sábado, 14 de junio de 2008

Los padres ausentes

Es sábado por la mañana y el sol se ha posado de manera coqueta en la ventana de mi cuarto, en la TV está hablando un psicólogo sobre una noticia que me llama la atención. Edson Arantes do Nacimiento o “Pelé” –dice el doctor con un gesto de experto conocedor del tema- con toda la popularidad que le dió el fútbol, tuvo que ponerse frente a la prensa mundial, para aceptar que su hijo Edinho, su engreído, debía purgar condena en la cárcel por trafico de drogas -un video con fotos acompaña sus palabras- el Rey del fútbol –pone énfasis- se vio obligado a confesar, que en su vida obtuvo la fama y el dinero que quiso, tiene los amigos mas influyentes y viajó por el mundo entero, pero lo único que nunca tuvo, fue TIEMPO –vuelve a resaltar- para brindarle a su hijo.

Refugio mis ojos en la mirada apesadumbrada del ex futbolista, pienso por un instante como a veces ni el dinero puede solucionar temas que aparentan no tener importancia, pero que marcan para siempre nuestras vidas de padres.

Me levanto despacio y voy en busca de Franco, mi hijo mayor.

-Hola fiera, ¿cómo dormiste?-
-Bien papá- me responde con sus ojitos aún adormitados
-Levántate, acompáñame a trotar un rato al parque, compramos de pasada el pancito para el desayuno- le digo destapándolo un poco.
-No papá, anda tu solo- me suelta su frase con desgano
-Vamos hijo, no seas flojo, hace un rico sol- lo apuro para sacarle una sonrisa
-No papá, mas tarde, tengo sueño- me dice fastidiado y tapándose la cara abrumado.

Me retiro un poco incómodo, Sergio, mi hijo menor, está durmiendo profundamente, decido no despertarlo. Cuando voy por el parque, algunos padres juegan con sus hijos -ninguno pasa de los 6 años- y recuerdo cuando los míos tenían esas mismas edades y les satisfacía caminar de mi mano. Pienso en el tiempo que se fue pasando tan rápido, hoy Franco ya tiene 12 años y ha comenzado a independizarse en sus ideas y su comportamiento, talvez no de la manera como hubiera querido, pero trato de entender que es parte de la edad y los tiempos modernos que vivimos.

Sentado en una banca está Pepe, él es médico y tiene un hijo de la misma edad del mío, Pepe es pediatra y hoy tiene una niña hermosa de tres años, ha salido al parque temprano y descansando su alegría, se divierte mirando correr a su pequeña, me invita a sentarme a su lado.

-Hermano, los chicos de hoy ya no son los de antes- me dice, cuando le comento algunas cosas de mis hijos que resultan comunes entre nosotros.

–Antes nuestro hábitat estaba en la calle, allí nos ensuciábamos la ropa y aprendimos a cuidarnos solos, hoy el ambiente de ellos está cercado entre cuatro paredes, sus mejores amigos son la computadora, la TV y el Play Station, son otros los tiempos y me preocupa que sin damos cuenta, estamos criando niños sedentarios y futuros adultos con problemas de salud-

Comentamos que los padres requieren de tiempo disponible y también demasiada paciencia para sobrellevar el crecimiento de los hijos. Su hermano Alberto, que es psicólogo, alguna vez nos dijo, que los padres de hoy se separan en dos sectores: Los que creen ser buenos padres y los que pretenden ser comprometidos, mientras que el primero predica la orden como evangelio y hace sentir su autoridad, el otro asume la flexibilidad como argumento, delega responsabilidad y se hace amigo de su hijo. Pero en ese intento, a ambos les falta tiempo y no se percatan en que momento, se genera una distancia con ellos.

Cuando conocí a Henry, un amigo entrañable, ya tenía a Gabriel, su engreído, que hoy anda por los 17 años. Siempre admiré lo dedicado y amoroso que era con su familia, pero los azares del destino les golpearon sus vidas y hoy se encuentra divorciado Su hijo Gabriel vive en España con su madre y la última vez que pudo verlo, ha sido hace 4 años cuando viajó a visitarlo por navidad. Hoy el vínculo mayor que Henry puede transmitirle a su hijo es a través del Internet, casi todas las noches se conectan virtualmente por el Messenger en una rutina que logra disipar las preocupaciones, pero que no consiguen llenar el vació espiritual y físico que le queda en el cuerpo, cada vez que apaga el computador.

-Anoche lo llamé por su cumple y le dije cuanto lo quiero, cuanto lo extraño, pero él, lejos de hacerme sentir contento, solo estaba preocupado por terminar de charlar rápido conmigo, para irse a una fiesta con sus amigos-
-Es que Gabriel ya es un jovencito, casi un hombre- le digo calmando su insatisfacción
-Si, quizás antes era diferente, pero te confieso que eso me afectó mucho-
-Lo entiendo, debe ser complicado ver como tu hijo crece lejos de ti-
-Al menos tu tienes a tus hijos cerca, a mí me duele mucho no estar a su lado, justo ahora cuando se va haciendo hombre-

Hace cinco días que mi hijo Franco no ha dormido en casa, ha tenido que ir a un convivio del colegio y es el tiempo más largo que ha pasado lejos de nosotros, su madre ha disimulado su arrebato cobijando sus afectos desmedidos con Sergio, nuestro hijo menor, así han sobrellevado la ausencia con tranquilidad. Es viernes y he salido del trabajo para encontrarlo en casa de regreso, antes lo llamo por teléfono para saludarlo, pero sus respuestas son escuetas e inmutables. Cuando llegamos a casa, lo encontramos cansado, su abrazo resulta abreviado y lo poco que nos habla, lo hace más para complacernos, porque ya no desea mas interrogatorios. A la mañana siguiente, se despierta de mejor ánimo, nos cuenta con detalles como la pasó fuera de casa y compartimos una charla familiar muy amena.

-Hijo, quiero que sepas, que tu madre, tu hermano y hasta Reynita –nuestra mascota- te hemos extrañado mucho, pero esto es el inicio de algunas cosas que son parte de tu crecimiento-
-Si papá lo entiendo- responde lacónicamente
-De verdad que te echamos mucho de menos- le digo mirándolo a los ojos
-Yo también los extrañé, porque aunque estuve con mis amigos, ustedes son mi familia- me responde

Me quedo pensando que debo acostumbrarme a sus cambios de estado de ánimo, tan recurrentes y perturbadores. Creo que de alguna manera estamos preparando el camino, para cuando nuestras ausencias se hagan mas largas y la distancia, se convierta en esa barrera imaginaria que se oponga a nuestros deseos de querer estar cerca y compartir nuestras vivencias.

Hoy encontré a Miguel, un amigo de la infancia, me hablaba de sus hijos adolescentes. Miguel labora para una empresa transnacional de renombre y aún cuando hoy tiene una buena remuneración, siente que el dinero y la buena posición, no le han podido devolver el tiempo que perdió, cuando por lograr un ascenso, se pasó muchas horas dedicadas al estudio y el trabajo.

-Siempre llegaba a casa tarde y los encontraba durmiendo, cuando quería aprovechar un fin de semana tenía clases y se pasaban muy rápido- me dice él, reflejando en sus ojos una nostalgia que me llama la atención.
-Bueno la vida de hoy exige eso y a veces se deben hacer muchos sacrificios-
-Si pero yo me pregunto: Quien te devuelve ese tiempo que no compartiste con tus hijos?-
-Creo que los padres hacemos todo lo posible por darles bienestar-
-Seguro, pero estos tiempos que vivimos, son diferentes a nuestra época hermano, ahora mi hijo solo sabe pedirme cosas y al igual que mi hija ya andan con enamorados, el trabajo no me da tiempo para estar mas cerca de ellos y casi no obedecen a su madre-
-Siempre el tiempo es el factor primordial- le digo notando preocupación en sus ojos
-Así es hermano, ellos tienen todo, pero te confieso que a veces, me siento tan ausente de sus vidas-

Es muy serio el papel que nos toca a los padres hoy en día. Como hijos que fuimos quizás añoremos aquellos días en que nuestra infancia y luego nuestra adolescencia fue románticamente compartida, cuando mirábamos la novela o el fútbol en el único televisor de la casa o cuando salíamos a jugar en la calle y regresábamos para la hora del almuerzo con el sudor y la ropa impregnada de esa satisfacción de sentirnos libres y felices. Hoy soplan otros vientos, nuestros hijos viven una época distinta, con medios tecnológicos propios de la modernidad, que los alejan del valor sentimental de las cosas, coexisten saturados de mensajes alienantes que tienden a tornarlos algo indiferentes para con el sentimiento. Quizás allí radique nuestra lucha diaria como padres y se requiera darles todo el afecto posible, para que se sientan queridos y respetados, pues debemos aceptar que durarán cada vez, menos tiempo a nuestro lado.

Por más cerca o lejos que estemos de sus vidas, existirá un momento en que nos sentiremos alejados de su presencia, ellos como hijos intentando mostrarnos su independencia y nosotros como padres, queriendo revertir las circunstancias, quizás cuando decidamos hacerlo, ellos hayan crecido demasiado rápido y se habrán marchado lejos. Quizás la distancia puede ser física, pero ese tiempo que siempre nos falta, sin quererlo siquiera, podría convertirnos en padres ausentes, aun teniendo a nuestros hijos cerca.

sábado, 10 de mayo de 2008

Mi joya mas valiosa

La mujer embarazada, esperaba su primer hijo, sus horas habían transcurrido de manera tranquila, ya estaba en los últimos meses y su ilusión crecía tanto como su barriga. Ella, había hecho muchas oraciones para que la bendición de Dios ilumine su precario hogar que recién se estaba formando a punta de esteras y adobe. El esposo acomedido acariciaba el vientre de su mujer con devoción, mientras apuraba sus fuerzas para plantar la última estaca que daría forma a la puerta de su casa. Así se fueron transcurriendo los días, entre la alegría que encontraban cuando el sol calentaba sus cabezas y la tranquilidad que descubrían cuando abrazados, esperaban que la noche los cubra, a la luz de una vela que alumbraba su esperanza.

Eran los días en que la mujer embarazada, se esforzaba por ayudar a su esposo, a costa de que cada vez tenía menos fuerzas, para caminar, incluso para respirar. Fue el destino o la fatalidad vestida de infortunio, que un día de esos que no se quieren recordar, cuando la mujer embarazada, quiso perseguir a un pollito escurridizo, trepó a la parte alta del techo y este no resistió el peso, viniéndose con ella al piso. Fue un milagro el que no le costara la vida de ella y de su hijo que llevaba en el vientre. Después del susto, ella siguió sus días de dulce espera, un par de meses después alumbró un hermoso varoncito, al que llamaron Eduardo, quien desde que nació presentó algunos problemas de salud, producto de aquella caída que no lo dejaron vivir mucho tiempo. Un día de otoño gris, en los brazos de su madre, cerró sus ojitos para siempre, dejando a la pareja y sobre todo a la madre, sumida en la tristeza y el desconsuelo.

Yo no conocí a mi hermano Eduardo, su corta vida me la contó mi madre, que nuevamente salió embarazada y me trajo al mundo una noche de octubre, cuando los dolores del parto casi le arrancaban la vida. No alcanzó llegar al hospital y fue la cama donde había dejado su corta vida mi hermanito, donde quiso Dios que ella vuelva a sonreír y sentirse bendecida con la llegada del hijo añorado, el que calmaría su tristeza. Desde el primer minuto de existencia, ella me brindó los cuidados más extremos que se pudieran concebir, su instinto sobre protector, fue mas allá de su propio amor maternal. El temor de volver a perder otro hijo, la hizo sentirse demasiado vulnerable y veía en mi, su esperanza de volver a sentirse viva, pero al mismo tiempo la asaltaban muchos miedos escondidos y aplicaba afiebrados conceptos del cuidado excedido para un niño normal.

Desde muy pequeño, sentía que la devoción que mi madre me brindaba era exagerada, incluso cuando llegaron mis dos hermanos Miguel y David, con todos fue igual, pero de manera mucho mas marcada lo sentía para conmigo, más aún cuando mi padre, un día se dejó envolver por devaneos insensatos y se marchó de la casa. Mi madre desde ese instante refugió en sus hijos, toda su atormentada soledad. Cuando la adolescencia tocaba las puertas de mi autonomía perturbada y el fútbol ocupaba todos mis pensamientos o el rock caliente del grupo Kiss, me envolvía con frenesí, mi desenfrenada vivencia juvenil, mi madre siempre sacudía mis pensamientos.

-Hijo ¡ya basta de fútbol!... todo el día estas en la calle tras una pelota-
-Ya mamá no te preocupes tanto-
-Es que hijo sino estas en la pelota estas con tus amigos roqueros- me increpaba fastidiada
-Pero mamá es lo que me gusta, no te preocupes-
-Es que en la calle te puede pasar algo hijo, no quiero ni pensarlo-
-Ya mamita no seas exagerada- le respondía con frecuencia
-Es que tu no puedes entender lo que yo siento como madre- me decía ella con su mirada pintada de clemencia.
-Si mamá pero no exageres tanto-
-Es que yo los quiero tanto hijos, ustedes son mis joyas mas preciadas-

El tiempo se ha pasado más rápido de lo que hoy apuren los recuerdos, cada vez que el tiempo y la responsabilidad familiar lo permiten, voy a visitarla y en cada abrazo que recibo, pareciera que fuera el último, siempre que suelo besar su frente, ella me susurra al oído “mi hijo querido”, “mi joya más valiosa”, siempre me recibe igual que cuando era un niño o joven irreverente, siempre me brinda su regazo, con ese amor que cala mis entrañas y me hace sentir a su lado, un ser tan simple e intrascendente.

Dicen que los nietos son para los abuelos, la prolongación de sus hijos y en muchos casos la reencarnación de ellos, incluso suelen hacer muchas cosas que no hicieron o pudieron para con sus propios hijos. Siento una nostalgia ajena, distinta y paradójica, cada vez que miro como mi madre juega con los cabellos de Franco, mi hijo mayor y acaricia el rostro de Sergio, el menor y más cariñoso. De alguna manera veo reflejado en ellos, aquellos tiempos en que mi madre amparaba sus penas, brindándonos su amor infinito. Me recorre un extraño escozor cuando la veo con sus cabellos blancos y su rostro cansado por los años, con sus ojitos pardos y su mirada limpia. Cuando me regala esa sonrisa tímida pero tan divina, que me cala los sentidos, cuando abraza a sus nietos y los apretuja contra su pecho, como hacía con sus hijos, cuando eran suyos y hoy ya cada uno alejados y con distintos destinos.

Hoy la vida me pone a prueba, cada vez que la veo, la siento más débil y a veces más triste, en cada abrazo que nos brindamos, mi corazón late mas aprisa y el de ella se escucha fatigoso, doliente. Su lucha tenaz contra los años y los males que la aquejan, la van minando y haciendo que cada día tenga menos ganas de levantarse y cuando me sonríe lo hace de una manera melancólica, tratando de asolapar su dolor interno. A veces me vienen extraños presentimientos, me asusta pensar que cuando despierte, no la pueda volver a ver. Cada noche le rezo a Dios para que permita aliviar sus males y la proteja cada instante cuando las sombras ocupen sus pensamientos, para que alargue el tiempo que la pueda tener cerca, para que me deje la oportunidad de decirle cada día, cuanto la extraño y cuanto la adoro.

Mirando el rostro de mis hijos, me vino a la memoria, aquellos tiempos cuando niño, mi madre me brindaba su protección desmedida, hoy la historia parece repetirse, cuando miro a mi esposa, atenderlos con devoción extremada y sobre protegerlos con su amor desbocado, pero tan sincero y admirable, quizás sean distintos los tiempos y los temores sean mayores, pero admiro tanto ese amor que ella les profesa que ahora en el otro lado del río, como padre sensible, ante ese sentimiento maternal inigualable, me siento tan igual de insignificante a su lado, como cuando era aun un mozuelo y tenía a mi madre cerca.

En mi ser, guardo la esperanza, que mis hijos por siempre sean agradecidos de tener la madre tan preocupada por ellos y que aunque el tiempo se lleve sus vivencias y los años nos sometan a quedarnos débiles e inseguros, cada vez que abracen a su madre, sientan el mismo amor que cuando niños, porque es la ley divina, la de intentar ser cada día mejores hijos, por ende mejores padres y forjar seres humanos agradecidos a Dios de tener una madre que a pesar de todas las circunstancias adversas, siempre nos espera con sus brazos llenos de amor.

-Hijo, cuidate mucho, no hagas desarreglos..- me dice mi madre amorosa al despedirse
-Ya mamá tu también cuídate, toma tu medicina, el domingo vengo con los chicos para almorzar juntos-
-No te preocupes hijito, haz tus cosas con calma- me responde
-Te quiero mucho mamita- le digo cuando ella besa la cabeza de mis hijos y los acaricia acomodándoles la ropa
-Ay hijo, a veces quisiera que Dios me dé mas vida para ver crecer a mis nietos-
-Yo rezo todos los días mamita para ello suceda-
-Mi “corazone”, alma de mi alma, mi joyita preciada- me dice ella abrazándome fuerte y a mi se me hace un nudo en la garganta en esta despedida, que no sé si sea la última
-Chau mamita linda- le digo besando su frente

Una vez mas me alejo de su tibio regazo para emprender mi rutina familiar, una vez mas la dejo allá lejos de mis ojos, pero muy cerca de mi corazón y mi pensamiento, allá se queda mi madre adorada, mi joya más valiosa.

viernes, 7 de marzo de 2008

La mujer perfecta

Es octubre y han pasado tres días de mi cumpleaños. Juan Carlos, un íntimo amigo de infancia, que se hizo policía, me acompaña a la casa de Manuel, promoción del colegio, que ese día celebra sus 24 años. La fiesta está en su esplendor, la música espectacular y nosotros con otros amigos, estamos en un rincón, hablando de fútbol, pero sobre todo de mujeres. Cada chica que miramos o sacamos a bailar, es el punto de referencia para el comentario posterior. Es una conversación típica de jóvenes inexpertos que se quieren dar de sabelotodos y rompecorazones. Algunos con relatos verdaderos y otros, no pasan de traviesos embusteros.

-Para ustedes, ¿cuál es la mujer perfecta?- pregunta Manuel, un tipo divertido, seductor por excelencia y muy pegado a las relaciones pasajeras.

Juan Carlos y yo nos miramos medio extrañados y sin ninguno de los dos tener una respuesta adecuada.

-No sé si en verdad la encuentre- respondí apresurado- quizás, pueda que exista alguna que te pueda llenar los ojos, pero ¿perfecta?... no sé
-No existe “brother”, todas tienen muchas virtudes, pero también muchos mas defectos- dijo contundentemente Juan Carlos, abrazando mi hombro.
- ¿Están seguros que no existe?- dijo Manuel sonriendo maliciosamente
-Bueno eso creo, depende a que le llames perfecta ¿no?- acoté
-Amigos míos, la mujer perfecta si existe y les voy a dar el mejor ejemplo- dijo él, dirigiéndose a la puerta, por donde ingresaba una rubia espectacular, de pechos prominentes, un cuerpo de diosa y cara angelical. Manuel fue a su encuentro.

-Amigos, les presento a mi enamorada Steffany, la chica 10 puntos, la mujer perfecta-

Juan Carlos y yo la saludamos. Ela ruborizada y todo, se veía mucho más linda. Solo atinaba a sonreír. De todo lo que compartimos esa noche, dudamos la forma en que Manuel la pudo conquistar. Juan Carlos no dejó de mirarle los pechos y yo me subyugué ante su blonda cabellera y su cara de muñeca. En realidad era la chica soñada, la que solo se veía en la TV.
Después de casi un año de aquella noche, Manuel y Steffany, se casaron. A todos nos pareció raro, porque en nuestras conversaciones, el tema del matrimonio, era un pecado mortal. Pero era el sueño cumplido de nuestro amigo Manuel. Un tipo que siempre había caído rendido ante la belleza física de una mujer. Esta vez se había casado –según él- con la mujer perfecta.

Es el mes de Marzo y en la casa de Juan Carlos celebran su cumpleaños. Ha pasado mucho tiempo, mis amigos y yo enrumbamos por distintos caminos, distintos destinos. Esta vez cada uno asiste acompañado de sus esposas o sus parejas actuales. La reunión es distinta, la conversación también. Las mujeres se han juntado en un rincón y empieza la clásica tertulia del chismorreo respectivo. Los hombres, apartados de ellas, empezamos a charlar de fútbol, de política, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de aquellos grandes recuerdos que nos quedaron de los tiempos idos.
Manuel ha llegado a la fiesta, con su esposa, que recién conozco esa noche y que no es Steffany (Su matrimonio con ella duró pocos meses y no tuvieron hijos). Juan Carlos los recibe y cuando ella se aleja para juntarse con las mujeres, me susurra al oído. “Esta si es la mujer perfecta”. Alcanzo a mirarla y distingo su rostro cándido, pero no tiene la belleza cautivante de Steffany. Le pregunto a Juan Carlos la razón de su afirmación. Él solo sonríe y me señala con la nariz a Manuel, quien se da cuenta que es aludido y se acerca con ese aire victorioso de siempre, tan suyo y propio de su personalidad. No dice nada, solo sonríe.

-Por si acaso ya está cerca el día de la mujer- ha dicho Mariana, la esposa de Juan Carlos, soltando una risotada y agregando bromas adicionales que todos celebran con beneplácito.

-Muchachos habrá que llevarlas algún sitio ¿no?- dice Juan Carlos, riendo y brindando con su copa en la mano.
-Salud por el día de la mujer entonces, la “mujer perfecta”- dijo Manuel mirando a su esposa, que lo observaba a lo lejos.
-Yo sigo convencido que no existe hermano, la “mujer perfecta” solo está en los sueños de cada hombre- afirma Juan Carlos
-Yo creo que una mujer debe ser, bella por fuera, pero mas importante es como es ella por dentro, lo de afuera se acaba, se esfuma, lo de adentro perdura toda la vida- se explayó Manuel.
Al tocar su vaso con el mío, no dejo de mirarlo a los ojos, como queriendo encontrar una aclaración a sus palabras. Él solo sonríe

Pepe, nuestro amigo al que siempre lo consideramos el mejor de la clase y hoy un padre ejemplar, hace mención que, al margen de la belleza física, en una mujer vale lo espiritual. Él y su familia son muy religiosos y cree más en la sinceridad de las personas, que en la propia hermosura física.

-Todo va de la mano, creo que todo entra por los ojos y también debe tener su dosis de carácter, ¿no dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer?... para eso, debe tener algo de perfección ¿no?- opina Joaquín, un gordo bonachón y belicoso como él solo.

-La mujer perfecta, solo la podría comparar con mi madre, a ella la pongo en un pedestal- dice Pablo, un amigo que conocimos ese día y que entró a la conversación.

Henry, un amigo entrañable, divorciado él, interviene diciendo -No existe la mujer perfecta. Y a Dios gracias que no exista, sino el conquistar y amar a una mujer no sería algo tan adorable.
Es una fantasía que se contrapone a la naturaleza misma del ser humano “imperfecto”. Quizás lo mas cercano a la realidad sea una “mujer ideal”. Buscar alguna que lo entienda y eso sea tan difícil que no valga la pena intentarlo y sea mejor limitarse a quererla o dejarse querer.

-Hermano, es aquella que está cuando la necesitas, la que se va cuando quieres estar solo y la que en vez de pedirte plata, te da tu “regalito”, esa es la mujer 10 puntos, la perfecta- interrumpe Fernando, un amigo de Juan Carlos, también divorciado. Todos nos echamos a reír a carcajadas

-La mujer perfecta no existe hermano, todas tienen sus defectos y virtudes, pero una mujer ha nacido para joder, si no jode es hombre- finaliza Juan Carlos y todos volvemos a soltar risotadas que nuestras parejas advierten y solo atinan a comentar bajito. No se percatan que los hombres discuten por encontrar la definición exacta, a la “mujer perfecta”.

Por un instante, me quedo en el limbo. Me acuerdo de mi madre. Con sus ojitos llenos de bondad y su sonrisa de ternura infinita. Sus cabellos blancos, llenos de experiencia y sabiduría. Su rostro cansado por lo años, que dejan notar surcos que las vivencias le dejaron huella. Demasiada tristeza que nunca quiso compartir. Jamás tuvo algún reproche, ni rencor, para con alguien, ni para con la vida misma. Ni siquiera a mi propio padre, cuando alguna vez, decidió abandonar el nido. Ella sobreprotegió desmesuradamente a sus “Joyas mimadas” como nos llama hasta hoy. Su caridad sin límites, un legado que marcó mi existencia. Siempre eligió quedarse sin nada y ofrecerla a quien lo necesita. Cada vez que la escasez afloraba, era ella con su sonrisa de ángel, quien nos apaciguaba con su “ya Dios proveerá”.
Cuando pasaba su mano por mi cabeza y sosegaba mis emociones. Su serenidad a la más absurda de mis travesuras. Cuando ya rebelde adolescente, me corregía con rigor, veía que con cada chicotazo, le brotaban lágrimas, que de seguro le dolían en el alma, “Es por tu bien” me repetía. En ese momento, solo sentía ira. Pero fueron los años -sabios consejeros- los que me hicieron recapacitar de muchas cosas, algunas irreversibles. Su vigor impresionante. Su amor perdurable en el tiempo, que ha logrado que la adore sin medidas y cada vez que la veo, agradezca a Dios, por permitir que aún pueda abrazarla y sentirme orgulloso de admirarla como una mujer casi perfecta. Quien sabe, el único defecto que tiene, es ser, demasiado bondadosa y buena.

Volteo la mirada y me encuentro con el rostro de mi esposa, que me mira complaciente. Sus dedos juguetean con su cabello ensortijado, que siempre me encantó de ella. Sus ojos vivos y encendidos, dejan expresar su amor desprendido, que me hacen sentir demasiado privilegiado. Quizás porque a veces pienso que no soy yo, quien ella se merezca. Creo que la necesito para sentirme bien, aunque me sienta agobiado, cuando su amor, se hace una ola gigante de vacilación y nos afloren devaneos insensatos, que resquebrajan los sentidos. Me hace feliz, cuando está contenta, serena y entusiasmada. Cuando se siente segura de si misma y se hace tan fácil amarla. Admiro su inteligencia y ese orden para tener todo en su sitio, con ese aire autosuficiente que la hace relevante. Ella es dulce en los tiempos de calma, pero es un huracán titánico, cuando el enojo mancha su mirada y sus pensamientos se alejan de la razón. Es de aquellas mujeres que se entregan a lo que quieren y que no descansan en el intento de lograr lo que se proponen.

Me encanta cuando me repite las cosas que me decía cuando empezamos a querernos. Cuando me replica que el amor está en las cosas pequeñas de todos los días y como me subyugo ante su ímpetu, que complementa mis dudas y que nos han hecho fuertes en el tiempo.
La miro con ojos de melancolía, evocando que el azar entrecruzó nuestros destinos y que fue el tiempo y nuestras vivencias, lo que nos hizo amarnos y aceptarnos tal y como somos. Admiro su fortaleza, aquella que me demostró cuando para darles la vida a nuestros dos hijos, ella se tuvo que morir un poco. Aquellos momentos trascendentales que me marcaron, que me hicieron quererla demasiado y admirarla con devoción. Aquellos momentos en que me sentí tan insignificante, tan simple y el mas débiles de los mortales. Mi amor y admiración por ella fue tan grande, como la misma perfección divina, que significó el nacimiento de mis amados hijos.

Miro a mis amigos y pienso que la búsqueda de la mujer perfecta siempre será una utopía, un paradigma para todos los hombres, porque todos de una u otra manera siempre estamos buscando la perfección. Que involuntariamente, a veces buscamos a una mujer que se parezca a nuestra madre. Para reflejar en ella la exquisitez de sus virtudes. Pero que en el fondo buscamos alguien que nos haga sentir que no solo existimos, sino que vivimos intensamente.

-Y ¿tu?, te quedaste callado, ¿que opinas?- me lanza la pregunta a boca de jarro Juan Carlos, sacándome de mi letargo.

Yo los miro a todos, distraigo la mirada y solo atino a decir:

- Lo que existe es la perfección y es imposible lograrla, pero la “mujer perfecta”, la ideal para un hombre, sin darnos cuenta, puede ser que esté muy cerca nuestro, mirándonos, amándonos en silencio o abrigando nuestras desventuras, quien sabe hasta duerma con nosotros. De pronto nos esté faltando a los hombres, el coraje de empezar, a tratarlas como tal.

-Salud por el día de la mujer- digo elevando mi vaso y mirando donde están ellas

-Por la “mujer perfecta”- responden todos.

sábado, 23 de febrero de 2008

Amarillas en mi vida (La premiación)

Era una tarde de Diciembre, cuando navegando en la web, encontramos un particular aviso que hablaba de un concurso, para contar en 100 palabras (ni una mas ni una menos) alguna anécdota en la cual haya sido importante el uso de las Páginas Amarillas. Al principio me pareció muy singular el concurso, pero también muy divertido, además que estaba dirigido a los Bloggers, aquellos mortales –del cual formamos parte- que de alguna u otra manera han encontrado la oportunidad de construir en la web un portal personal, donde expresar aquellos pensamientos perdidos, unidos a sus sentimientos mas escondidos, de manera libre y extrovertida, exponiendo ideas y puntos de vista de temas diversos.
-De seguro van a entrar muchísimos post- me dije para mis adentros
-Pero nada pierdes en el intento- me respondió una voz interior

El día 14 de febrero, ha sido la premiación. Nuestro post fue considerado en el sexto lugar (el último en orden de mérito), pero al margen del puesto ocupado, nos ocupa el mérito de todos los participantes, cada uno con una historia valiosa como divertida. Ha sido una linda experiencia de conocer otros Bloggers y saber que cada uno de ellos trata de expresar lo mejor de uno mismo y compartir su talento, de alguna manera u otra, un Blog refleja la personalidad del ser humano, que se encuentra detrás del teclado.

El agradecimiento a Páginas Amarillas, por esta oportunidad de poder llegar a mas personas. Por permitirme compartir con mis dos fieras, el premio de este iPod que se lo ganó el padre, pero que el uso se lo disputan entre ellos. Pero sobre todo agradecer la ocasión de poder conocer y admirar a los amigos, que fueron premiados por sus Blogs y de su experiencia con las Páginas Amarillas, que de seguro ya forma parte importante de sus vidas.

Detalles del concurso en: http://www.amarillasenmivida.com/


martes, 12 de febrero de 2008

Una rosa por San Valentin

Lizette tiene los ojos almendrados, su blonda cabellera ensortijada le da un aire esplendoroso a su rostro, que tiene la blancura inmaculada de la inocencia. Su sonrisa es amigable y encantadora, es de corta estatura, pero su figura es contoneada y a pesar de ser muy joven, se le ve una chica muy atractiva. Físicamente se parece mucho a su madre, su eterna compañera, encubridora de mil y tantas aventurillas infantiles, quien al mirar con nostalgia a su “bebita” -como ella la llama- puede darse cuenta que se ha convertido en toda una mujer.

Adriana, es la mejor amiga de Lizette. Es una chica de buenos modales, aunque no muy agraciada, su cabello negro azabache resalta los rasgos orientales de su rostro y su figura es delgada, frágil. Desde niña tuvo problemas con su peso, siempre fue un trauma para ella, pues era objeto de constantes burlas. Cuando los años le dieron luz a la pubertad y la adolescencia les tocó la puerta, las dos amigas eran inseparables. Las vivencias juveniles forjaron un solo sentimiento y sus afinidades eran las mismas. Cual si fueran dos hermanas, se llevaban de la mejor manera. Cuan distintas físicamente una de la otra, aquello nunca fue obstáculo para su vínculo amical y muchas veces compartieron el mismo dormitorio, sus padres eran muy activos con sus reuniones familiares donde ellas participaban a menudo.

Lizette conoció a Alex una mañana de Enero, cuando él entraba a la secretaría de la Universidad y ella acompañada de Adriana salían de terminar el trámite de inscripción y casi por casualidad, o por azahares del destino, al abrir la puerta, él no pudo evitar golpearla.

-Sorry amiga, disculpame, estás bien?- le preguntó Alex- abriendo sus grandes ojos pardos intensos y tomándola del brazo.
-Si... si... no te preocupes, no fue nada -dijo ella nerviosa- mirándolo fijamente y permitiendo que las manos del chico, tocaran un instante su adolorida extremidad, lo cual la hizo estremecer.
-Soy un tonto, no me di cuenta –
-No fue nada, de verdad- dijo ella nerviosa
-¿En serio?... que tonto he sido… sorry, no pude evitarlo...
-No digas eso, no te preocupes-
-Bueno, me perdonas entonces- dijo Alex mirándola fijamente

Lizette, solo atinó a tomarse el brazo y sus ojos claros se refugiaron en la mirada del muchacho, que le brindaba una tenue sonrisa, la misma que encontró complicidad con el de la bella chica, que desde ese instante quedó prendada de aquel porte atlético, el cabello lacio y largo del chico, que le daban un aire de fresca irreverencia adolescente.

Desde aquella primera vez, Lizette no había podido olvidar a Alex, frecuentemente solía recordar su mirada y la sonrisa de ese rostro bronceado por el sol limeño. Pero ese detalle también había sido similar en Adriana. Después del incidente, charlaron sobre el muchacho y coincidieron en que a las dos las había impactado su cortesía y amabilidad, pero por sobre todo su atractivo físico. A pesar que cada una se guardaba para su intimidad el real sentimiento, que les había influido “el chico de la puerta”, como ellas lo empezaron a llamar.

Cuando empezaron las clases en la Universidad, nuevamente las dos amigas estaban en el mismo salón. Tamaña sorpresa se llevaron, cuando aquel primer día, vieron aparecer en la puerta a Alex, ambas lo miraron sorprendidas y él al verlas se acercó amablemente.

-Pero que pequeño es el mundo –dijo él mirando a Lizette y sin dejar de sonreír
-Si es verdad, el mundo es un pañuelo-
-No pensé encontrarte en el mismo salón, espero que me hayas perdonado.
-No te preocupes, todo ha sido superado –dijo ella, mirando incómoda a su amiga, que no le quitaba los ojos de encima al mozalbete.
-Para olvidar todo, saliendo te invito un heladito, ah y puedes traer a tu amiga si quieres– asentó Alex divertidamente, sin darse cuenta que Adriana, sintió la broma como una bofetada. De alguna manera se estaba sintiendo desplazada, al ver la preferencia por su amiga, del “chico de la puerta”, aquel que ya despertaba alguna ilusión escondida, en su aún voluble corazón juvenil.

Adriana nunca tuvo un enamorado conocido, ella de alguna forma, fue siempre la concubina de su mejor amiga y era la que la apoyaba, cuando la muchacha del cabello rizado tenía problemas del corazón. Era su confidente, su cómplice y la que se mojaba los pies, cuando su amiga no tenía el valor de pisar el charco de las dudas y las frustraciones. Su carácter, era muy extraño y llena de complejos, muchas veces hablaba de morir y de conocer el dolor, temas que Lizette nunca le dio mucha importancia.

Desde un inicio los dos muchachos se sintieron atraídos físicamente, pero ninguno marcaba la iniciativa. Para Alex le era difícil, decirle a Lizette lo que sentía, pues casi siempre estaba cerca de Adriana, quien hacía lo imposible por ocultar su sentimiento escondido y en más de una vez había intervenido de manera sutil y disimulada para que aquella relación no se consumase. Pero la rutina de los estudios y la convivencia amical, logró que el Puente de los Suspiros, en Barranco, sea el lugar donde se declararían su amor, una tarde de Octubre en que vieron el ocaso desde el acantilado, Alex le regaló una rosa roja, en recuerdo de aquel flechazo inicial que los unió por azahares del destino. Ella guardó la rosa, entre las hojas de su diario, aquel que guardaba celoso sus infinitas vivencias juveniles

Cuando Lizette le contó a Adriana, ella, lo tomó de manera sutil. Aunque en el fondo, era una puñalada a sus sentimientos ocultos, estoicamente fingió una alegría que no sentía. Desde aquel día, miraba y compartía con ellos su felicidad. Alex y Lizette eran la pareja ideal, caminaban juntos a todos lados y en la Universidad, eran conocidos como los tortolitos que disfrutaban su juventud y se prodigaban el amor, que nació en las aulas y que cada día crecía y los hacía inseparables. A su lado siempre estaba Adriana, participando con ellos, viendo como se amaban y siendo la eterna concubina de sus sentimientos compartidos.

Así pasaron dos años, Adriana amaba en silencio a Alex, se había enamorado desde el primer día que lo conoció. Pero fiel a su convicción de buena amiga, jamás dijo una palabra. Cada noche en su cama gruesas lágrimas alimentaban su desconsuelo. Así se acostumbró, a mirarlo como el hombre ajeno, el hombre que amaba con locura pero que jamás estaría a su lado, era el hombre que le pertenecía a su amiga, a su “hermanita” como la llamaba. Su corazón muchas veces se doblegaba, cuando Alex cariñosamente, le pasaba la mano por su cabeza, de manera natural, limpia y desprendida. Detalles, que ella valoraba en demasía, pero que contrastaban, con la guerra de sentimientos que tenía en el alma. Enfrentados, estaban, su amor incondicional y desmedido, contra la nostálgica resignación, a ser considerada simplemente: La querida amiga.

Las playas de Máncora, fueron testigos de horas felices para la pareja. Aquel verano fue inolvidable, Lizette y Alex, después de casi un mes de vacaciones, regresaban a Lima, envueltos en el embeleso de su juventud, de su amor incondicional y aquel sentimiento que se había cimentado en sus corazones. El celular de Lizette sonó para avisarle de un mensaje: “Adriana está grave regresa pronto”. El pálpito de que algo serio le pasaba a su mejor amiga, le estremeció el cuerpo. Un mal presentimiento, le había dado la señal que algo no andaba bien. El camino se hizo mas largo de lo normal, la angustia le quitaba la respiración y agitaba sus pensamientos.

Era 14 de febrero en el calendario, día de San Valentín. Alex y Lizette fueron a visitar a su amiga, que estaba internada en la clínica. Cuando llegaron encontraron a su madre Martha y algunos familiares en desgarradoras escenas de dolor. Al entrar a la habitación, solo divisaron la cama vacía y un jarrón con flores amarillas. Lizette con la mirada perdida, preguntaba que había pasado con su amiga.

-Que pasó señora, ¿donde está Adriana?
-Ella se fue hija, nos ha dejado para siempre-
-Pero ¿porqué?- preguntó sollozando y abrazándola
-Tú no lo sabías pero ella tenía un aneurisma que se complicó por los medicamentos que últimamente tomaba para el dolor de cabeza- le explicó
Alex abrazó a Lizette conjugando lágrimas de impotencia. La ventana, irradiaba las luces de neón de la ciudad que recién empezaba a sentir la noche y dibujaba en la pared, las siluetas de la pareja.
-Porqué nunca me lo dijo… yo era su mejor…
-Ella nunca quiso que ustedes lo supieran- interrumpió Martha
-Yo tenía fe que podría recuperarse, pero ella últimamente hablaba de querer morirse y que estaba muy enamorada, al principio, no quiso decirme de quien, hasta que encontré esto-
Martha se acercó a la pareja y sacó un libro desgastado –era el diario de Adriana- entre sus hojas estaba la misma rosa roja, que le regaló Alex y una foto del muchacho, que alguna vez fue de Lizette, detrás de la misma estaba escrito:

“El amor es vida, es felicidad, es ilusión y esperanza,
Pero también es sacrificio, es dolor y es muerte,
Si solo puedo verte y no puedo tocarte
Si solo puedo quererte y no puedo tenerte
Si solo puedo sufrir sin siquiera ilusionarme
Prefiero morir para poder dejar de amarte


Aquel mensaje, sin querer, los hizo sentir culpables. Se miraron por un instante, sin entender siquiera, que Adriana se fue muriendo de a pocos. Con cada momento de felicidad de ambos, en ella se apagaba su ilusión de vivir. Por cada instante alegre que compartían juntos, ella fue matando sus sueños y finalmente se dejó vencer por la muerte, dejó en silencio que fueran agonizando lentamente sus sentimientos, hasta no sentir latir más, a su atribulado corazón.

En aquella cama vacía, solo quedó el olor a flores, en el día de San Valentín. Adriana guardó la rosa roja, como una señal para inmortalizar la reflexión, que, cuando el corazón ya no tiene armas para enfrentar a la realidad o cuando el amar se vuelve una utopía en el horizonte lejano de las desilusiones, es posible que se pueda morir de amor, pero quizás resulte mas fácil el dejarse morir de amor por dentro.

viernes, 25 de enero de 2008

Devaneos insensatos

Ella dice que me ama, pero yo creo que en el fondo, solo me quiere. Ella dice que me necesita, pero yo creo, que aunque no lo reconoce, solo necesita de alguien, que quizás no sea yo. Ella me demuestra que soy importante en su vida, pero en ocasiones, me hace sentir tan pequeño y menoscabado. Ella juega muchas veces con mi paciencia, porque sabe, que a pesar de todo, de los dos, soy quien cede más. Yo le digo: El amor es entrega y despojo de muchas cosas de uno mismo. Ella me dice: El amor es sentirse amada y sobre todo importante. Yo pienso que el amor, tiene que ver con la libertad y el respeto del espacio ajeno. Ella piensa que el amor, es posesión al extremo y que, quien ama, le pertenece en cuerpo, alma y espíritu. A veces siento, que ella cree, que le corresponde, hasta mi propio pensamiento.

Ella me mira con extremado amor (mucho mas del que creo merecer), pero a veces, cuando explota su tolerancia, me clava la misma mirada, pero con enojo desmedido. Ella es linda cuando sonríe y se hace querida, pero resulta detestable, cuando intenta controlar mis sentidos. Ella es apasionada cuando ama y entregada con sus emociones, pero muy rencorosa cuando se siente traicionada. Yo, en el amor, soy un caballo desbocado, mi carácter es como un volcán impredecible, pero siempre es ella, con su amor infinito, quien endereza las riendas de mis sentimientos. Yo, soy un amiguero empedernido y amante de la vida social por excelencia; Ella, es recatada, ermitaña, amante de la soledad y el silencio. Yo, soy un energúmeno descortés, cuando se desatan mis impulsos y ella un huracán, que arremete con furia destemplada y pensamientos violentos.

Ella, fue una niña de modales amables y de familia acomodada; Vivió una infancia feliz y placentera. Yo mordí el polvo de la indigencia extrema, marcando en el pecho, la subsistencia individual; He vivido una infancia feliz, pero atribulada. Ella le puso un tiempo prudencial a su cautiverio maternal y quiso volar demasiado pronto del nido: Yo, siempre fui, un querendón entrañable y empedernido, apegado en demasía al calor, del hogar nativo. Ella marcó la pausa, cada vez que su corazón se sintió entusiasmado y vivió el amor apasionado, desmedido y prolongado. Yo, en cambio, caminé los senderos del amor furtivo, irresponsable y a veces demasiado incomprendido. Ella vino un día a mi vida, cuando mi corazón extrañaba alguna presencia cercana. Yo llegué a su vida, cuando su corazón era arrogante, pero se negaba a sentirse desamparado. Ella, vivió unida a un amor tempranero y dilatado, aún cuando deseaba sentir lo mismo, pero en brazos ajenos y prohibidos. Yo, adormitaba la pasión placentera, cobijando las caricias que encontraba, en cada lugar donde se quedaba a dormir, mi corazón errante y despreocupado.

Cuantas noches se han pasado sin sentirlas, cuantas de ellas han sido de tristeza. Cuantas mañanas despertamos, con ganas de salir volando por la ventana, y cuantas veces, nos entregamos a la pasión, sin mirar el reloj del tiempo. Cuantas veces, al mirarnos a los ojos, no pudimos, decir ninguna palabra amorosa y cuantas veces un beso hizo olvidar, tantas ofensas mutuas. Cuantas veces hemos reído y disfrutado de nuestra alegría y tantas veces terminamos abrazados junto al fuego. Tantas veces dijimos amarnos con delirio y tantas veces cubrí tu voz con un beso. Tantas veces dejamos pasar momentos felices y tantas veces, disfrutamos de aquello que ni siquiera planeamos compartirlo. Tantas veces te has quedado dormida entre mis brazos y tantas veces he huido, dejándote un beso en la frente, para poder mirarte cuando duermes. Cuantas veces, hemos llegado a herirnos con palabras y cruzado nuestras miradas indiferentes. Cuantas veces, nos hemos fundido en un abrazo, sollozando arrepentidos, cada uno en silencio.

No sé que guarde el destino para nuestras vidas, tampoco cuan largo se haga el camino para encontrarnos con los rostros felices. No sé cuanta hierba debe crecer en aquel parque, ni cuanto debe vivir el árbol de roble, donde dejamos nuestros nombres. No sé cuan grandioso sea el sentimiento, para aguantar nuestras vivencias y cuan fuerte nuestro corazón, para sobrellevar, estos devaneos insensatos. No se cuan grande sea este amor, como para morirse de tanto aburrimiento y renacer cuando lo creímos olvidado. No se cuanto dure este pensamiento melancólico y tampoco la razón por la que me asusta tanto.

viernes, 4 de enero de 2008

El gran susto de padre primerizo

Ya era tarde, la fiesta estaba en su esplendor. Nadie quiso que esperando el taxi, mi esposa sufriera un desmayo, tampoco que no tenga un teléfono cerca y menos acordarme del número para llamar a la ambulancia.



En una calle de muchas cuadras, la caseta del sereno, era lo mas cercano, sobre su mesita estaba su gastada Páginas Amarillas, sin las hojas de los planos, pero igual de útil. Cuando los paramédicos, dijeron que era un desmayo normal, pensé en la angustia vivida, en esa calle solitaria y con mi esposa de seis meses de embarazo, para mi primer hijo.