viernes, 7 de marzo de 2008

La mujer perfecta

Es octubre y han pasado tres días de mi cumpleaños. Juan Carlos, un íntimo amigo de infancia, que se hizo policía, me acompaña a la casa de Manuel, promoción del colegio, que ese día celebra sus 24 años. La fiesta está en su esplendor, la música espectacular y nosotros con otros amigos, estamos en un rincón, hablando de fútbol, pero sobre todo de mujeres. Cada chica que miramos o sacamos a bailar, es el punto de referencia para el comentario posterior. Es una conversación típica de jóvenes inexpertos que se quieren dar de sabelotodos y rompecorazones. Algunos con relatos verdaderos y otros, no pasan de traviesos embusteros.

-Para ustedes, ¿cuál es la mujer perfecta?- pregunta Manuel, un tipo divertido, seductor por excelencia y muy pegado a las relaciones pasajeras.

Juan Carlos y yo nos miramos medio extrañados y sin ninguno de los dos tener una respuesta adecuada.

-No sé si en verdad la encuentre- respondí apresurado- quizás, pueda que exista alguna que te pueda llenar los ojos, pero ¿perfecta?... no sé
-No existe “brother”, todas tienen muchas virtudes, pero también muchos mas defectos- dijo contundentemente Juan Carlos, abrazando mi hombro.
- ¿Están seguros que no existe?- dijo Manuel sonriendo maliciosamente
-Bueno eso creo, depende a que le llames perfecta ¿no?- acoté
-Amigos míos, la mujer perfecta si existe y les voy a dar el mejor ejemplo- dijo él, dirigiéndose a la puerta, por donde ingresaba una rubia espectacular, de pechos prominentes, un cuerpo de diosa y cara angelical. Manuel fue a su encuentro.

-Amigos, les presento a mi enamorada Steffany, la chica 10 puntos, la mujer perfecta-

Juan Carlos y yo la saludamos. Ela ruborizada y todo, se veía mucho más linda. Solo atinaba a sonreír. De todo lo que compartimos esa noche, dudamos la forma en que Manuel la pudo conquistar. Juan Carlos no dejó de mirarle los pechos y yo me subyugué ante su blonda cabellera y su cara de muñeca. En realidad era la chica soñada, la que solo se veía en la TV.
Después de casi un año de aquella noche, Manuel y Steffany, se casaron. A todos nos pareció raro, porque en nuestras conversaciones, el tema del matrimonio, era un pecado mortal. Pero era el sueño cumplido de nuestro amigo Manuel. Un tipo que siempre había caído rendido ante la belleza física de una mujer. Esta vez se había casado –según él- con la mujer perfecta.

Es el mes de Marzo y en la casa de Juan Carlos celebran su cumpleaños. Ha pasado mucho tiempo, mis amigos y yo enrumbamos por distintos caminos, distintos destinos. Esta vez cada uno asiste acompañado de sus esposas o sus parejas actuales. La reunión es distinta, la conversación también. Las mujeres se han juntado en un rincón y empieza la clásica tertulia del chismorreo respectivo. Los hombres, apartados de ellas, empezamos a charlar de fútbol, de política, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de aquellos grandes recuerdos que nos quedaron de los tiempos idos.
Manuel ha llegado a la fiesta, con su esposa, que recién conozco esa noche y que no es Steffany (Su matrimonio con ella duró pocos meses y no tuvieron hijos). Juan Carlos los recibe y cuando ella se aleja para juntarse con las mujeres, me susurra al oído. “Esta si es la mujer perfecta”. Alcanzo a mirarla y distingo su rostro cándido, pero no tiene la belleza cautivante de Steffany. Le pregunto a Juan Carlos la razón de su afirmación. Él solo sonríe y me señala con la nariz a Manuel, quien se da cuenta que es aludido y se acerca con ese aire victorioso de siempre, tan suyo y propio de su personalidad. No dice nada, solo sonríe.

-Por si acaso ya está cerca el día de la mujer- ha dicho Mariana, la esposa de Juan Carlos, soltando una risotada y agregando bromas adicionales que todos celebran con beneplácito.

-Muchachos habrá que llevarlas algún sitio ¿no?- dice Juan Carlos, riendo y brindando con su copa en la mano.
-Salud por el día de la mujer entonces, la “mujer perfecta”- dijo Manuel mirando a su esposa, que lo observaba a lo lejos.
-Yo sigo convencido que no existe hermano, la “mujer perfecta” solo está en los sueños de cada hombre- afirma Juan Carlos
-Yo creo que una mujer debe ser, bella por fuera, pero mas importante es como es ella por dentro, lo de afuera se acaba, se esfuma, lo de adentro perdura toda la vida- se explayó Manuel.
Al tocar su vaso con el mío, no dejo de mirarlo a los ojos, como queriendo encontrar una aclaración a sus palabras. Él solo sonríe

Pepe, nuestro amigo al que siempre lo consideramos el mejor de la clase y hoy un padre ejemplar, hace mención que, al margen de la belleza física, en una mujer vale lo espiritual. Él y su familia son muy religiosos y cree más en la sinceridad de las personas, que en la propia hermosura física.

-Todo va de la mano, creo que todo entra por los ojos y también debe tener su dosis de carácter, ¿no dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer?... para eso, debe tener algo de perfección ¿no?- opina Joaquín, un gordo bonachón y belicoso como él solo.

-La mujer perfecta, solo la podría comparar con mi madre, a ella la pongo en un pedestal- dice Pablo, un amigo que conocimos ese día y que entró a la conversación.

Henry, un amigo entrañable, divorciado él, interviene diciendo -No existe la mujer perfecta. Y a Dios gracias que no exista, sino el conquistar y amar a una mujer no sería algo tan adorable.
Es una fantasía que se contrapone a la naturaleza misma del ser humano “imperfecto”. Quizás lo mas cercano a la realidad sea una “mujer ideal”. Buscar alguna que lo entienda y eso sea tan difícil que no valga la pena intentarlo y sea mejor limitarse a quererla o dejarse querer.

-Hermano, es aquella que está cuando la necesitas, la que se va cuando quieres estar solo y la que en vez de pedirte plata, te da tu “regalito”, esa es la mujer 10 puntos, la perfecta- interrumpe Fernando, un amigo de Juan Carlos, también divorciado. Todos nos echamos a reír a carcajadas

-La mujer perfecta no existe hermano, todas tienen sus defectos y virtudes, pero una mujer ha nacido para joder, si no jode es hombre- finaliza Juan Carlos y todos volvemos a soltar risotadas que nuestras parejas advierten y solo atinan a comentar bajito. No se percatan que los hombres discuten por encontrar la definición exacta, a la “mujer perfecta”.

Por un instante, me quedo en el limbo. Me acuerdo de mi madre. Con sus ojitos llenos de bondad y su sonrisa de ternura infinita. Sus cabellos blancos, llenos de experiencia y sabiduría. Su rostro cansado por lo años, que dejan notar surcos que las vivencias le dejaron huella. Demasiada tristeza que nunca quiso compartir. Jamás tuvo algún reproche, ni rencor, para con alguien, ni para con la vida misma. Ni siquiera a mi propio padre, cuando alguna vez, decidió abandonar el nido. Ella sobreprotegió desmesuradamente a sus “Joyas mimadas” como nos llama hasta hoy. Su caridad sin límites, un legado que marcó mi existencia. Siempre eligió quedarse sin nada y ofrecerla a quien lo necesita. Cada vez que la escasez afloraba, era ella con su sonrisa de ángel, quien nos apaciguaba con su “ya Dios proveerá”.
Cuando pasaba su mano por mi cabeza y sosegaba mis emociones. Su serenidad a la más absurda de mis travesuras. Cuando ya rebelde adolescente, me corregía con rigor, veía que con cada chicotazo, le brotaban lágrimas, que de seguro le dolían en el alma, “Es por tu bien” me repetía. En ese momento, solo sentía ira. Pero fueron los años -sabios consejeros- los que me hicieron recapacitar de muchas cosas, algunas irreversibles. Su vigor impresionante. Su amor perdurable en el tiempo, que ha logrado que la adore sin medidas y cada vez que la veo, agradezca a Dios, por permitir que aún pueda abrazarla y sentirme orgulloso de admirarla como una mujer casi perfecta. Quien sabe, el único defecto que tiene, es ser, demasiado bondadosa y buena.

Volteo la mirada y me encuentro con el rostro de mi esposa, que me mira complaciente. Sus dedos juguetean con su cabello ensortijado, que siempre me encantó de ella. Sus ojos vivos y encendidos, dejan expresar su amor desprendido, que me hacen sentir demasiado privilegiado. Quizás porque a veces pienso que no soy yo, quien ella se merezca. Creo que la necesito para sentirme bien, aunque me sienta agobiado, cuando su amor, se hace una ola gigante de vacilación y nos afloren devaneos insensatos, que resquebrajan los sentidos. Me hace feliz, cuando está contenta, serena y entusiasmada. Cuando se siente segura de si misma y se hace tan fácil amarla. Admiro su inteligencia y ese orden para tener todo en su sitio, con ese aire autosuficiente que la hace relevante. Ella es dulce en los tiempos de calma, pero es un huracán titánico, cuando el enojo mancha su mirada y sus pensamientos se alejan de la razón. Es de aquellas mujeres que se entregan a lo que quieren y que no descansan en el intento de lograr lo que se proponen.

Me encanta cuando me repite las cosas que me decía cuando empezamos a querernos. Cuando me replica que el amor está en las cosas pequeñas de todos los días y como me subyugo ante su ímpetu, que complementa mis dudas y que nos han hecho fuertes en el tiempo.
La miro con ojos de melancolía, evocando que el azar entrecruzó nuestros destinos y que fue el tiempo y nuestras vivencias, lo que nos hizo amarnos y aceptarnos tal y como somos. Admiro su fortaleza, aquella que me demostró cuando para darles la vida a nuestros dos hijos, ella se tuvo que morir un poco. Aquellos momentos trascendentales que me marcaron, que me hicieron quererla demasiado y admirarla con devoción. Aquellos momentos en que me sentí tan insignificante, tan simple y el mas débiles de los mortales. Mi amor y admiración por ella fue tan grande, como la misma perfección divina, que significó el nacimiento de mis amados hijos.

Miro a mis amigos y pienso que la búsqueda de la mujer perfecta siempre será una utopía, un paradigma para todos los hombres, porque todos de una u otra manera siempre estamos buscando la perfección. Que involuntariamente, a veces buscamos a una mujer que se parezca a nuestra madre. Para reflejar en ella la exquisitez de sus virtudes. Pero que en el fondo buscamos alguien que nos haga sentir que no solo existimos, sino que vivimos intensamente.

-Y ¿tu?, te quedaste callado, ¿que opinas?- me lanza la pregunta a boca de jarro Juan Carlos, sacándome de mi letargo.

Yo los miro a todos, distraigo la mirada y solo atino a decir:

- Lo que existe es la perfección y es imposible lograrla, pero la “mujer perfecta”, la ideal para un hombre, sin darnos cuenta, puede ser que esté muy cerca nuestro, mirándonos, amándonos en silencio o abrigando nuestras desventuras, quien sabe hasta duerma con nosotros. De pronto nos esté faltando a los hombres, el coraje de empezar, a tratarlas como tal.

-Salud por el día de la mujer- digo elevando mi vaso y mirando donde están ellas

-Por la “mujer perfecta”- responden todos.

sábado, 23 de febrero de 2008

Amarillas en mi vida (La premiación)

Era una tarde de Diciembre, cuando navegando en la web, encontramos un particular aviso que hablaba de un concurso, para contar en 100 palabras (ni una mas ni una menos) alguna anécdota en la cual haya sido importante el uso de las Páginas Amarillas. Al principio me pareció muy singular el concurso, pero también muy divertido, además que estaba dirigido a los Bloggers, aquellos mortales –del cual formamos parte- que de alguna u otra manera han encontrado la oportunidad de construir en la web un portal personal, donde expresar aquellos pensamientos perdidos, unidos a sus sentimientos mas escondidos, de manera libre y extrovertida, exponiendo ideas y puntos de vista de temas diversos.
-De seguro van a entrar muchísimos post- me dije para mis adentros
-Pero nada pierdes en el intento- me respondió una voz interior

El día 14 de febrero, ha sido la premiación. Nuestro post fue considerado en el sexto lugar (el último en orden de mérito), pero al margen del puesto ocupado, nos ocupa el mérito de todos los participantes, cada uno con una historia valiosa como divertida. Ha sido una linda experiencia de conocer otros Bloggers y saber que cada uno de ellos trata de expresar lo mejor de uno mismo y compartir su talento, de alguna manera u otra, un Blog refleja la personalidad del ser humano, que se encuentra detrás del teclado.

El agradecimiento a Páginas Amarillas, por esta oportunidad de poder llegar a mas personas. Por permitirme compartir con mis dos fieras, el premio de este iPod que se lo ganó el padre, pero que el uso se lo disputan entre ellos. Pero sobre todo agradecer la ocasión de poder conocer y admirar a los amigos, que fueron premiados por sus Blogs y de su experiencia con las Páginas Amarillas, que de seguro ya forma parte importante de sus vidas.

Detalles del concurso en: http://www.amarillasenmivida.com/


martes, 12 de febrero de 2008

Una rosa por San Valentin

Lizette tiene los ojos almendrados, su blonda cabellera ensortijada le da un aire esplendoroso a su rostro, que tiene la blancura inmaculada de la inocencia. Su sonrisa es amigable y encantadora, es de corta estatura, pero su figura es contoneada y a pesar de ser muy joven, se le ve una chica muy atractiva. Físicamente se parece mucho a su madre, su eterna compañera, encubridora de mil y tantas aventurillas infantiles, quien al mirar con nostalgia a su “bebita” -como ella la llama- puede darse cuenta que se ha convertido en toda una mujer.

Adriana, es la mejor amiga de Lizette. Es una chica de buenos modales, aunque no muy agraciada, su cabello negro azabache resalta los rasgos orientales de su rostro y su figura es delgada, frágil. Desde niña tuvo problemas con su peso, siempre fue un trauma para ella, pues era objeto de constantes burlas. Cuando los años le dieron luz a la pubertad y la adolescencia les tocó la puerta, las dos amigas eran inseparables. Las vivencias juveniles forjaron un solo sentimiento y sus afinidades eran las mismas. Cual si fueran dos hermanas, se llevaban de la mejor manera. Cuan distintas físicamente una de la otra, aquello nunca fue obstáculo para su vínculo amical y muchas veces compartieron el mismo dormitorio, sus padres eran muy activos con sus reuniones familiares donde ellas participaban a menudo.

Lizette conoció a Alex una mañana de Enero, cuando él entraba a la secretaría de la Universidad y ella acompañada de Adriana salían de terminar el trámite de inscripción y casi por casualidad, o por azahares del destino, al abrir la puerta, él no pudo evitar golpearla.

-Sorry amiga, disculpame, estás bien?- le preguntó Alex- abriendo sus grandes ojos pardos intensos y tomándola del brazo.
-Si... si... no te preocupes, no fue nada -dijo ella nerviosa- mirándolo fijamente y permitiendo que las manos del chico, tocaran un instante su adolorida extremidad, lo cual la hizo estremecer.
-Soy un tonto, no me di cuenta –
-No fue nada, de verdad- dijo ella nerviosa
-¿En serio?... que tonto he sido… sorry, no pude evitarlo...
-No digas eso, no te preocupes-
-Bueno, me perdonas entonces- dijo Alex mirándola fijamente

Lizette, solo atinó a tomarse el brazo y sus ojos claros se refugiaron en la mirada del muchacho, que le brindaba una tenue sonrisa, la misma que encontró complicidad con el de la bella chica, que desde ese instante quedó prendada de aquel porte atlético, el cabello lacio y largo del chico, que le daban un aire de fresca irreverencia adolescente.

Desde aquella primera vez, Lizette no había podido olvidar a Alex, frecuentemente solía recordar su mirada y la sonrisa de ese rostro bronceado por el sol limeño. Pero ese detalle también había sido similar en Adriana. Después del incidente, charlaron sobre el muchacho y coincidieron en que a las dos las había impactado su cortesía y amabilidad, pero por sobre todo su atractivo físico. A pesar que cada una se guardaba para su intimidad el real sentimiento, que les había influido “el chico de la puerta”, como ellas lo empezaron a llamar.

Cuando empezaron las clases en la Universidad, nuevamente las dos amigas estaban en el mismo salón. Tamaña sorpresa se llevaron, cuando aquel primer día, vieron aparecer en la puerta a Alex, ambas lo miraron sorprendidas y él al verlas se acercó amablemente.

-Pero que pequeño es el mundo –dijo él mirando a Lizette y sin dejar de sonreír
-Si es verdad, el mundo es un pañuelo-
-No pensé encontrarte en el mismo salón, espero que me hayas perdonado.
-No te preocupes, todo ha sido superado –dijo ella, mirando incómoda a su amiga, que no le quitaba los ojos de encima al mozalbete.
-Para olvidar todo, saliendo te invito un heladito, ah y puedes traer a tu amiga si quieres– asentó Alex divertidamente, sin darse cuenta que Adriana, sintió la broma como una bofetada. De alguna manera se estaba sintiendo desplazada, al ver la preferencia por su amiga, del “chico de la puerta”, aquel que ya despertaba alguna ilusión escondida, en su aún voluble corazón juvenil.

Adriana nunca tuvo un enamorado conocido, ella de alguna forma, fue siempre la concubina de su mejor amiga y era la que la apoyaba, cuando la muchacha del cabello rizado tenía problemas del corazón. Era su confidente, su cómplice y la que se mojaba los pies, cuando su amiga no tenía el valor de pisar el charco de las dudas y las frustraciones. Su carácter, era muy extraño y llena de complejos, muchas veces hablaba de morir y de conocer el dolor, temas que Lizette nunca le dio mucha importancia.

Desde un inicio los dos muchachos se sintieron atraídos físicamente, pero ninguno marcaba la iniciativa. Para Alex le era difícil, decirle a Lizette lo que sentía, pues casi siempre estaba cerca de Adriana, quien hacía lo imposible por ocultar su sentimiento escondido y en más de una vez había intervenido de manera sutil y disimulada para que aquella relación no se consumase. Pero la rutina de los estudios y la convivencia amical, logró que el Puente de los Suspiros, en Barranco, sea el lugar donde se declararían su amor, una tarde de Octubre en que vieron el ocaso desde el acantilado, Alex le regaló una rosa roja, en recuerdo de aquel flechazo inicial que los unió por azahares del destino. Ella guardó la rosa, entre las hojas de su diario, aquel que guardaba celoso sus infinitas vivencias juveniles

Cuando Lizette le contó a Adriana, ella, lo tomó de manera sutil. Aunque en el fondo, era una puñalada a sus sentimientos ocultos, estoicamente fingió una alegría que no sentía. Desde aquel día, miraba y compartía con ellos su felicidad. Alex y Lizette eran la pareja ideal, caminaban juntos a todos lados y en la Universidad, eran conocidos como los tortolitos que disfrutaban su juventud y se prodigaban el amor, que nació en las aulas y que cada día crecía y los hacía inseparables. A su lado siempre estaba Adriana, participando con ellos, viendo como se amaban y siendo la eterna concubina de sus sentimientos compartidos.

Así pasaron dos años, Adriana amaba en silencio a Alex, se había enamorado desde el primer día que lo conoció. Pero fiel a su convicción de buena amiga, jamás dijo una palabra. Cada noche en su cama gruesas lágrimas alimentaban su desconsuelo. Así se acostumbró, a mirarlo como el hombre ajeno, el hombre que amaba con locura pero que jamás estaría a su lado, era el hombre que le pertenecía a su amiga, a su “hermanita” como la llamaba. Su corazón muchas veces se doblegaba, cuando Alex cariñosamente, le pasaba la mano por su cabeza, de manera natural, limpia y desprendida. Detalles, que ella valoraba en demasía, pero que contrastaban, con la guerra de sentimientos que tenía en el alma. Enfrentados, estaban, su amor incondicional y desmedido, contra la nostálgica resignación, a ser considerada simplemente: La querida amiga.

Las playas de Máncora, fueron testigos de horas felices para la pareja. Aquel verano fue inolvidable, Lizette y Alex, después de casi un mes de vacaciones, regresaban a Lima, envueltos en el embeleso de su juventud, de su amor incondicional y aquel sentimiento que se había cimentado en sus corazones. El celular de Lizette sonó para avisarle de un mensaje: “Adriana está grave regresa pronto”. El pálpito de que algo serio le pasaba a su mejor amiga, le estremeció el cuerpo. Un mal presentimiento, le había dado la señal que algo no andaba bien. El camino se hizo mas largo de lo normal, la angustia le quitaba la respiración y agitaba sus pensamientos.

Era 14 de febrero en el calendario, día de San Valentín. Alex y Lizette fueron a visitar a su amiga, que estaba internada en la clínica. Cuando llegaron encontraron a su madre Martha y algunos familiares en desgarradoras escenas de dolor. Al entrar a la habitación, solo divisaron la cama vacía y un jarrón con flores amarillas. Lizette con la mirada perdida, preguntaba que había pasado con su amiga.

-Que pasó señora, ¿donde está Adriana?
-Ella se fue hija, nos ha dejado para siempre-
-Pero ¿porqué?- preguntó sollozando y abrazándola
-Tú no lo sabías pero ella tenía un aneurisma que se complicó por los medicamentos que últimamente tomaba para el dolor de cabeza- le explicó
Alex abrazó a Lizette conjugando lágrimas de impotencia. La ventana, irradiaba las luces de neón de la ciudad que recién empezaba a sentir la noche y dibujaba en la pared, las siluetas de la pareja.
-Porqué nunca me lo dijo… yo era su mejor…
-Ella nunca quiso que ustedes lo supieran- interrumpió Martha
-Yo tenía fe que podría recuperarse, pero ella últimamente hablaba de querer morirse y que estaba muy enamorada, al principio, no quiso decirme de quien, hasta que encontré esto-
Martha se acercó a la pareja y sacó un libro desgastado –era el diario de Adriana- entre sus hojas estaba la misma rosa roja, que le regaló Alex y una foto del muchacho, que alguna vez fue de Lizette, detrás de la misma estaba escrito:

“El amor es vida, es felicidad, es ilusión y esperanza,
Pero también es sacrificio, es dolor y es muerte,
Si solo puedo verte y no puedo tocarte
Si solo puedo quererte y no puedo tenerte
Si solo puedo sufrir sin siquiera ilusionarme
Prefiero morir para poder dejar de amarte


Aquel mensaje, sin querer, los hizo sentir culpables. Se miraron por un instante, sin entender siquiera, que Adriana se fue muriendo de a pocos. Con cada momento de felicidad de ambos, en ella se apagaba su ilusión de vivir. Por cada instante alegre que compartían juntos, ella fue matando sus sueños y finalmente se dejó vencer por la muerte, dejó en silencio que fueran agonizando lentamente sus sentimientos, hasta no sentir latir más, a su atribulado corazón.

En aquella cama vacía, solo quedó el olor a flores, en el día de San Valentín. Adriana guardó la rosa roja, como una señal para inmortalizar la reflexión, que, cuando el corazón ya no tiene armas para enfrentar a la realidad o cuando el amar se vuelve una utopía en el horizonte lejano de las desilusiones, es posible que se pueda morir de amor, pero quizás resulte mas fácil el dejarse morir de amor por dentro.

viernes, 25 de enero de 2008

Devaneos insensatos

Ella dice que me ama, pero yo creo que en el fondo, solo me quiere. Ella dice que me necesita, pero yo creo, que aunque no lo reconoce, solo necesita de alguien, que quizás no sea yo. Ella me demuestra que soy importante en su vida, pero en ocasiones, me hace sentir tan pequeño y menoscabado. Ella juega muchas veces con mi paciencia, porque sabe, que a pesar de todo, de los dos, soy quien cede más. Yo le digo: El amor es entrega y despojo de muchas cosas de uno mismo. Ella me dice: El amor es sentirse amada y sobre todo importante. Yo pienso que el amor, tiene que ver con la libertad y el respeto del espacio ajeno. Ella piensa que el amor, es posesión al extremo y que, quien ama, le pertenece en cuerpo, alma y espíritu. A veces siento, que ella cree, que le corresponde, hasta mi propio pensamiento.

Ella me mira con extremado amor (mucho mas del que creo merecer), pero a veces, cuando explota su tolerancia, me clava la misma mirada, pero con enojo desmedido. Ella es linda cuando sonríe y se hace querida, pero resulta detestable, cuando intenta controlar mis sentidos. Ella es apasionada cuando ama y entregada con sus emociones, pero muy rencorosa cuando se siente traicionada. Yo, en el amor, soy un caballo desbocado, mi carácter es como un volcán impredecible, pero siempre es ella, con su amor infinito, quien endereza las riendas de mis sentimientos. Yo, soy un amiguero empedernido y amante de la vida social por excelencia; Ella, es recatada, ermitaña, amante de la soledad y el silencio. Yo, soy un energúmeno descortés, cuando se desatan mis impulsos y ella un huracán, que arremete con furia destemplada y pensamientos violentos.

Ella, fue una niña de modales amables y de familia acomodada; Vivió una infancia feliz y placentera. Yo mordí el polvo de la indigencia extrema, marcando en el pecho, la subsistencia individual; He vivido una infancia feliz, pero atribulada. Ella le puso un tiempo prudencial a su cautiverio maternal y quiso volar demasiado pronto del nido: Yo, siempre fui, un querendón entrañable y empedernido, apegado en demasía al calor, del hogar nativo. Ella marcó la pausa, cada vez que su corazón se sintió entusiasmado y vivió el amor apasionado, desmedido y prolongado. Yo, en cambio, caminé los senderos del amor furtivo, irresponsable y a veces demasiado incomprendido. Ella vino un día a mi vida, cuando mi corazón extrañaba alguna presencia cercana. Yo llegué a su vida, cuando su corazón era arrogante, pero se negaba a sentirse desamparado. Ella, vivió unida a un amor tempranero y dilatado, aún cuando deseaba sentir lo mismo, pero en brazos ajenos y prohibidos. Yo, adormitaba la pasión placentera, cobijando las caricias que encontraba, en cada lugar donde se quedaba a dormir, mi corazón errante y despreocupado.

Cuantas noches se han pasado sin sentirlas, cuantas de ellas han sido de tristeza. Cuantas mañanas despertamos, con ganas de salir volando por la ventana, y cuantas veces, nos entregamos a la pasión, sin mirar el reloj del tiempo. Cuantas veces, al mirarnos a los ojos, no pudimos, decir ninguna palabra amorosa y cuantas veces un beso hizo olvidar, tantas ofensas mutuas. Cuantas veces hemos reído y disfrutado de nuestra alegría y tantas veces terminamos abrazados junto al fuego. Tantas veces dijimos amarnos con delirio y tantas veces cubrí tu voz con un beso. Tantas veces dejamos pasar momentos felices y tantas veces, disfrutamos de aquello que ni siquiera planeamos compartirlo. Tantas veces te has quedado dormida entre mis brazos y tantas veces he huido, dejándote un beso en la frente, para poder mirarte cuando duermes. Cuantas veces, hemos llegado a herirnos con palabras y cruzado nuestras miradas indiferentes. Cuantas veces, nos hemos fundido en un abrazo, sollozando arrepentidos, cada uno en silencio.

No sé que guarde el destino para nuestras vidas, tampoco cuan largo se haga el camino para encontrarnos con los rostros felices. No sé cuanta hierba debe crecer en aquel parque, ni cuanto debe vivir el árbol de roble, donde dejamos nuestros nombres. No sé cuan grandioso sea el sentimiento, para aguantar nuestras vivencias y cuan fuerte nuestro corazón, para sobrellevar, estos devaneos insensatos. No se cuan grande sea este amor, como para morirse de tanto aburrimiento y renacer cuando lo creímos olvidado. No se cuanto dure este pensamiento melancólico y tampoco la razón por la que me asusta tanto.

viernes, 4 de enero de 2008

El gran susto de padre primerizo

Ya era tarde, la fiesta estaba en su esplendor. Nadie quiso que esperando el taxi, mi esposa sufriera un desmayo, tampoco que no tenga un teléfono cerca y menos acordarme del número para llamar a la ambulancia.



En una calle de muchas cuadras, la caseta del sereno, era lo mas cercano, sobre su mesita estaba su gastada Páginas Amarillas, sin las hojas de los planos, pero igual de útil. Cuando los paramédicos, dijeron que era un desmayo normal, pensé en la angustia vivida, en esa calle solitaria y con mi esposa de seis meses de embarazo, para mi primer hijo.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Un nuevo y mejor año

Las doce campanadas serán el augurio que este año se haya extinguido y con él se llevará todas nuestras vivencias, algunas alegres, pero también de las otras.
Quizás la efervescencia y el desenfreno sea el común denominador para recibir el nuevo año, pero talvez, no se repare en que cuando la resaca del fin de fiesta, nos dé un cachetazo en el nuevo día, tendremos que echar andar nuevamente toda la ilusión para buscar en el horizonte de la esperanza, que el nuevo año que se avecina, depare mejores cosas que las vividas, pero sin recapacitar, que solo es la continuación de nuestros pasos en el largo camino de la vida.

Por ello en el epílogo de este ciclo, solo nos queda voltear la mirada al pasado y dibujar una mueca de melancolía, para recorrer con el pensamiento todos nuestros rastros dejados en cada día y cada segundo en que apretujamos al corazón, para darle vida a cada vivencia compartida con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo.

En el final de este año he podido confirmar:

*Que ser bondadoso es más importante que tener la razón
*Que la vida es como un rollo de papel, mientras más se acerca su fin, mas rápido se acaba
*Que las pequeñas cosas de todos los días hacen la vida tan espectacular
*Que Dios no lo hizo todo en un día ¿Que me hace pensar que yo puedo?
*Que la mejor forma de crecer es rodearme de gente más capaz que yo
*Que las oportunidades no se pierden, alguien tomará las que dejamos pasar
*Que mientras menos tiempo tengo disponible, mas cosas termino
*Que no puedo decidir como me siento, pero si puedo decidir que voy hacer al respecto y
*La amistad, es una virtud de los mortales de corazón noble y el sentimiento sincero.













martes, 18 de diciembre de 2007

La última Navidad de Gabriel

Gabriel tiene la sonrisa retorcida y los ojos chinitos de color caramelo. Su mirada tiende a ser esquiva, y a veces lejana. El lunar que lleva cerca de la boca, le da un aire tierno, a su rostro pálido y adusto cuando anda de mal genio. Usa la cabeza rapada, mas por una cuestión de rebeldía, que por razones de estética. Gabriel no es muy alto, siempre fue flacucho y enclenque, pero conserva esa facha de niño travieso, irreverente para con su vestimenta y su comportamiento, carente a veces de límites. Cada vez que se mira al espejo, suele juguetear con su lengua, deslizándola por su lunar, acostumbra soplar su aliento y empañar el vidrio para escribir los nombres de sus amigos. Le encanta tenderse en el piso, desinhibido y sin perder la mirada en el firmamento, se pasa las horas contando las nubes al pasar, siempre dice, que cuando sea grande, será aviador, porque le gustaría tocarlas con sus propias manos y porque quiere saber como se ve todo desde arriba, además que podría conocer al mismísimo Dios y hacerle saber de sus muchas preguntas pendientes.

Gabriel vive en un albergue, no conoce otro hogar, tampoco otra familia. Sus amigos son los mismos y ha crecido con ellos. Con frecuencia solía mirar por la ventana, que tiene vista a la calle y retozando su ánimo siempre alborozado, lanzaba un grito desaforado a manera de saludo o burla, a personas que ni siquiera conocía. De cuando en vez les lanzaba algún objeto y su carcajada, contagiaba de un regocijo cómplice a sus compañeros, los cuales recientemente han aumentado considerablemente, sin que él haya reparado al respecto. Las travesuras que hacía, son cada vez menos frecuentes y aunque no le encuentra lógica a esa actitud, no le procura dar demasiada importancia y tampoco sintió algún tipo de remordimiento por ello.

Hoy, se dio cuenta que la Navidad estaba cerca, “falta poco para el 24” -se dijo en voz alta- conteniendo una tos media rara y mirando con ilusión el calendario, que tiene enmarcada la foto del Alianza Lima -el equipo de sus amores- al cual siempre le regala un beso, cuando sale de su cuarto. Un póster gigante de Reimond Manco –su ídolo juvenil- está pegada en la cabecera de su cama y guarda con cariño un recorte periodístico, cuando “Ñol” Solano, visitó el año pasado, el lugar donde hoy vive junto a otros niños como él. Acomodando sus recuerdos, meditaba en lo significativo era para con sus emociones estar a puertas de una nueva Nochebuena. Sus ojitos le brillaron de pícara ilusión, quizás porque involuntariamente preparaba su infantil regazo para albergar regalos, porque es lo que siempre ha conocido desde muy pequeño, el sentir el cariño de gente extraña y disfrutar aunque de manera esporádica, el calor de la Navidad y de paso sentirse un poquito feliz.

Gabriel va cumplir 10 años, aunque pareciera que tiene más, nunca entendió bien, porqué la vida le jugó tan mala pasada. En silencio percibe aquel sinsabor que le ha dejado conocer de cerca a la soledad, de vivir hoy en un lugar que no es su hogar, sin padres, sin hermanos y con una familia que no es la suya. Alguna lágrima traviesa le surcó el rostro cuando miró aquella gastada foto donde aparecía –aún pequeñuelo él- cogido de las manos de un hombre y una mujer, que aunque ya no recuerda bien como eran sus rostros, alguien le dijo alguna vez que eran sus padres, que Diosito se los llevó porque estaban muy enfermos y sufrían demasiado aquí en la tierra, eso le hace llevar a cuestas un vació que nunca pudo llenar, porque jamás concibió como pudieron dejarlo indefenso a tan temprana edad, sin ninguna explicación, para sus atribulados y extraños sentimientos.

Últimamente, cada vez que se agita demasiado se siente desfallecer, ha dejado de jugar el fútbol que tanto le gusta y hace varias noches que no ha podido conciliar el sueño, a veces intenta juguetear con la lengua por el lunar de su boca, pero un extraño escozor le produce una rara sensación de dolor. El otro día, mirándose al espejo, descubrió que cerca a la frente tiene una extraña marca roja que no entiende como, ni porqué apareció y anda preguntándose porque siente tanto frió y anda resfriado todo el tiempo. Mas tiempo se la pasa durmiendo, que jugueteando con sus compañeros y las respuestas que obtiene no lo han reconfortado. Guarda en el alma una extraña inquietud, que a menudo intenta desahogar aparentando una rebeldía escondida. Acostumbra tenderse al suelo, boca arriba, para mirar pasar las nubes, en ellas suele dibujar con el pensamiento y sin darse cuenta, ya van varias ocasiones, que se ha quedado dormido y cuando despierta, está más cansado que de costumbre.

Nadie le supo explicar, como sus padres contrajeron el SIDA y porque la muerte se los llevó temprano, cuando él recién llegaba a este mundo y no tuvieron oportunidad de siquiera enseñarle a dar sus primeros pasos o de compartir sus primeros años de vida. Nunca le pudieron explicar, porqué él también es seropositivo y porqué vive en una casa especial, donde hay madres e hijos juntos, donde las demostraciones de afecto y cariño a veces le resultan demasiado predecibles y reiterativas. Un lugar donde aprendió que la vida es muy corta, que la vejez no existe y que la muerte, es una perversa visitadora vestida de negro, aquella que se llevó hace un año a su entrañable amigo Pablito, de quien guarda con orgullo una medalla que le dejó como recuerdo y que carga a todos lados colgada al cuello.

Para Gabriel, quizás esta sea su última Navidad y como cada fin de año, el estruendo de la nochebuena será una nueva oportunidad de reflejar sus ilusiones perdidas en aquellas luces que se pierden en el firmamento, esta vez quizás no le alcancen las fuerzas para tenderse en el piso a mirar las estrellas y pasar las nubes. Cuando pase el desenfreno aprisionará a su cansado pecho, la medalla que le dejó Pablito y sus ojitos color caramelo le harán un guiño a la desventura cuando se cierren para siempre. Talvez ésa misma noche, los sueños de hacerse aviador se hagan realidad y pueda surcar los aires tomando la forma de un ángel y esa utopía que resultaba conocer a Dios, se haga realidad en un sublime instante.

Gabriel desde muy chico, dejó volar su imaginación y sus sueños, aquellos solo le alcanzaron para refugiar sus lamentos en la ingrata, como injusta resignación a sucumbir ante lo inverosímil que resulta heredar las aventuras atolondradas de sus progenitores. Jamás pidió venir a éste mundo, ni quiso irse tan rápido, pero acaso si algún culpable de su destino existiera, sea la vida misma, que se vistió de infortunio y no le dio la oportunidad de disfrutar de una noche buena, en el calor de un hogar y alcanzar su más caro anhelo, que era seguir viviendo.