiero ni pensarlo-
-Ya mamita no seas exagerada- le respondía con frecuencia
-Es que tu no puedes entender lo que yo siento como madre- me decía ella con su mirada pintada de clemencia.
-Si mamá pero no exageres tanto-
-Es que yo los quiero tanto hijos, ustedes son mis joyas mas preciadas-

El tiempo se ha pasado más rápido de lo que hoy apuren los recuerdos, cada vez que el tiempo y la responsabilidad familiar lo permiten, voy a visitarla y en cada abrazo que recibo, pareciera que fuera el último, siempre que suelo besar su frente, ella me susurra al oído “mi hijo querido”, “mi joya más valiosa”, siempre me recibe igual que cuando era un niño o joven irreverente, siempre me brinda su regazo, con ese amor que cala mis entrañas y me hace sentir a su lado, un ser tan simple e intrascendente.

Dicen que los nietos son para los abuelos, la prolongación de sus hijos y en muchos casos la reencarnación de ellos, incluso suelen hacer muchas cosas que no hicieron o pudieron para con sus propios hijos. Siento una nostalgia ajena, distinta y paradójica, cada vez que miro como mi madre juega con los cabellos de Franco, mi hijo mayor y acaricia el rostro de Sergio, el menor y más cariñoso. De alguna manera veo reflejado en ellos, aquellos tiempos en que mi madre amparaba sus penas, brindándonos su amor infinito. Me recorre un extraño escozor cuando la veo con sus cabellos blancos y su rostro cansado por los años, con sus ojitos pardos y su mirada limpia. Cuando me regala esa sonrisa tímida pero tan divina, que me cala los sentidos, cuando abraza a sus nietos y los apretuja contra su pecho, como hacía con sus hijos, cuando eran suyos y hoy ya cada uno alejados y con distintos destinos.

Hoy la vida me pone a prueba, cada vez que la veo, la siento más débil y a veces más triste, en cada abrazo que nos brindamos, mi corazón late mas aprisa y el de ella se escucha fatigoso, doliente. Su lucha tenaz contra los años y los males que la aquejan, la van minando y haciendo que cada día tenga menos ganas de levantarse y cuando me sonríe lo hace de una manera melancólica, tratando de asolapar su dolor interno. A veces me vienen extraños presentimientos, me asusta pensar que cuando despierte, no la pueda volver a ver. Cada noche le rezo a Dios para que permita aliviar sus males y la proteja cada instante cuando las sombras ocupen sus pensamientos, para que alargue el tiempo que la pueda tener cerca, para que me deje la oportunidad de decirle cada día, cuanto la extraño y cuanto la adoro.

Mirando el rostro de mis hijos, me vino a la memoria, aquellos tiempos cuando niño, mi madre me brindaba su protección desmedida, hoy la historia parece repetirse, cuando miro a mi esposa, atenderlos con devoción extremada y sobre protegerlos con su amor desbocado, pero tan sincero y admirable, quizás sean distintos los tiempos y los temores sean mayores, pero admiro tanto ese amor que ella les profesa que ahora en el otro lado del río, como padre sensible, ante ese sentimiento maternal inigualable, me siento tan igual de insignificante a su lado, como cuando era aun un mozuelo y tenía a mi madre cerca.

En mi ser, guardo la esperanza, que mis hijos por siempre sean agradecidos de tener la madre tan preocupada por ellos y que aunque el tiempo se lleve sus vivencias y los años nos sometan a quedarnos débiles e inseguros, cada vez que abracen a su madre, sientan el mismo amor que cuando niños, porque es la ley divina, la de intentar ser cada día mejores hijos, por ende mejores padres y forjar seres humanos agradecidos a Dios de tener una madre que a pesar de todas las circunstancias adversas, siempre nos espera con sus brazos llenos de amor.

-Hijo, cuidate mucho, no hagas desarreglos..- me dice mi madre amorosa al despedirse
-Ya mamá tu también cuídate, toma tu medicina, el domingo vengo con los chicos para almorzar juntos-
-No te preocupes hijito, haz tus cosas con calma- me responde
-Te quiero mucho mamita- le digo cuando ella besa la cabeza de mis hijos y los acaricia acomodándoles la ropa
-Ay hijo, a veces quisiera que Dios me dé mas vida para ver crecer a mis nietos-
-Yo rezo todos los días mamita para ello suceda-
-Mi “corazone”, alma de mi alma, mi joyita preciada- me dice ella abrazándome fuerte y a mi se me hace un nudo en la garganta en esta despedida, que no sé si sea la última
-Chau mamita linda- le digo besando su frente

Una vez mas me alejo de su tibio regazo para emprender mi rutina familiar, una vez mas la dejo allá lejos de mis ojos, pero muy cerca de mi corazón y mi pensamiento, allá se queda mi madre adorada, mi joya más valiosa.

viernes, 7 de marzo de 2008

La mujer perfecta

Es octubre y han pasado tres días de mi cumpleaños. Juan Carlos, un íntimo amigo de infancia, que se hizo policía, me acompaña a la casa de Manuel, promoción del colegio, que ese día celebra sus 24 años. La fiesta está en su esplendor, la música espectacular y nosotros con otros amigos, estamos en un rincón, hablando de fútbol, pero sobre todo de mujeres. Cada chica que miramos o sacamos a bailar, es el punto de referencia para el comentario posterior. Es una conversación típica de jóvenes inexpertos que se quieren dar de sabelotodos y rompecorazones. Algunos con relatos verdaderos y otros, no pasan de traviesos embusteros.

-Para ustedes, ¿cuál es la mujer perfecta?- pregunta Manuel, un tipo divertido, seductor por excelencia y muy pegado a las relaciones pasajeras.

Juan Carlos y yo nos miramos medio extrañados y sin ninguno de los dos tener una respuesta adecuada.

-No sé si en verdad la encuentre- respondí apresurado- quizás, pueda que exista alguna que te pueda llenar los ojos, pero ¿perfecta?... no sé
-No existe “brother”, todas tienen muchas virtudes, pero también muchos mas defectos- dijo contundentemente Juan Carlos, abrazando mi hombro.
- ¿Están seguros que no existe?- dijo Manuel sonriendo maliciosamente
-Bueno eso creo, depende a que le llames perfecta ¿no?- acoté
-Amigos míos, la mujer perfecta si existe y les voy a dar el mejor ejemplo- dijo él, dirigiéndose a la puerta, por donde ingresaba una rubia espectacular, de pechos prominentes, un cuerpo de diosa y cara angelical. Manuel fue a su encuentro.

-Amigos, les presento a mi enamorada Steffany, la chica 10 puntos, la mujer perfecta-

Juan Carlos y yo la saludamos. Ela ruborizada y todo, se veía mucho más linda. Solo atinaba a sonreír. De todo lo que compartimos esa noche, dudamos la forma en que Manuel la pudo conquistar. Juan Carlos no dejó de mirarle los pechos y yo me subyugué ante su blonda cabellera y su cara de muñeca. En realidad era la chica soñada, la que solo se veía en la TV.
Después de casi un año de aquella noche, Manuel y Steffany, se casaron. A todos nos pareció raro, porque en nuestras conversaciones, el tema del matrimonio, era un pecado mortal. Pero era el sueño cumplido de nuestro amigo Manuel. Un tipo que siempre había caído rendido ante la belleza física de una mujer. Esta vez se había casado –según él- con la mujer perfecta.

Es el mes de Marzo y en la casa de Juan Carlos celebran su cumpleaños. Ha pasado mucho tiempo, mis amigos y yo enrumbamos por distintos caminos, distintos destinos. Esta vez cada uno asiste acompañado de sus esposas o sus parejas actuales. La reunión es distinta, la conversación también. Las mujeres se han juntado en un rincón y empieza la clásica tertulia del chismorreo respectivo. Los hombres, apartados de ellas, empezamos a charlar de fútbol, de política, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de aquellos grandes recuerdos que nos quedaron de los tiempos idos.
Manuel ha llegado a la fiesta, con su esposa, que recién conozco esa noche y que no es Steffany (Su matrimonio con ella duró pocos meses y no tuvieron hijos). Juan Carlos los recibe y cuando ella se aleja para juntarse con las mujeres, me susurra al oído. “Esta si es la mujer perfecta”. Alcanzo a mirarla y distingo su rostro cándido, pero no tiene la belleza cautivante de Steffany. Le pregunto a Juan Carlos la razón de su afirmación. Él solo sonríe y me señala con la nariz a Manuel, quien se da cuenta que es aludido y se acerca con ese aire victorioso de siempre, tan suyo y propio de su personalidad. No dice nada, solo sonríe.

-Por si acaso ya está cerca el día de la mujer- ha dicho Mariana, la esposa de Juan Carlos, soltando una risotada y agregando bromas adicionales que todos celebran con beneplácito.

-Muchachos habrá que llevarlas algún sitio ¿no?- dice Juan Carlos, riendo y brindando con su copa en la mano.
-Salud por el día de la mujer entonces, la “mujer perfecta”- dijo Manuel mirando a su esposa, que lo observaba a lo lejos.
-Yo sigo convencido que no existe hermano, la “mujer perfecta” solo está en los sueños de cada hombre- afirma Juan Carlos
-Yo creo que una mujer debe ser, bella por fuera, pero mas importante es como es ella por dentro, lo de afuera se acaba, se esfuma, lo de adentro perdura toda la vida- se explayó Manuel.
Al tocar su vaso con el mío, no dejo de mirarlo a los ojos, como queriendo encontrar una aclaración a sus palabras. Él solo sonríe

Pepe, nuestro amigo al que siempre lo consideramos el mejor de la clase y hoy un padre ejemplar, hace mención que, al margen de la belleza física, en una mujer vale lo espiritual. Él y su familia son muy religiosos y cree más en la sinceridad de las personas, que en la propia hermosura física.

-Todo va de la mano, creo que todo entra por los ojos y también debe tener su dosis de carácter, ¿no dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer?... para eso, debe tener algo de perfección ¿no?- opina Joaquín, un gordo bonachón y belicoso como él solo.

-La mujer perfecta, solo la podría comparar con mi madre, a ella la pongo en un pedestal- dice Pablo, un amigo que conocimos ese día y que entró a la conversación.

Henry, un amigo entrañable, divorciado él, interviene diciendo -No existe la mujer perfecta. Y a Dios gracias que no exista, sino el conquistar y amar a una mujer no sería algo tan adorable.
Es una fantasía que se contrapone a la naturaleza misma del ser humano “imperfecto”. Quizás lo mas cercano a la realidad sea una “mujer ideal”. Buscar alguna que lo entienda y eso sea tan difícil que no valga la pena intentarlo y sea mejor limitarse a quererla o dejarse querer.

-Hermano, es aquella que está cuando la necesitas, la que se va cuando quieres estar solo y la que en vez de pedirte plata, te da tu “regalito”, esa es la mujer 10 puntos, la perfecta- interrumpe Fernando, un amigo de Juan Carlos, también divorciado. Todos nos echamos a reír a carcajadas

-La mujer perfecta no existe hermano, todas tienen sus defectos y virtudes, pero una mujer ha nacido para joder, si no jode es hombre- finaliza Juan Carlos y todos volvemos a soltar risotadas que nuestras parejas advierten y solo atinan a comentar bajito. No se percatan que los hombres discuten por encontrar la definición exacta, a la “mujer perfecta”.

Por un instante, me quedo en el limbo. Me acuerdo de mi madre. Con sus ojitos llenos de bondad y su sonrisa de ternura infinita. Sus cabellos blancos, llenos de experiencia y sabiduría. Su rostro cansado por lo años, que dejan notar surcos que las vivencias le dejaron huella. Demasiada tristeza que nunca quiso compartir. Jamás tuvo algún reproche, ni rencor, para con alguien, ni para con la vida misma. Ni siquiera a mi propio padre, cuando alguna vez, decidió abandonar el nido. Ella sobreprotegió desmesuradamente a sus “Joyas mimadas” como nos llama hasta hoy. Su caridad sin límites, un legado que marcó mi existencia. Siempre eligió quedarse sin nada y ofrecerla a quien lo necesita. Cada vez que la escasez afloraba, era ella con su sonrisa de ángel, quien nos apaciguaba con su “ya Dios proveerá”.
Cuando pasaba su mano por mi cabeza y sosegaba mis emociones. Su serenidad a la más absurda de mis travesuras. Cuando ya rebelde adolescente, me corregía con rigor, veía que con cada chicotazo, le brotaban lágrimas, que de seguro le dolían en el alma, “Es por tu bien” me repetía. En ese momento, solo sentía ira. Pero fueron los años -sabios consejeros- los que me hicieron recapacitar de muchas cosas, algunas irreversibles. Su vigor impresionante. Su amor perdurable en el tiempo, que ha logrado que la adore sin medidas y cada vez que la veo, agradezca a Dios, por permitir que aún pueda abrazarla y sentirme orgulloso de admirarla como una mujer casi perfecta. Quien sabe, el único defecto que tiene, es ser, demasiado bondadosa y buena.

Volteo la mirada y me encuentro con el rostro de mi esposa, que me mira complaciente. Sus dedos juguetean con su cabello ensortijado, que siempre me encantó de ella. Sus ojos vivos y encendidos, dejan expresar su amor desprendido, que me hacen sentir demasiado privilegiado. Quizás porque a veces pienso que no soy yo, quien ella se merezca. Creo que la necesito para sentirme bien, aunque me sienta agobiado, cuando su amor, se hace una ola gigante de vacilación y nos afloren devaneos insensatos, que resquebrajan los sentidos. Me hace feliz, cuando está contenta, serena y entusiasmada. Cuando se siente segura de si misma y se hace tan fácil amarla. Admiro su inteligencia y ese orden para tener todo en su sitio, con ese aire autosuficiente que la hace relevante. Ella es dulce en los tiempos de calma, pero es un huracán titánico, cuando el enojo mancha su mirada y sus pensamientos se alejan de la razón. Es de aquellas mujeres que se entregan a lo que quieren y que no descansan en el intento de lograr lo que se proponen.

Me encanta cuando me repite las cosas que me decía cuando empezamos a querernos. Cuando me replica que el amor está en las cosas pequeñas de todos los días y como me subyugo ante su ímpetu, que complementa mis dudas y que nos han hecho fuertes en el tiempo.
La miro con ojos de melancolía, evocando que el azar entrecruzó nuestros destinos y que fue el tiempo y nuestras vivencias, lo que nos hizo amarnos y aceptarnos tal y como somos. Admiro su fortaleza, aquella que me demostró cuando para darles la vida a nuestros dos hijos, ella se tuvo que morir un poco. Aquellos momentos trascendentales que me marcaron, que me hicieron quererla demasiado y admirarla con devoción. Aquellos momentos en que me sentí tan insignificante, tan simple y el mas débiles de los mortales. Mi amor y admiración por ella fue tan grande, como la misma perfección divina, que significó el nacimiento de mis amados hijos.

Miro a mis amigos y pienso que la búsqueda de la mujer perfecta siempre será una utopía, un paradigma para todos los hombres, porque todos de una u otra manera siempre estamos buscando la perfección. Que involuntariamente, a veces buscamos a una mujer que se parezca a nuestra madre. Para reflejar en ella la exquisitez de sus virtudes. Pero que en el fondo buscamos alguien que nos haga sentir que no solo existimos, sino que vivimos intensamente.

-Y ¿tu?, te quedaste callado, ¿que opinas?- me lanza la pregunta a boca de jarro Juan Carlos, sacándome de mi letargo.

Yo los miro a todos, distraigo la mirada y solo atino a decir:

- Lo que existe es la perfección y es imposible lograrla, pero la “mujer perfecta”, la ideal para un hombre, sin darnos cuenta, puede ser que esté muy cerca nuestro, mirándonos, amándonos en silencio o abrigando nuestras desventuras, quien sabe hasta duerma con nosotros. De pronto nos esté faltando a los hombres, el coraje de empezar, a tratarlas como tal.

-Salud por el día de la mujer- digo elevando mi vaso y mirando donde están ellas

-Por la “mujer perfecta”- responden todos.