viernes, 4 de enero de 2008

El gran susto de padre primerizo

Ya era tarde, la fiesta estaba en su esplendor. Nadie quiso que esperando el taxi, mi esposa sufriera un desmayo, tampoco que no tenga un teléfono cerca y menos acordarme del número para llamar a la ambulancia.



En una calle de muchas cuadras, la caseta del sereno, era lo mas cercano, sobre su mesita estaba su gastada Páginas Amarillas, sin las hojas de los planos, pero igual de útil. Cuando los paramédicos, dijeron que era un desmayo normal, pensé en la angustia vivida, en esa calle solitaria y con mi esposa de seis meses de embarazo, para mi primer hijo.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Un nuevo y mejor año

Las doce campanadas serán el augurio que este año se haya extinguido y con él se llevará todas nuestras vivencias, algunas alegres, pero también de las otras.
Quizás la efervescencia y el desenfreno sea el común denominador para recibir el nuevo año, pero talvez, no se repare en que cuando la resaca del fin de fiesta, nos dé un cachetazo en el nuevo día, tendremos que echar andar nuevamente toda la ilusión para buscar en el horizonte de la esperanza, que el nuevo año que se avecina, depare mejores cosas que las vividas, pero sin recapacitar, que solo es la continuación de nuestros pasos en el largo camino de la vida.

Por ello en el epílogo de este ciclo, solo nos queda voltear la mirada al pasado y dibujar una mueca de melancolía, para recorrer con el pensamiento todos nuestros rastros dejados en cada día y cada segundo en que apretujamos al corazón, para darle vida a cada vivencia compartida con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo.

En el final de este año he podido confirmar:

*Que ser bondadoso es más importante que tener la razón
*Que la vida es como un rollo de papel, mientras más se acerca su fin, mas rápido se acaba
*Que las pequeñas cosas de todos los días hacen la vida tan espectacular
*Que Dios no lo hizo todo en un día ¿Que me hace pensar que yo puedo?
*Que la mejor forma de crecer es rodearme de gente más capaz que yo
*Que las oportunidades no se pierden, alguien tomará las que dejamos pasar
*Que mientras menos tiempo tengo disponible, mas cosas termino
*Que no puedo decidir como me siento, pero si puedo decidir que voy hacer al respecto y
*La amistad, es una virtud de los mortales de corazón noble y el sentimiento sincero.













martes, 18 de diciembre de 2007

La última Navidad de Gabriel

Gabriel tiene la sonrisa retorcida y los ojos chinitos de color caramelo. Su mirada tiende a ser esquiva, y a veces lejana. El lunar que lleva cerca de la boca, le da un aire tierno, a su rostro pálido y adusto cuando anda de mal genio. Usa la cabeza rapada, mas por una cuestión de rebeldía, que por razones de estética. Gabriel no es muy alto, siempre fue flacucho y enclenque, pero conserva esa facha de niño travieso, irreverente para con su vestimenta y su comportamiento, carente a veces de límites. Cada vez que se mira al espejo, suele juguetear con su lengua, deslizándola por su lunar, acostumbra soplar su aliento y empañar el vidrio para escribir los nombres de sus amigos. Le encanta tenderse en el piso, desinhibido y sin perder la mirada en el firmamento, se pasa las horas contando las nubes al pasar, siempre dice, que cuando sea grande, será aviador, porque le gustaría tocarlas con sus propias manos y porque quiere saber como se ve todo desde arriba, además que podría conocer al mismísimo Dios y hacerle saber de sus muchas preguntas pendientes.

Gabriel vive en un albergue, no conoce otro hogar, tampoco otra familia. Sus amigos son los mismos y ha crecido con ellos. Con frecuencia solía mirar por la ventana, que tiene vista a la calle y retozando su ánimo siempre alborozado, lanzaba un grito desaforado a manera de saludo o burla, a personas que ni siquiera conocía. De cuando en vez les lanzaba algún objeto y su carcajada, contagiaba de un regocijo cómplice a sus compañeros, los cuales recientemente han aumentado considerablemente, sin que él haya reparado al respecto. Las travesuras que hacía, son cada vez menos frecuentes y aunque no le encuentra lógica a esa actitud, no le procura dar demasiada importancia y tampoco sintió algún tipo de remordimiento por ello.

Hoy, se dio cuenta que la Navidad estaba cerca, “falta poco para el 24” -se dijo en voz alta- conteniendo una tos media rara y mirando con ilusión el calendario, que tiene enmarcada la foto del Alianza Lima -el equipo de sus amores- al cual siempre le regala un beso, cuando sale de su cuarto. Un póster gigante de Reimond Manco –su ídolo juvenil- está pegada en la cabecera de su cama y guarda con cariño un recorte periodístico, cuando “Ñol” Solano, visitó el año pasado, el lugar donde hoy vive junto a otros niños como él. Acomodando sus recuerdos, meditaba en lo significativo era para con sus emociones estar a puertas de una nueva Nochebuena. Sus ojitos le brillaron de pícara ilusión, quizás porque involuntariamente preparaba su infantil regazo para albergar regalos, porque es lo que siempre ha conocido desde muy pequeño, el sentir el cariño de gente extraña y disfrutar aunque de manera esporádica, el calor de la Navidad y de paso sentirse un poquito feliz.

Gabriel va cumplir 10 años, aunque pareciera que tiene más, nunca entendió bien, porqué la vida le jugó tan mala pasada. En silencio percibe aquel sinsabor que le ha dejado conocer de cerca a la soledad, de vivir hoy en un lugar que no es su hogar, sin padres, sin hermanos y con una familia que no es la suya. Alguna lágrima traviesa le surcó el rostro cuando miró aquella gastada foto donde aparecía –aún pequeñuelo él- cogido de las manos de un hombre y una mujer, que aunque ya no recuerda bien como eran sus rostros, alguien le dijo alguna vez que eran sus padres, que Diosito se los llevó porque estaban muy enfermos y sufrían demasiado aquí en la tierra, eso le hace llevar a cuestas un vació que nunca pudo llenar, porque jamás concibió como pudieron dejarlo indefenso a tan temprana edad, sin ninguna explicación, para sus atribulados y extraños sentimientos.

Últimamente, cada vez que se agita demasiado se siente desfallecer, ha dejado de jugar el fútbol que tanto le gusta y hace varias noches que no ha podido conciliar el sueño, a veces intenta juguetear con la lengua por el lunar de su boca, pero un extraño escozor le produce una rara sensación de dolor. El otro día, mirándose al espejo, descubrió que cerca a la frente tiene una extraña marca roja que no entiende como, ni porqué apareció y anda preguntándose porque siente tanto frió y anda resfriado todo el tiempo. Mas tiempo se la pasa durmiendo, que jugueteando con sus compañeros y las respuestas que obtiene no lo han reconfortado. Guarda en el alma una extraña inquietud, que a menudo intenta desahogar aparentando una rebeldía escondida. Acostumbra tenderse al suelo, boca arriba, para mirar pasar las nubes, en ellas suele dibujar con el pensamiento y sin darse cuenta, ya van varias ocasiones, que se ha quedado dormido y cuando despierta, está más cansado que de costumbre.

Nadie le supo explicar, como sus padres contrajeron el SIDA y porque la muerte se los llevó temprano, cuando él recién llegaba a este mundo y no tuvieron oportunidad de siquiera enseñarle a dar sus primeros pasos o de compartir sus primeros años de vida. Nunca le pudieron explicar, porqué él también es seropositivo y porqué vive en una casa especial, donde hay madres e hijos juntos, donde las demostraciones de afecto y cariño a veces le resultan demasiado predecibles y reiterativas. Un lugar donde aprendió que la vida es muy corta, que la vejez no existe y que la muerte, es una perversa visitadora vestida de negro, aquella que se llevó hace un año a su entrañable amigo Pablito, de quien guarda con orgullo una medalla que le dejó como recuerdo y que carga a todos lados colgada al cuello.

Para Gabriel, quizás esta sea su última Navidad y como cada fin de año, el estruendo de la nochebuena será una nueva oportunidad de reflejar sus ilusiones perdidas en aquellas luces que se pierden en el firmamento, esta vez quizás no le alcancen las fuerzas para tenderse en el piso a mirar las estrellas y pasar las nubes. Cuando pase el desenfreno aprisionará a su cansado pecho, la medalla que le dejó Pablito y sus ojitos color caramelo le harán un guiño a la desventura cuando se cierren para siempre. Talvez ésa misma noche, los sueños de hacerse aviador se hagan realidad y pueda surcar los aires tomando la forma de un ángel y esa utopía que resultaba conocer a Dios, se haga realidad en un sublime instante.

Gabriel desde muy chico, dejó volar su imaginación y sus sueños, aquellos solo le alcanzaron para refugiar sus lamentos en la ingrata, como injusta resignación a sucumbir ante lo inverosímil que resulta heredar las aventuras atolondradas de sus progenitores. Jamás pidió venir a éste mundo, ni quiso irse tan rápido, pero acaso si algún culpable de su destino existiera, sea la vida misma, que se vistió de infortunio y no le dio la oportunidad de disfrutar de una noche buena, en el calor de un hogar y alcanzar su más caro anhelo, que era seguir viviendo.




miércoles, 5 de diciembre de 2007

Diario de una tortura llamada fiesta brava

Hoy me he despertado cansado y muy adolorido. Anoche unos hombres vinieron hasta donde estaba encerrado y me cosieron a palos. No entiendo cual ha sido la razón, solo los vi llegar, apurados y enfervorizados. Se colocaron tras la reja y amarraron mis cuernos y mis patas, no tuve ninguna escapatoria, me dieron de alma. Han saciado un odio enfermizo, que no concibo la causa o razón para lastimarme sin compasión. He visto mucha ira en sus ojos, no pude gritar de dolor porque tenía el hocico atado y todo lo que me salía de entre las entrañas, era una indignación atribulada por tanta violencia injusta.

En esta celda que me tiene cautivo, no pude conciliar el sueño y lo poco que pude dormir lo hice intranquilo. He recordado con melancolía esas lindas y extensas praderas verdes, donde podía perder la mirada en el horizonte limpio y sereno, para retozar feliz y libre a mi antojo. Sentir la brisa de la tarde que me tocaba el hocico como una caricia y pasear orgulloso de mi casta, de mi estampa y mi bravura para la lidia. Ayer cuando me trajeron, mis pequeños becerros, estaban recién adormitados, los he visto alejarse y mi instinto me dijo que ellos aprenderán a cuidarse solos. Los hombres que nos atendían en el prado, intercambiaron monedas con gente extraña y me embarcaron en un desgastado camión, en un viaje que nos ha traído a este lugar que no conozco, tan sombrío y tan insólito.

Hay un bullicio extraño allá afuera, han abierto la puerta y los mismos hombres que me golpearon, han venido otra vez. Muestro mi enojo con bramidos e intento alejarlos, pero esta celda no me deja moverme, estoy atrapado entre el dolor y la impotencia. Cuando he intentado recobrar mi energía, he sentido un pinchazo en el lomo que me ha lastimado, pero soy un toro de casta valiente y trato de arremeter con furia. Miro alrededor desorientado y solo alcanzo a oler mi sangre que rueda por mi lomo, mientras los hombres empiezan otra vez a molerme a palos, se ríen cuando perciben mis resoplidos y no sé porqué insisten en hacerme tanto daño.

Están pegando un cartel en mi celda, percibo que me han puesto un nombre, puedo escuchar que me llamarán “Negrito”. Siento dolor por todo el cuerpo y los hombres me están limpiando la herida. El chorro de agua me viene bien. El ruido allá afuera es cada vez mas fuerte, mis hermanos que vinieron conmigo han pasado por lo mismo y estamos con mucha furia, pero tenemos mermada la energía. Los bramidos se hacen eco y cada vez suenan mucho más fuerte, es señal que estamos enfadados. Los hombres se han acercado a mi celda y parece que la quieren abrir, tengo mucha furia en el alma y solo quiero salir a arremeter con violencia, a todo lo que mis ojos me dejen ver y mi instinto me pueda guiar.

La puerta se abrió y al sentir el golpe en mi trasero, he salido brioso a una plaza, hay unos hombres de trajes multicolores que abanican con destreza unas capas de color sangre que hace enfurecer mis arrebatos. El hombre a quien gritan torero, se ha dirigido hacia mí y me recibe mostrándome el color de la violencia. He cerrado los ojos y embestido con ímpetu, mi hocico se enterró en la arena. Aquel hombre es diestro porque no he podido acertar. Lo veo saludar a la gente que llena la plaza, lleva en sus manos una espada que los rayos del sol radiante enceguecen lo poco que pueden ver mis ojos. Nuevamente voy al embiste, esta vez cuando volteo, hay un hombre detrás que viene montando a caballo, con una larga espada amenazante en sus manos. Cierro los ojos y le voy encima, he sentido un pinchazo espantoso, que me ha partido el lomo en dos. Empiezo a sentir que mis impulsos se van minando, el hombre arremete con furia y mi fortaleza se ha visto minada sin remedio. Otro hombre ha aparecido con dos banderillas para distraerme, le voy encima y hábilmente me las ha clavado en mi cuerpo, así lo ha hecho otras dos veces y al moverme, me empiezan a desgarrar la piel. Empiezo a sangrar profusamente, estoy muy furioso, pero siento que me voy quedando sin fuerzas.

El torero, ha cambiado su capa, ahora es una totalmente de color sangre. Mi furia ha disminuido y mi arremetida es más lenta, el torero me lleva al centro y allí trato de embestirlo, la gente grita enervada y puedo sentir su furia hacia mí. Al torero lo aplauden en cada ataque, yo cada vez me siento peor, la sangre que estoy perdiendo a borbotones, me está haciendo desfallecer. Pareciera que cuanto mas me trastea este hombre, más se encienden los alaridos de esta gente que pareciera gozar con esta tortura que no termino de entender. He sentido una bocanada de sangre que me ha llenado la garganta y me hizo trastabillar hasta doblar mis patas en la arena. El torero se ha alejado y la gente se ha puesto de pie para aplaudirlo, yo he querido salir de la plaza, pero otros hombres, han llegado para mostrarme sus capas de color encendido que a pesar de querer embestirlas, solo atino a mover mi cornamenta, que ni siquiera logra intimidarlos.

El torero se acerca y ya no puedo ver muy bien. Mi embiste es solo por defensa y empiezo a ver sombras oscuras que me acechan. El torero se ha parado frente a mis ojos, mi instinto me dice que hay peligro cerca, pero mis fuerzas ya no responden. Me he quedado quieto y veo que el torero se está perfilando con su espada. Cuando recupero el aliento cansado y he juntado mis patas, el torero se me vino encima, he tratado de defenderme, he sentido un dolor agudo y profundo que me ha desgarrado las entrañas. Las sombras que me acechan, me marean con sus capas, el torero se pone a pie juntillas, me mira con orgullo, viendo como me desangro por dentro, mientras arriba la gente, grita enardecida, pareciera que celebra mi tortura con retorcido frenesí. Se que me estoy muriendo pero nadie llega en mi ayuda, parece que todos desean que agonice rápido, que muera de súbito, pero no quiero hacerlo y saco fuerzas para no dejarme vencer, pero es en vano, mis patas se doblan y mi cuerpo cae sin remedio sobre la arena.

En mi agonía puedo ver como otros hombres han llegado con implementos medio extraños, me han atado las patas, me han cortado las orejas y también mi rabo, me han ligado a un carruaje y me jalan como una bestia exterminada por toda la plaza, quiero bramar para hacerles sentir que aún estoy vivo, pero es en vano, ya no tengo impulsos, me siento abandonado. En la plaza, se ha quedado el torero que lo llevan en hombros y pasea por entre la muchedumbre, la gente eleva pañuelos blancos, saludando éste tormento, tan inverosímil como injusto. Mientras yo, con lo poco de respiración que me queda, solo puedo percibir que los hombres, me han llevado presurosos hacia un lugar que huele a sangre y a muerte extrema. En mi expiración encuentro el rostro de un hombre que me mira con desidia y pierdo la mirada en la profundidad de sus ojos. Ya no recuerdo mas, solo he visto una sombra negra aparecerse frente a mis ojos, no se quien sea, pero ya no siento dolor alguno, ya no veo nada, ya no siento nada.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La madre del futbolista

Aún era un pequeñuelo, cuando sin permiso, me salí de casa para ir a jugar fútbol con mis amigos; Era lo que me encantaba, lo que me hacía feliz. No interesaba si los que jugaban eran mucho más grandes que yo, me importaban dos centavos, que el líder del grupo -que andaba por los 17 años-, me mandara al arco, total, con mis nueve años a cuestas, no era mucho lo que aportaba, pero el estar allí, era un logro importante, era mi triunfo, mi total satisfacción.

Aquel día, el pequeño e improvisado arquero, había impedido con su frágil cuerpo que su equipo perdiera por una goleada calamitosa. Hasta que vino el instante fatal, inesperado. La última jugada del partido, cuando el delantero rival se aprestaba a convertir el gol del triunfo, cual gato felino, detrás de su preciada presa, me lancé sobre sus pies y agarré la pelota, pero también su pierna. Allí me quedé tendido, aprisionando el balón, satisfecho de la hazaña. Solo pude reaccionar cuando la sangre que manaba abundantemente de mi boca empezaba por ahogarme. Aquella proeza me había costado un corte significativo que dejaría una huella indeleble hasta el día de hoy.

Lo peor vendría después, como decírselo a mi madre. Entre todos me auxiliaron y pudieron llevarme a casa. Confabulado con mi hermano menor, debíamos fingir que me había caído de la escalera. Así lo hicimos y ella, llorosa, preocupada, me atendió con devoción infinita. En mi interior sentía que era la peor mentira que le inventaba y aunque mi conciencia me golpeaba la espalda, mi raciocinio infantil, me decía que era lo mejor, para que no sufra. Pero en el fondo fue una perversa forma de esconder una mentira, como una de las tantas travesuras que hice, tratando de ocultar mi pasión excesiva por el fútbol.

Cuando mi adolescencia, le jugaba bromas a la madurez, cada vez que salía a jugar fútbol, para mi madre era un tormento. Su instinto sobre protector me llenaba de consejos y limitaciones, como todo adolescente, rebelde y presuntuoso, siempre le hacía oídos sordos. Pero cada vez que salía de casa, raudo y sin escucharla, regresaba con alguna magulladura en la pierna, un moretón en la cara y más de una vez, alguna lesión que me postraba en la cama, confinado a estar con toda la torpeza que desfogaba mi flemático carácter; Pero ella con dedicación y su amor incomparable, apaciguaba mi dolor, sin un solo desdén. Siempre estaba presta para atenderme, traerme el agua caliente, curarme las heridas y a veces darme la comida en la cama. Mas de una vez tuvo que castigarme sin dejarme salir de casa, incluso escondiéndome la ropa y las zapatillas, según ella para evitar me envicie en el fútbol. Lo cierto es que eso ya estaba en mi piel y muchas veces tuve que escapar y jugarme un partido descalzo, regresando a casa con los pies destrozados, recibiendo la reprimenda de rigor y algún azote que ella desfogaba por la impotencia de reprender a este pelotero callejero e incorregible.

Cuando mi sueño inverosímil de ser futbolista empezaba a ser real y el destino me regalaba un periplo en aquella recordada cancha del Cristal, en la Florida, mi madre me repetía que allí no había futuro, siempre estaba preocupada que me vaya a exponer a una lesión grave. Aunque recibía tratos diferentes, a ella nunca le hizo gracia que su hijo mayor se dedicara a patear un balón y tampoco creía que de eso se podía vivir o hacer un porvenir diferente. Quizá, era su forma de brindarme protección o simplemente era su amor generoso, lo que la hacía temerosa y a veces insegura en su proceder. Talvez, el haber perdido su primer hijo a los dos meses de nacido, le cambió su forma de ser y yo me convertí –sin quererlo- en alguien que suplió ese inmenso vacío.

Recuerdo que una sola vez en su vida, mi madre -convencida por mi padre y unos tíos-, accedió a ir a verme jugar un partido de fútbol. Aquella vez, estaba nervioso. La vi allí sentada, con su carita de ángel y sus manos entrelazadas, en cada jugada disputada con un rival, se acurrucaba con mi hermano, evitando ver el desenlace final. Aquella vez me toco hacer un gol y corrí a su lado, la abracé eufórico, la sentí sollozar, quizá contenta, quizá complacida, talvez solo melancólica de ver que su hijo, era inmensamente feliz en una cancha de fútbol y eso para ella era suficiente. Cuando llegamos a casa, no pude ocultar mi alegría y entre bromas, pude recién confesarle que la huella que tengo debajo de la boca, no me la hice en la escalera, sino jugando fútbol, ella lejos de molestarse, sonrió embelesada y me abrazó emocionada. Lloramos juntos. Esa era una de las tantas formas que tenía de mostrame su perdón, en una clara forma de enseñarme, que por más injusto que era mi proceder, ella siempre estaba allí presta, a brindarme su indulgencia.

Pero el destino quiso que ella tenga razón en algo, y no seguir el sueño de ser futbolista, pero igual continuaba dándole al balón, como un vicio, una religión, un credo. En casa se vivía y respiraba fútbol, si no estaba en una cancha de fútbol, estaba en el estadio, allí vinieron los amigos y las grandes jornadas deportivas, que con el tiempo se fueron haciendo rutinas insalvables. A mi madre siempre le disgustaba la tertulia posterior a un encuentro de fútbol y jamás entendió que mis amigos y yo igual celebráramos los partidos, sin importar si el resultado fuera favorable o negativo, tampoco entendió que algunos regalos que le brindaba, era por haberme ganado algún dinero extra, “solo por correr detrás de una pelota”, como ella me decía a menudo.

Hoy quise recordar a mi madre y su paciencia imperturbable, su compresión infinita y su amor imperecedero, para este su hijo, que tuvo de niño el sueño alocado de vivir tras de un balón, haciéndole pasar momentos amargos, tristes pero también inolvidables. El destino travieso, a veces injusto, en el momento más inoportuno lo devolvió a la realidad y hoy es uno mas de aquellos románticos futbolistas frustrados, que para no perder la costumbre, de cuando en vez intenta seguir divirtiéndose en una cancha de fútbol. Ella sigue allí vigilante y tan amorosa, a veces me dice que felizmente sus nietos, no han heredado aquella obsesión desmedida por el fútbol, pero yo brindándole un beso en la frente, me despido diciéndole en el oído:

-Mamita linda, en esos tiempos no existía, el bendito vicio del Play Statión.

miércoles, 31 de octubre de 2007

En Octubre si existen los milagros

Es lunes por la mañana y el cielo limeño ha amanecido como tantas veces con nubarrones. Manuel tiene 30 años y anda sin trabajo, ha visto un aviso clasificado y camina deprisa por el Jirón de la Unión, de pronto se detiene en una tienda de ropa de niños, aunque está cerrada, puede divisar por el cristal de la vitrina, un roponcito de color amarillo intenso, el gorrito casi tapa la carita del maniquí, que asemeja a un recién nacido. Un extraño retortijón en el estómago, le avisa que no ha tomado desayuno –como tantas otras veces- pero lo desatiende, cuando piensa en el rostro de su esposa Martha, que lleva casi ocho meses de gestación y con el favor de Dios –piensa él- le ofrecerá la bendición de hacerlo padre, por primera vez. Aunque espera con ansias ese día, tiene una angustia en el alma, que lo hace sentirse impotente ante la adversidad de su presente, pues a pesar de su esfuerzo, no ha podido encontrar un trabajo, que solvente su futuro inmediato.

Manuel ha llegado a la dirección buscada. Sube unos escalones y percibe un penetrante olor a barniz. En el segundo piso se encuentra con varios jóvenes, todos tienen una misma reacción al verlo, una mezcla de descontento e intranquilidad, como dándole a entender que ya están completos. Una chica de semblante agraciado, lo hace pasar. Se encuentra con un hombre de rostro amigable, de abdomen prominente, pelo entrecano y hablar pausado.

-Quieres ganar dinero? -Le dice socarronamente- Manuel responde afirmativamente, sorprendido.
-Acá vas a ganar el dinero que tu quieras, claro, dependerá exclusivamente de tus ambiciones-
-Dígame a que se refiere el trabajo
-No digamos que sea un trabajo, es una inversión, de tiempo, de esfuerzo, un pequeño aporte y muchas ganas, amigo eso es todo- afirma el hombre que no deja de fumar
-Sigo sin entender- le dice Manuel extrañado
-Te lo explico, tu dejas 50 soles, es digamos, la inversión, gastos administrativos, nosotros te preparamos, te damos el equipo y tu empiezas cuando quieras

Manuel ya ha oído la misma historia antes, otra mas de esas empresas, que inducen a jóvenes para que dejen su dinero y les dan unos perfumes caros que nunca logran vender. Percibe una vez mas, que ha llegado al lugar equivocado. Decepcionado, transita lamentando haber perdido otro día. Se percata que la procesión del Señor de los Milagros está terminando su homenaje, frente al Palacio de Gobierno, decide acompañarla. Camina lentamente junto a ella, con religiosidad y apego consentido. Mirando la imagen del Cristo crucificado, reza en silencio y pide por su hijo y su familia. Alguna lágrima que se le escurre, pasa inadvertida por entre la muchedumbre. Allí entre el olor a incienso y fervor religioso de los fieles, refugia su presente duro, difícil y triste. Los cánticos y plegarias de la gente, de alguna forma lo hacen más vulnerable ante su sensibilidad endeble. Después de un largo trecho decide retirarse, se persigna como despedida. De alguna manera se siente un poco liberado de su angustia.

A la mañana siguiente, Manuel acompaña a Martha al control médico de rigor. Tomaron su movilidad acostumbrada que los llevaría a uno de aquellos hospitales de la solidaridad, que se han implementado en la ciudad. Ella había conseguido un dinero prestado que solventaría el itinerario de ese día. Caminaban lentamente, tomados de la mano, cuando les llamó la atención, una vendedora ambulante que tenía en sus manos, unos roponcitos –muy parecidos al que vio Manuel el día anterior- que ambos empezaron a examinar con emoción. A su lado la gente caminaba aprisa y el ruido de las combis y autos avivaban el tugurio de aquella esquina, a unas cuadras cercanas al hospital.

Manuel miraba la prenda y regodeaba su vibración, ante la sonrisa complaciente de Martha. Solo fue un segundo, cuando ella al intentar buscar otros modelos de la ropa, dio la vuelta a la vendedora y sin darse cuenta dejó la vereda. Manuel miró impotente, como un ómnibus cerraba el paso a un auto que venía a mucha velocidad. No tuvo tiempo de gritar, tampoco de ponerse a buen recaudo con Martha. La fatalidad vestida de infortunio, se vino encima como una avalancha mortal, el auto no pudo esquivar la predestinación y fue colisionado, el impacto hizo que fuera a empotrarse contra la berma, llevándose de encuentro, la humanidad de los infortunados esposos.

Manuel solo sintió el golpe seco, que lo sacó de la realidad. Cuando pudo reaccionar, estaba tirado en la vereda y a unos metros lejos de él, yacía tendido el cuerpo de Martha, a su lado, un hilillo de sangre empezaba a manar de su cabeza.

-Nooo... Martita, no, no puede ser!! –gritó desaforado y abrazando a su esposa, que desfallecía
- Mi hijo, mi hijo, Dios mío, no puede ser, por favor ayúdenme- pedía a la gente que empezaban a arremolinarse, algunos impávidos, otros asustados y buscando ayuda.
Manuel está sentado, en la sala de espera de la clínica a donde fueron trasladados. Aferrado a su pecho, tiene una estampita del Señor de los Milagros, ha rezado mucho junto a su familia. La noche anterior ha sido pesada, no pudo dormir y le han suturado una herida en la frente, tiene magullado el rostro, pero ello no es lo peor, a Martha la tuvieron que operar de emergencia y han podido rescatar milagrosamente con vida a su hijo. Aunque el bebé se encuentra en cuidados intensivos, su esposa, su compañera idolatrada, yace en coma y con pronóstico reservado. Los médicos le han dicho que solo queda esperar. Manuel piensa que esa espera será eterna y solloza en silencio. Hay una vida nueva –la de su hijo- que se aferra y lucha por quedarse y otra, una alma buena, la de su madre, que de a pocos se va extinguiendo sin remedio y solo esperanzados a un milagro divino. El médico ha llegado, todos se ponen alertas, la enfermera trae una cara de desencanto, todos se acercan con desesperación. Manuel pregunta que ha pasado, el médico, lo toma del hombro y lo lleva a un costado.

-Amigo, se hizo todo lo posible – dice el doctor con tono adusto- Martha ha luchado hasta el final, pero su corazón no pudo más, lamento decirle que su esposa ha dejado de existir.

Manuel rompe en llanto, su madre amorosamente lo consuela, acariciando sus cabellos. El medico les dice que el bebé está luchando por su vida y esperan que se pueda recuperar, es muy difícil, pero no imposible, les asegura. Todos se miran incrédulos y se abrazan con fervor. Manuel se va con el médico para ver a su hijo. En el ascensor hay un hombre que están trasladando por emergencia, tiene el rostro desencajado por el dolor, al acercarse, descubre que es el mismo tipo que lo atendió días atrás, cuando fue en busca de trabajo.

-Es apendicitis crónica, muy grave, ha llegado con las justas –comenta el enfermero- casi no la cuenta, lo van a operar de urgencia.
Miguel sintió un escalofrío recorriendo su piel, se acercó al hombre y le preguntó si se acordaba de él. El hombre que mascullaba su dolor, le dijo que no, Manuel le dio un beso a la estampa y se la entregó en las manos.
-Ten mucha fe en él, te va ayudar, hoy ya hizo mucho por mí, tú la necesitas mas –le dijo, y siguió su camino junto al médico.

Manuel está sentado junto a la sala de cuidados intensivos de niños. Han pasado 5 días, de aquel fatídico accidente, el dueño del auto causante de la muerte de Martha, ha asumido los gastos y pudieron darle cristiana sepultura, ahora está rezándole a Dios, porque su hijo logre sobrevivir. El bebé anda mejor, hay posibilidades que supere su estado, el médico le ha dicho que todo es un milagro y ello ha tranquilizado el atribulado corazón de Manuel. De pronto se levanta sorprendido, el dueño del auto ha ingresado al hospital, lleva en sus manos unos juguetes de bebé, pero se da el encuentro con el hombre del trabajo frustrado, al cual le entregó su estampita y que lo recibe en una silla de ruedas. Ambos se acercan donde estaba Manuel, se abrazan con intensidad, Manuel aún incrédulo y sorprendido, no atina a decir nada.

-Amigo –le dice el hombre- he venido a ver como estabas y brindarte mi apoyo, a decirte también que desde hoy vas a trabajar en mi empresa, Jorge es mi hermano y me ha contado tu gesto, en realidad aún me siento mal, por todo lo que ha pasado, lo único que puedo hacer por ahora, es ayudarte.

Manuel ha recibido la noticia y Jorge –el hombre de la barriga prominente- le ha devuelto la estampita, con una sonrisa complaciente. Entre los tres se ha creado un triangulo circunstancial que Manuel lo asocia a su fe inquebrantable por el Cristo Morado, que justamente se encuentra a unas cuadras cerca de ellos, efectuando su recorrido. Aquella tarde, fue a la procesión y brindó oraciones de agradecimiento, aferrando en el pecho la estampita milagrosa y un detente con la foto de su esposa. Mirando al Cristo crucificado, llora en silencio y agradece por el milagro de haber salvado a su hijo, pero no encuentra explicación, para entender porqué tuvo que pagar un precio demasiado alto. Mirando el cielo, cree ver el rostro de Martha, con esa sonrisa dulce, que extraña ahora mas que nunca y que logra apaciguar su tristeza, con devoción infinita.

Manuel está parado frente a la tienda de niños, del jirón de la Unión, han pasado casi dos meses, de aquel día, en que estuvo en el mismo lugar. Esta vez ha comprado el roponcito que le llevará a Moisés, su hijo adorado, que lo espera en casa. Ya no está Martha, pero ha recibido ayuda de su madre, quien vela por el bebé, mientras él va a trabajar en la empresa del hombre, que sin desearlo siquiera, le arrancó de un cuajo la existencia a su esposa y que el destino, lo puso a prueba, para resarcir aquella realidad penosa que aquejaba Manuel, quien aunque ha conseguido un buen trabajo, aún sigue remendando su resignación, amparando su recuerdo en la sonrisa que cada día le regala su hijo al despertar.

Manuel está en la Iglesia de las Nazarenas, donde ha ido a rezar por el alma de su esposa, lleva adherida a su melancolía, como un estigma, el recuerdo ingrato, cuando el infortunio disfrazado de muerte, se ensaño con su desdicha. En la Iglesia, ha pensado en Martha, el hombre del auto y su hermano de mirada socarrona. Está convencido, que fue el Cristo morado, quien puso su mano, para que le haya pasado todo esto, y que ha sido su fe inquebrantable, la que lo hizo un privilegiado por el altísimo, para poder ver hoy con vida a su hijo. Asume con humildad que Dios lo escogió para brindarle una señal divina, y dejarle como mensaje celestial, que en octubre, si existen los milagros.

jueves, 4 de octubre de 2007

La dulce espera


Con aprecio para aquellos mortales que se encuentran a la espera que Dios les brinde la bendición de ser padres.


TE ESPERO
CONTANDO CADA DIA,CADA SEGUNDO, CADA INSTANTE
PENSANDO QUE SERA POCO TODO LO QUE PUEDA BRINDARTE
COMPARTIENDO CON EL TIEMPO, TODO MOMENTO PARA AMARTE
TEJIENDO MIL SUEÑOS DE ESPERANZA, QUE PUEDA ENTREGARTE

TE ESPERO
COMO ESPERA TU MADRE, PARA COBIJARTE BAJO SU REGAZO
COMO ESPERA TU PADRE, FELIZ DE BRINDARTE TODO EL CORAZON
COMO ESPERAMOS JUNTOS, EL TENERTE EN NUESTROS BRAZOS
COMO SOÑAMOS FELICES DE VERTE DANDO TUS PRIMEROS PASOS

TE ESPERO
COMO BENDICION DIVINA QUE ME REGALA EL ALTISIMO
COMO MILAGRO DE AMOR QUE RECONFORTA A MI ALMA
COMO LA ALEGRIA QUE ENCIENDE A MIS EMOCIONES
COMO LA ESPERANZA QUE SE AFERRA A MIS ILUSIONES

TE ESPERO
PORQUE MIS PENAS SERAN RECOMPENSADAS POR TU SONRISA
PORQUE MI REFUGIO ESTARA EN TU INOCENTE MIRADA
PORQUE MIS DESVELOS SERVIRAN PARA CALMAR TU LLANTO
PORQUE ANTES DE QUE LLEGUES YA APRENDI A QUERERTE TANTO

TE ESPERO
PORQUE SERAS EL LUCERO QUE ILUMINE MI SENDERO
PORQUE SERAS EL SOL QUE DE ALEGRIA A MI AMANECER
PORQUE ERES LA ESTRELLA MAS BRILLANTE DEL CIELO ENTERO
PORQUE ERES LO MAS HERMOZO QUE ME HA PODIDO SUCEDER

TE ESPERO
PORQUE SERAS LA ALEGRIA DE MI VIDA ENTERA
PORQUE LLENARAS MI VIDA, CON TU VIDA MISMA
PORQUE A MI VIDA YA LA HAS CAMBIADO POR COMPLETO
PORQUE YO TE ESTUVE ESPERANDO TODA LA VIDA